25-Oct-2009
Bitácora del director
Pascal Beltrán del Río. DIRECTOR DE EXCÉLSIOR.
A lo largo de cuatro Legislaturas —un periodo de 12 años que resulta larguísimo ante la velocidad con que avanza la tecnología de la información en el mundo—, muchos especularon que el problema de la transición mexicana era la incapacidad del régimen político para dar lugar a acuerdos.
Se alegó que tendríamos que encontrar la manera de formar una mayoría en las Cámaras, sobre todo en la de Diputados, para que ésta fuera corresponsable, junto con el Ejecutivo, de la toma de decisiones.
Pues bien, ya tenemos esa mayoría, integrada por el PRI y el Partido Verde, y las cosas se encuentran igual de trabadas. Cuando cuatro de cada cinco diputados votan a favor de algo y eso deja insatisfecho a todo mundo, incluyendo a ellos mismos, es que el problema va más allá del modelo.
Es evidente que es otro: nuestra transición, en el plano parlamentario, no dio lugar a una renovación de las ideas y las formas en que nos organizamos sino, como hemos comentado aquí otras veces, simplemente abrió temporalmente la puerta al club de los privilegios y la volvió a cerrar. El PRI compartió el poder con antiguos opositores, pero inoculó en los nuevos socios el virus de las ventajas personales.
Por eso, los partidos políticos mexicanos son irreformables. Vea si no: cuanto joven ingresa en sus filas y alcanza posiciones de liderazgo, inmediatamente adopta los estilos de la política más rancia. El mejor ejemplo es César Nava, un político joven de estilo viejísimo, cuya novatez se empata con su indolencia y su ambición.
El cambio no vendrá por ahí. Temo que los discursos moderados e incluyentes pronunciados la semana pasada por Manlio Fabio Beltrones, Fernando Gómez Mont y Carlos Navarrete rebotarán en las paredes del cálculo y la inercia que aíslan a la clase política del resto del país.
No hay por qué pensar que nacerá repentinamente la sensatez, el desprendimiento de las ventajas personales y la altura de miras en esta generación de políticos si no ha sucedido antes. Ni siquiera el desastre fiscal, el desplome petrolero o el atraso de México en el mundo globalizado los ha hecho reflexionar.
Yo incluso ya dejé de creer que la reelección de los legisladores pueda significar un gran paso adelante. Eventualmente, los partidos la aceptarán —y si no, al tiempo—, pero encontrarán la manera de sacarle ventaja, pues sus cúpulas siguen teniendo el monopolio de las candidaturas.
Las buenas noticias tendrán que venir de otro lado. Y, de hecho, eso es lo que está ocurriendo. De manera tímida e incipiente hemos atestiguado en los últimos dos años la emergencia de nuevas ideas y nuevos liderazgos en la sociedad civil, que rebasan a los políticos porque están tan enredados en su red de complicidades que les resulta imposible actuar de otro modo.
De entrada, destaco tres de esos movimientos:
1) El hartazgo social contra la delincuencia y la ineficacia de las autoridades para hacerle frente. Éste dio lugar a una gran movilización, en agosto del año pasado, y sacó a flote a nuevos líderes, como Elías Kuri, surgidos de la sociedad civil.
La reacción de la clase política fue tratar de cooptar a estos líderes o atraerlos a su esfera para ahí neutralizarlos. Probablemente lo lograron con algunos, pero otros —como Kuri—, siguen siendo un referente de los ciudadanos y una instancia de interlocución con un poder que se aleja cada vez más de éstos.
2) El llamado movimiento blanco, que promovió el voto nulo en las elecciones de julio pasado. Sin tener que incurrir en los gastos suntuosos de los partidos, sus promotores lograron convencer de anular sus boletas al doble de los votantes que normalmente hacía esto. En el DF, la cifra llegó a 10% de los sufragios.
Su desventaja era la de ser un movimiento que estaba condenado a tragarse a sí mismo. No había modo de conducir la protesta a nada efectivo y acabó sirviendo a algunos de los partidos, pues terminó con uno de los nuevos —el Socialdemócrata, que buscaba su registro— con lo que dio lugar, sin quererlo, a una mayor exclusividad del club de privilegiados de la política.
3) Apenas la semana pasada, se organizó en Twitter, una red social de internet, una manifestación de protesta contra la decisión del gobierno y los 400 diputados que aprobaron el paquete fiscal de gravar con un impuesto de 3% el servicio de conexión a la llamada supercarretera de la información.
Algunos representantes de este movimiento (#internetnecesario) fueron convocados a un diálogo con senadores, el jueves pasado, lo que representó un hito. Aunque ahora haya quien les reproche haber asistido, pues según su visión no habían desarrollado la fuerza necesaria, yo creo lo contrario: los invitaron justamente porque la tienen. E hicieron muy bien en ir.
La clase política mexicana vio descender a los tuiteros sobre el Senado de la República como si fueran seres venidos de otro mundo, con nombres extraños como @sopitas o @lion05. Así de alejados están de muchas de las cosas que pasan en el país. Algunos políticos descubrieron ese día que hay una cosa que se llama Twitter y se apresuraron a abrir su cuenta.
Insisto, son movimientos aún incipientes y tímidos, pero ahí está una generación de recambio para una clase política cada vez más incapaz de construir un país moderno y viable para todos.
No es casual que surja en Internet. Quizá por ello, el nuevo impuesto y el nulo esfuerzo por aumentar la conectividad del país.
domingo, 25 de octubre de 2009
LUNAS 09...Escribir desde el país del norte
Olga García, poeta; David Muñoz, narrador
Autores chicanos: escribir desde el país del norte
Ambos autores de origen mexicano participaron en Lunas de Octubre, en La Paz.
2009-10-21•Cultura.MILENIO DIARIO
Desde el país del norte, México es un entramado de dilemas y contradicciones. De imágenes que se transforman en palabras, poéticas y narrativas, como lo demuestran las obras literarias en construcción de la coahuilense Olga García y el capitalino David Alberto Muñoz.
Con residencia en Chula Vista, San Diego, y perteneciente al San Diego Writer Ink, Olga García está incluida en antologías poéticas publicadas en Estados Unidos y en revistas de literatura chicana. David Alberto Muñoz, quien vive en Glendale, Arizona, desarrolla una carrera académica y dramatúrgica y ha publicado libros de cuento, crónica y ensayo.
Participantes en el sexto Encuentro Literario Lunas de Octubre que recientemente tuvo lugar en esta ciudad, los dos miran al país en que nacieron y abandonaron un sitio de contradicción.
“Mi situación personal puede considerarse nada característica: siempre me he sentido extranjera, incluso en la ciudad donde nací, al provenir de una familia judía”, dice García, también incluida en San Diego Antology.
“Buena parte de mi vida crecí inmersa en una población que en un 97 por ciento era católica. Sufrí discriminación, estudié en un colegio norteamericano no católico y esa sensación de no pertenencia ha permanecido en mí. Esto también lo siento en todas las ciudades en que he vivido, Monterrey, Tijuana y ahora San Diego. Sé que soy del norte, al menos”.
Para evitar que su hijo “se enganchara” en el ambiente de los narcojuniors tijuanenses, la poeta coahuilense tuvo que mudarse a San Diego, “una ciudad completamente muerta, de gran esterilidad, republicana y sólo dedicada a la fabricación de armamentos. Por ello vuelvo a México, a Tijuana, a recobrar el deseo de vivir, a pesar de su violencia extrema”.
Físico-matemática, García asegura que durante años estuvo ajena a la palabra poética, hasta que “llegó en determinado momento, se manifestó luego de una larga espera. Mis gurús son Emily Dickinson y Paul Celan; todo el tiempo leo poesía de todo tiempo y latitud, incluida la poesía mexicana”.
Un México inexistente
Profesor de Filosofía y Estudios Religiosos del Chandler-Gilbert Community y con maestría en Literatura Hispana de la Arizona State University, Muñoz afirma que el México donde creció “ya no existe. El que permanece en mí es muy folclórico, de mariachi, fiesta y comida. Nací en la capital, que ahora veo anárquica y poblada por una nueva generación que se desarrolla un discurso opuesto al que describo en mi trabajo. Un discurso cínico que ya no cree en nadie y menos en su gobierno”.
Artísticamente, sin embargo, México continúa siendo una fuente de inspiración para sus cuentos y crónicas, que lo mismo escribe y publica en inglés y español. “Su vida quiere estar en mis cuentos. Y es curioso, pero con todo y que me siento mexicano existe un cierto rechazo, muchos me miran como chicano”.
Con más de la mitad de su vida viviendo en Estados Unidos, el narrador se reconoce “un legalista, casi un paranoico. Una influencia que trato de incorporar a mi creación literaria. El respeto por la ley es algo que debemos reconocer, Estados Unidos es un país corrupto, cierto, pero con un respeto por la legalidad”.
La Paz, BCS. Mauricio Flores
Autores chicanos: escribir desde el país del norte
Ambos autores de origen mexicano participaron en Lunas de Octubre, en La Paz.
2009-10-21•Cultura.MILENIO DIARIO
Desde el país del norte, México es un entramado de dilemas y contradicciones. De imágenes que se transforman en palabras, poéticas y narrativas, como lo demuestran las obras literarias en construcción de la coahuilense Olga García y el capitalino David Alberto Muñoz.
Con residencia en Chula Vista, San Diego, y perteneciente al San Diego Writer Ink, Olga García está incluida en antologías poéticas publicadas en Estados Unidos y en revistas de literatura chicana. David Alberto Muñoz, quien vive en Glendale, Arizona, desarrolla una carrera académica y dramatúrgica y ha publicado libros de cuento, crónica y ensayo.
Participantes en el sexto Encuentro Literario Lunas de Octubre que recientemente tuvo lugar en esta ciudad, los dos miran al país en que nacieron y abandonaron un sitio de contradicción.
“Mi situación personal puede considerarse nada característica: siempre me he sentido extranjera, incluso en la ciudad donde nací, al provenir de una familia judía”, dice García, también incluida en San Diego Antology.
“Buena parte de mi vida crecí inmersa en una población que en un 97 por ciento era católica. Sufrí discriminación, estudié en un colegio norteamericano no católico y esa sensación de no pertenencia ha permanecido en mí. Esto también lo siento en todas las ciudades en que he vivido, Monterrey, Tijuana y ahora San Diego. Sé que soy del norte, al menos”.
Para evitar que su hijo “se enganchara” en el ambiente de los narcojuniors tijuanenses, la poeta coahuilense tuvo que mudarse a San Diego, “una ciudad completamente muerta, de gran esterilidad, republicana y sólo dedicada a la fabricación de armamentos. Por ello vuelvo a México, a Tijuana, a recobrar el deseo de vivir, a pesar de su violencia extrema”.
Físico-matemática, García asegura que durante años estuvo ajena a la palabra poética, hasta que “llegó en determinado momento, se manifestó luego de una larga espera. Mis gurús son Emily Dickinson y Paul Celan; todo el tiempo leo poesía de todo tiempo y latitud, incluida la poesía mexicana”.
Un México inexistente
Profesor de Filosofía y Estudios Religiosos del Chandler-Gilbert Community y con maestría en Literatura Hispana de la Arizona State University, Muñoz afirma que el México donde creció “ya no existe. El que permanece en mí es muy folclórico, de mariachi, fiesta y comida. Nací en la capital, que ahora veo anárquica y poblada por una nueva generación que se desarrolla un discurso opuesto al que describo en mi trabajo. Un discurso cínico que ya no cree en nadie y menos en su gobierno”.
Artísticamente, sin embargo, México continúa siendo una fuente de inspiración para sus cuentos y crónicas, que lo mismo escribe y publica en inglés y español. “Su vida quiere estar en mis cuentos. Y es curioso, pero con todo y que me siento mexicano existe un cierto rechazo, muchos me miran como chicano”.
Con más de la mitad de su vida viviendo en Estados Unidos, el narrador se reconoce “un legalista, casi un paranoico. Una influencia que trato de incorporar a mi creación literaria. El respeto por la ley es algo que debemos reconocer, Estados Unidos es un país corrupto, cierto, pero con un respeto por la legalidad”.
La Paz, BCS. Mauricio Flores
viernes, 23 de octubre de 2009
ROBERTO CASTILLO...LECTURAS LUNARES 09

compadre, soy loko,
no desquiciado,
por eso escribo como pienso.
un abrazo desde playas del norte.
Las palabras, esas criaturas de la noche…
Vengo aquí a contarles que para mí los mejores y los peores seres de la noche son mis propios miedos, alegrías, deseos, fantasías y recuerdos que se convierten en palabras, esas que emergen entre escenas goyescas que hacen brotar los más extraños caprichos. Un escritor olvidable decía que “la naturaleza tiene dominios y el hombre tiene demonios”, y así, aivoi, navegando diaria y nocturnamente con mis propias sonrisas y temores; cantando, sufriendo, disfrutando, perriándola pues, combatiendo como guerrero contra la sociedad y mis propios temores y, al mismo tiempo, celebrando también los amores sin fronteras, porque ese es mi oficio, gozar y luchar con el pensamiento y el cora, debatiéndome por expresar en palabras encarnadas la vida y las revolcadas que ésta me pega a cada rato, pero también testimoniando las dulzuras que enmielan mis pasos por este mundo convulsionado junto a mis mujeres, mi familia, mis comadres y compadres y todos mis amigos y compas del mundo, los reales y los virtuales, sin olvidar a los enemigos de la vida que siempre se hacen presentes con armas y tarjetas de crédito.
En este encuentro, en esta mesa, vengo a compartir con ustedes algunos ejemplos de trabajos literarios que manifiestan los demonios dulces de la creación de lo que hablo, lecturas ejemplares para mi vida: comienzo por citar a Trilce, del máster César Vallejo; de Thomas de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes; Opio, de Jean Cocteau; Sastrerías, del Walter Medina; Testamentos de Francois Villon; El Infierno de Dante; La Biblia del Ateo, antología aún no traducida al español de Joan Konner; Apócrifos, de Karel Capek; ¡Qué viva la música!, de Andrés Caicedo; Veinte poemas para leer en un tranvía de Oliverio Girondo, Rayuela de Cortázar o Humillados y ofendidos de Dostoyevski, o los poemas de Bob Dylan o Patti Smith o Tom Waits, por mencionar sólo algunos; por otro lado, también otras creaciones literarias de un placer casi indescriptible, porque para eso se escribe, para decir lo que casi no se puede, donde coloco mis siguientes lecturas de cabecera: Cantos del oasis del Hoggar, poemas amorosos de los nómadas tuaregs del norte de Africa; el Cantar de los Cantares, de Salomón; algunos textos de Neruda, Sabines o Enriqueta Ochoa; los poemas amorosos escritos por mujeres chinas chinos de las dinastías Tang y Ming; o las poetas japonesas como Yosano Akiko o Lady Ukón o los cantos poéticos de David Crosby como Guinnevere o Neil Young y su poema After the Gold Rush o los poemas de Bob Dylan y Joni Mitchell.
no desquiciado,
por eso escribo como pienso.
un abrazo desde playas del norte.
Las palabras, esas criaturas de la noche…
Vengo aquí a contarles que para mí los mejores y los peores seres de la noche son mis propios miedos, alegrías, deseos, fantasías y recuerdos que se convierten en palabras, esas que emergen entre escenas goyescas que hacen brotar los más extraños caprichos. Un escritor olvidable decía que “la naturaleza tiene dominios y el hombre tiene demonios”, y así, aivoi, navegando diaria y nocturnamente con mis propias sonrisas y temores; cantando, sufriendo, disfrutando, perriándola pues, combatiendo como guerrero contra la sociedad y mis propios temores y, al mismo tiempo, celebrando también los amores sin fronteras, porque ese es mi oficio, gozar y luchar con el pensamiento y el cora, debatiéndome por expresar en palabras encarnadas la vida y las revolcadas que ésta me pega a cada rato, pero también testimoniando las dulzuras que enmielan mis pasos por este mundo convulsionado junto a mis mujeres, mi familia, mis comadres y compadres y todos mis amigos y compas del mundo, los reales y los virtuales, sin olvidar a los enemigos de la vida que siempre se hacen presentes con armas y tarjetas de crédito.
En este encuentro, en esta mesa, vengo a compartir con ustedes algunos ejemplos de trabajos literarios que manifiestan los demonios dulces de la creación de lo que hablo, lecturas ejemplares para mi vida: comienzo por citar a Trilce, del máster César Vallejo; de Thomas de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes; Opio, de Jean Cocteau; Sastrerías, del Walter Medina; Testamentos de Francois Villon; El Infierno de Dante; La Biblia del Ateo, antología aún no traducida al español de Joan Konner; Apócrifos, de Karel Capek; ¡Qué viva la música!, de Andrés Caicedo; Veinte poemas para leer en un tranvía de Oliverio Girondo, Rayuela de Cortázar o Humillados y ofendidos de Dostoyevski, o los poemas de Bob Dylan o Patti Smith o Tom Waits, por mencionar sólo algunos; por otro lado, también otras creaciones literarias de un placer casi indescriptible, porque para eso se escribe, para decir lo que casi no se puede, donde coloco mis siguientes lecturas de cabecera: Cantos del oasis del Hoggar, poemas amorosos de los nómadas tuaregs del norte de Africa; el Cantar de los Cantares, de Salomón; algunos textos de Neruda, Sabines o Enriqueta Ochoa; los poemas amorosos escritos por mujeres chinas chinos de las dinastías Tang y Ming; o las poetas japonesas como Yosano Akiko o Lady Ukón o los cantos poéticos de David Crosby como Guinnevere o Neil Young y su poema After the Gold Rush o los poemas de Bob Dylan y Joni Mitchell.
Cada quien tiene, pues, su propia antología, según su generación o sus gustos, cada quien crea sus propias raíces para aterrizar, para aferrarse a la vida, dependiendo de la época de lectura, o de la infinita soledad o la gozosa compañía, o el súbito descubrimiento emocional nocturno o las broncas limoneras del corazón; poetas de la frontera, poetas del límite, textos que nos hacen mirar la vida y el cielo de otra manera; nuevas formas de percibir la realidad, esas palabras, creaturas de la noche, criaturas de la imaginación.
Pero no sólo en la literatura escrita están las criaturas de la noche, también los loquitos urbanos, esos seres desclasados del mundo, esos relegados de la vida, utilizan el lenguaje poético para expresar sus mundos tan ajenos a nosotros.
Yo he conocido a compas instantáneos en Tecate, Hermosillo, Los Angeles, La Paz, Wattsonville, Monterrey, Anchorage, Tijuana, San Diego, Mexicali, Prescott, el Deefe, que hablan, sin saberlo, como Lewis Carroll, como Vallejo, como e.e. cummings, Girondo, Cortázar, Huidobro o cualquier shamán poseído por la encarnación del lenguaje. Por eso hoy, como si fuera un corrido norteño, vengo a compartir con ustedes mi pensamiento de los seres de la noche.
Va, pues, un homenaje a los desclasados de la vida!
unoso
Va, pues, un homenaje a los desclasados de la vida!
unoso
enlunado en mayeras, encabronciado por ausenciarias de poemáticos cortaziantes, con desconcierto, alimaba lagrimeras, encerveciante y fumarolo, con tenente del blues sabanero por ausentadas textículas pal presentare de jupiteños. porsí compromoturo.
lentoso compiúrer, manualete obrencillo, pensires y sentares, escriturabando naderías como sonetes y sonadillas, iniciabila escritural maravillante, al mayor así io creyébale.
aparentosas las palabreras brinyoleaban en cefirantes airetes venusinas y nocturnábilas.
dosero
lentoso compiúrer, manualete obrencillo, pensires y sentares, escriturabando naderías como sonetes y sonadillas, iniciabila escritural maravillante, al mayor así io creyébale.
aparentosas las palabreras brinyoleaban en cefirantes airetes venusinas y nocturnábilas.
dosero
prontoso, sin espereras, añorantino y desgarrantioso, iba trastabillantero y rasposudo en la nochera de escriturales. sufrifrí por el caminote nochuda de mi cora impensabilero: andales, escribelele rapidoso, angustio del oficiante, preocuposo mas concientare que prontamente tenamine paterminare la tatare cecutera.
tresiante
tresiante
sabatino llegose fotocopiosas las escriturientas paginotas de julito. brincolete de broncosas gratiseras, responzabilizante paterno de historiales sangrosas, escrituraba anticronífero... paginal... luciente... disponsable de cubrientes argentosas y compales comprometeres, adquisionados en tequiliantes noctirumbeos.
crecieronle caracteres cientos, surgientes de la choyita desquiciante, presurienta, confortina inchainch.
sorpresería a los resteros de la mesuca?
gustarante la escriturosa loqueral al publicense?
julito contentare en residente fosal?
cuartero
crecieronle caracteres cientos, surgientes de la choyita desquiciante, presurienta, confortina inchainch.
sorpresería a los resteros de la mesuca?
gustarante la escriturosa loqueral al publicense?
julito contentare en residente fosal?
cuartero
franzapero y nilyunoso, alpartire de la textura argentinosa julial, escribiere minape dioquis, despacioso y ululero, mientras sonriflera de otros, imaginátabe de luna luna tu pocuer, memoriante y lucriento, salvatiño de la crisera escriturosa.
cornochivero tecloso, metaforiaba invencionales terminajos ocurrentinos y jocales, apartire del julioso, principeramente diun texticuliento, soneto gótico, quevasi:
cornochivero tecloso, metaforiaba invencionales terminajos ocurrentinos y jocales, apartire del julioso, principeramente diun texticuliento, soneto gótico, quevasi:
Esta vernácula excepción nocturna,
este arquetipo de candente frío,
quién sino tú merece el desafío
que urde una dentadura taciturna.
Semen lunas y posesión vulturna
el moho de tu aliento, escalofrío
cuando abra tu garganta el cortafrío
de una sed que te vuelve vino y urna.
Todo sucede en un silencio ucrónico,
ceremonia de araña y falena
danzando su inmovilidad sin mácula,
su recurren espacio catatónico
en un horror final de luna llena.
Siempre serás Ligeia. Yo soy Drácula.
exemplificant, sonatín de esdrujuleros acentines, ludicín verbolera de nocturnales vineros, desmañanes de museras laborales en hojillas garrapatiales, justificantiosas de relojeras bioniqueras, letrillones de coras, arritmias, pasioneras y bluses sinfines, disfrutares, al endar de la viditosis.
quintura
termineta la mesuca redondal, tranquilentón,... lentafiasa... mocurrán... pero extrañoso de tu sabriento uyuyuy, vivire dandodando morami sin límites ni estopas ni flamesus,
pero eso sí, mija,
¡nafura...!
¡nafura...!
el róber castillo
johnytecate@hotmail.com
playas de tijuana
verano del 2009
este arquetipo de candente frío,
quién sino tú merece el desafío
que urde una dentadura taciturna.
Semen lunas y posesión vulturna
el moho de tu aliento, escalofrío
cuando abra tu garganta el cortafrío
de una sed que te vuelve vino y urna.
Todo sucede en un silencio ucrónico,
ceremonia de araña y falena
danzando su inmovilidad sin mácula,
su recurren espacio catatónico
en un horror final de luna llena.
Siempre serás Ligeia. Yo soy Drácula.
exemplificant, sonatín de esdrujuleros acentines, ludicín verbolera de nocturnales vineros, desmañanes de museras laborales en hojillas garrapatiales, justificantiosas de relojeras bioniqueras, letrillones de coras, arritmias, pasioneras y bluses sinfines, disfrutares, al endar de la viditosis.
quintura
termineta la mesuca redondal, tranquilentón,... lentafiasa... mocurrán... pero extrañoso de tu sabriento uyuyuy, vivire dandodando morami sin límites ni estopas ni flamesus,
pero eso sí, mija,
¡nafura...!
¡nafura...!
el róber castillo
johnytecate@hotmail.com
playas de tijuana
verano del 2009
miércoles, 21 de octubre de 2009
LUNAS...09

Written by David Alberto Muñoz (Phoenix, Arizona)
Los días pasaban uno tras otro y cada uno de nosotros interpretábamos a nuestra manera los textos que escuchábamos.
Lunas de octubre 2009 Por David Alberto Muñoz
La Paz y Cabo San Lucas, Baja California.- Al igual que una brisa de mar, el encuentro literario Lunas de octubre se llevó a cabo en medio de amigos, colegas y escritores que por cuatro días sacudieron literalmente estas dos hermosas poblaciones resucitando la palabra escrita yacida detrás de instantes llenos de imaginación. Un oleaje de pensamiento, emoción, luchas, tragedias y comicidad caracterizaba la costa de Baja California Sur, donde se celebró el VI Encuentro Literario junto con nuestras propias existencias, al descubrirnos a nosotros mismos, y percatarnos que ya tenemos varios años de conocernos.
Las ciudades nos recibieron con su inigualable tranquilidad. Una paz sublime, dibujada por las calles algo desoladas, que parecían sudar un aroma a cocos con ginebra, mientras que los poetas, narradores y ensayistas, revisaban sus textos a última hora para darles el toque mágico necesario.
Desde la ciudad de Tijuana principiaron las mesas al encontrarme con Roberto Castillo, Alfonso García Cortes, Karina Balderrábano y Olga García. Si nos hubiéramos puesto de acuerdo no hubiésemos logrado viajar en el mismo vuelvo. Así, llenos de expectación, principiaron las disertaciones, los abrazos, los chistes, la carrilla, el planeta se detuvo con el paso de la palabra escrita, lugar, donde todos al igual que fantasmas perdidos descansamos.
De inmediato principió la celebración. Paco Luna y su jarana, la sobria presencia de Enrique Servin con sus Tres poetas tarahumaras, la fotografía del médico Jesús López Gorosave, Dulce Chiang con su ritmo poético, Armando Alanís y su narrativa tan particular, José Vicente Anaya y su Peregrino, la hermosa sonrisa de Bibiana Padilla, el joven cineasta Josué Mendoza Alemán quien presentó el resultado de su trabajo de hace un año, documentando como viven los escritores que surgen desde las alcantarillas con letras en las manos intentando conjugar un verbo en un tiempo nuevo, y utilizar un adjetivo calificativo para sustituir al pronombre personal. Sin poder faltar por supuesto, Edmundo Lizardi con su energía y presencia.
Los días pasaban uno tras otro y cada uno de nosotros interpretábamos a nuestra manera los textos que escuchábamos. Volteábamos buscando la luna llena que se nos había prometido. Bebíamos una, dos o treinta copas, al calor de la noche, sin perdernos en la habitación de un hotel junto a la Marina con barcos estacionados como si fueran taxis en busca de marineros.
Se hablaba, se intercambiaban ideas, propuestas escritas quizás en noches solitarias donde la palabra es la única amiga que nos acompaña y nuestro disertar se convierte solamente en un gemido que surge como un cántico que celebra, cuestiona, intriga y ama la compleja experiencia humana.
Todo esto y más fueron Lunas de octubre 2009.
© David Alberto Muñoz
lunes, 12 de octubre de 2009
EL APOCALIPSIS SEGÚN SAN PORFIRIO
La Calle
Luis González de Alba
2009-10-12•Acentos. MILENIO DIARIO.
->
Ahora resulta que Porfirio Muñoz Ledo fue un gran tribuno, pero está en decadencia y decrepitud, dicen. No sé cuándo haya sido lo primero. Guillermo Sheridan localizó su pieza oratoria más brillante, declamada hace cuarenta años, y la publicó íntegra en su blog (maravillas de la Internet y de guglear). Podría titularse: “Loor y gloria eterna al salvador de la Patria, Licenciado Don Gustavo Díaz Ordaz, tañido a la cítara en al altar de la Revolución por este humildísimo Demóstenes de Anáhuac coronado de olivo”.
Bien, es 1969, las cárceles están llenas, el gobierno ha creado una versión según la cual los dirigentes del movimiento estudiantil de 1968, viendo que languidecía, acribillamos el mitin que celebrábamos en Tlatelolco el 2 de octubre. No hay otra. El primer libro con nuestra versión no aparecería sino hasta enero del 71: Los días y los años, que en esos finales de 1969 yo leía por secciones a Raúl Álvarez y Gilberto Guevara. Al mismo tiempo, el tribuno de la República se inspiraba en quien llama “ciudadano Gustavo Díaz Ordaz”. Muñoz Ledo acertó: llegaría a presidente del PRI, representante ante la ONU por el gobierno de López Portillo (tan añorado por el López de hoy que hace coincidir su fin, en 1982, con el fin de todo lo bueno en México). Cuando el PRI le dejó de dar fundaría el PRD con Cárdenas; luego, contra Cárdenas, sería candidato presidencial por el PARM… que traicionó para saltar a lo seguro con el PAN y Fox; embajador del gobierno panista ante la Unión Europea, retro-priista con López Obrador, presidente de una cosa llamada FAP, y ahora en el PT (el partido denunciado como creación de Salinas contra la izquierda)… Saltos de hueso en hueso.
El tribuno elevó, en aquel sórdido 1969, su magistral endecha. “Escucharon el discurso, además del presidente Díaz Ordaz, la clase política, los representantes de los tres poderes, la familia del general Plutarco Elías Calles, cuyos restos —los del general— habían sido trasladados esa misma mañana al monumento y, al parecer, el pueblo”, dice Sheridan. Transcribo los párrafos más valientes con los que Muñoz Ledo incluye en su listado de héroes revolucionarios al último de éstos: don Gustavo Díaz Ordaz, por supuesto. Dijo el hoy profeta apocalíptico cuando estaba en toda la plenitud de sus 36 años:
“Hemos vivido una de las coyunturas más cargadas de sentido dentro de nuestra historia contemporánea: momento que separaba y que ha vinculado finalmente tres decenios de desarrollo con los tres que le faltan a la revolución para cumplir su obra durante este siglo.
“Al cabo de un prolongado periodo de crecimiento fuerzas e intereses ajenos a la voluntad del pueblo pretendieron divorciarlo de las instituciones de la República y los más antiguos trasfondos reaccionarios vinieron a condensarse en la idea de que el deber más imperioso para los mexicanos es disminuir la autoridad del Estado e inventar un nuevo régimen constitucional. […]
“Hoy en pocos países como el nuestro los jóvenes encuentran mejores posibilidades de identificación y de servicio dentro de la sociedad civil [¡es 1969!]. En muy pocos podría escucharse verazmente la promesa que formuló aquí, hace casi dos lustros, el actual jefe de nuestra nación [el presidente Díaz Ordaz] cuando afirmó que a sus contemporáneos correspondía ser el macizo puente por el que habrían de pasar las nuevas generaciones para hacerse cargo de sus responsabilidades con la patria.”
Lo que sí debe preocupar es que el profeta se encargue, con sus secuaces, sobre todo las aliadas de las FARC colombianas, de hacer realidad lo profetizado. El cantor de las glorias de Díaz Ordaz tienen a todo el lumpenaje de Bejarano, Batres, Padierna, Noroña et al. para montar una intentona. Y, sin duda, tiene las millonadas “bolivarianas” de Hugo Chávez: actor ansioso.
Tiene el bufón trapecista a Luz y Fuerza que exigirá sus 42 mil millones anuales, a los maestros vende-plazas, los appos oaxaqueños, los Panteras, los Panchos Villa… y a las damas bobas (las llama Lope) con acceso a los medios donde predican que todo joven es un héroe (incluidos, es de suponer, los jóvenes que espían a sus condiscípulos para los tecos, los jóvenes de la juventud católica, los jóvenes del yunque, los jóvenes neo-nazis… porque no se han “aburguesado”): hay un baturrillo nauseabundo y con miles de millones. Eso exigiría del presidente Calderón extrema habilidad y bisturí fino. Temblemos.
www.luisgonzalezdealba.com
Luis González de Alba
2009-10-12•Acentos. MILENIO DIARIO.
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Ahora resulta que Porfirio Muñoz Ledo fue un gran tribuno, pero está en decadencia y decrepitud, dicen. No sé cuándo haya sido lo primero. Guillermo Sheridan localizó su pieza oratoria más brillante, declamada hace cuarenta años, y la publicó íntegra en su blog (maravillas de la Internet y de guglear). Podría titularse: “Loor y gloria eterna al salvador de la Patria, Licenciado Don Gustavo Díaz Ordaz, tañido a la cítara en al altar de la Revolución por este humildísimo Demóstenes de Anáhuac coronado de olivo”.
Bien, es 1969, las cárceles están llenas, el gobierno ha creado una versión según la cual los dirigentes del movimiento estudiantil de 1968, viendo que languidecía, acribillamos el mitin que celebrábamos en Tlatelolco el 2 de octubre. No hay otra. El primer libro con nuestra versión no aparecería sino hasta enero del 71: Los días y los años, que en esos finales de 1969 yo leía por secciones a Raúl Álvarez y Gilberto Guevara. Al mismo tiempo, el tribuno de la República se inspiraba en quien llama “ciudadano Gustavo Díaz Ordaz”. Muñoz Ledo acertó: llegaría a presidente del PRI, representante ante la ONU por el gobierno de López Portillo (tan añorado por el López de hoy que hace coincidir su fin, en 1982, con el fin de todo lo bueno en México). Cuando el PRI le dejó de dar fundaría el PRD con Cárdenas; luego, contra Cárdenas, sería candidato presidencial por el PARM… que traicionó para saltar a lo seguro con el PAN y Fox; embajador del gobierno panista ante la Unión Europea, retro-priista con López Obrador, presidente de una cosa llamada FAP, y ahora en el PT (el partido denunciado como creación de Salinas contra la izquierda)… Saltos de hueso en hueso.
El tribuno elevó, en aquel sórdido 1969, su magistral endecha. “Escucharon el discurso, además del presidente Díaz Ordaz, la clase política, los representantes de los tres poderes, la familia del general Plutarco Elías Calles, cuyos restos —los del general— habían sido trasladados esa misma mañana al monumento y, al parecer, el pueblo”, dice Sheridan. Transcribo los párrafos más valientes con los que Muñoz Ledo incluye en su listado de héroes revolucionarios al último de éstos: don Gustavo Díaz Ordaz, por supuesto. Dijo el hoy profeta apocalíptico cuando estaba en toda la plenitud de sus 36 años:
“Hemos vivido una de las coyunturas más cargadas de sentido dentro de nuestra historia contemporánea: momento que separaba y que ha vinculado finalmente tres decenios de desarrollo con los tres que le faltan a la revolución para cumplir su obra durante este siglo.
“Al cabo de un prolongado periodo de crecimiento fuerzas e intereses ajenos a la voluntad del pueblo pretendieron divorciarlo de las instituciones de la República y los más antiguos trasfondos reaccionarios vinieron a condensarse en la idea de que el deber más imperioso para los mexicanos es disminuir la autoridad del Estado e inventar un nuevo régimen constitucional. […]
“Hoy en pocos países como el nuestro los jóvenes encuentran mejores posibilidades de identificación y de servicio dentro de la sociedad civil [¡es 1969!]. En muy pocos podría escucharse verazmente la promesa que formuló aquí, hace casi dos lustros, el actual jefe de nuestra nación [el presidente Díaz Ordaz] cuando afirmó que a sus contemporáneos correspondía ser el macizo puente por el que habrían de pasar las nuevas generaciones para hacerse cargo de sus responsabilidades con la patria.”
Lo que sí debe preocupar es que el profeta se encargue, con sus secuaces, sobre todo las aliadas de las FARC colombianas, de hacer realidad lo profetizado. El cantor de las glorias de Díaz Ordaz tienen a todo el lumpenaje de Bejarano, Batres, Padierna, Noroña et al. para montar una intentona. Y, sin duda, tiene las millonadas “bolivarianas” de Hugo Chávez: actor ansioso.
Tiene el bufón trapecista a Luz y Fuerza que exigirá sus 42 mil millones anuales, a los maestros vende-plazas, los appos oaxaqueños, los Panteras, los Panchos Villa… y a las damas bobas (las llama Lope) con acceso a los medios donde predican que todo joven es un héroe (incluidos, es de suponer, los jóvenes que espían a sus condiscípulos para los tecos, los jóvenes de la juventud católica, los jóvenes del yunque, los jóvenes neo-nazis… porque no se han “aburguesado”): hay un baturrillo nauseabundo y con miles de millones. Eso exigiría del presidente Calderón extrema habilidad y bisturí fino. Temblemos.
www.luisgonzalezdealba.com
domingo, 11 de octubre de 2009
LA CONVOCACIÓN...

Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009
Novelista, ensayista, poeta, la Premio Nobel de Literatura 2009 sorprende con su escritura concentrada, intensa, y sus historias de inquietantes atmósferas. Un fragmento de una novela no traducida al español y un relato de su libro En tierras bajas, publicado por Siruela, muestran en estas páginas la belleza poética de su prosa Herta Müller.
2009-10-10• LABERINTO.
Con la obtención del premio Nobel de Literatura 2009, Herta Müller (1953) es la primera escritora de origen rumano en recibir el galardón más importante del género. Puesto que sus padres pertenecían a la minoría suaba del norte de Rumania, prefirió la lengua alemana para desarrollar su obra. La prosa de Müller se caracteriza por la densidad poética, quizá necesaria para trascender la censura del régimen de Nicolás Ceaucescu. Este aspecto lo comparte con otros autores rumanos como Norman Manea o Mircea Cartarescu; en cambio, con autores de lengua alemana comparte la musicalidad del lenguaje. Mediante este estilo Herta Müller ha logrado representar la atroz realidad de la época más dura que ha vivido Rumania en su historia moderna. Es autora de una veintena de libros de ensayo, novela y poesía entre los que destacan El diablo sentado en el espejo, Hambre y seda y El hogar es lo que se habla ahí. Sus otras traducidas al español son En tierras bajas y El hombre es un gran faisán en el mundo, La bestia del corazón y La piel del Zorro.
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He sido convocada. El jueves a los diez en punto.
Me convocan cada vez más a menudo: martes a las diez en punto, sábado a las diez en punto, miércoles a las diez en punto, uno termina por creer que los años son como semanas. No me sorprende ya que el invierno, luego de este verano extinto, venga más pronto.
En el camino que lleva al tranvía, los arbustos de bayas blancas vuelven a asomar entre las empalizadas. Como botones de nácar que estuvieran cosidos en lo bajo, quizá incluso en la tierra, o como bolitas de pan. Estas bayas son demasiado pequeñas para ser cabezas de pájaros blancos moviendo el pico, pero no puedo evitar pensar en cabezas de pájaros blancos. A ustedes les toca dar el vuelco. Más vale pensar en la nieve moteando la hierba, pero hay algo ahí que se pierde, o tener ganas de dormir a causa de la tiza.
El tranvía no tiene horarios fijos.
Me parece escuchar su ruido, a menos de que sean los álamos con las hojas secas. Ahí llega, hoy me quiere llevar pronto. He previsto dejar subir antes al viejo de sombrero de paja. Cuando llegué, ya esperaba en la parada, quién sabe desde cuándo. No que esté decrépito, sino que también es magro como su sombra, jorobado y sin brillo. En su pantalón, nada de trasero ni de caderas, sólo sobresalen las rodillas. Pero si puede abstenerse de escupir justo cuando la puerta se abra, entonces voy a subir antes que él. Casi todos los lugares están libres, los revisa y se queda de pie. Y decir que estas personas tan viejas no están cansadas, que no se reservan la posición erecta para los lugares donde es imposible sentarse. A veces se les escucha declarar: en el cementerio, habrá mucho tiempo para estar acostado. Diciendo eso, no piensan tanto en morir, y además tienen razón. Eso nunca ha funcionado como tal, también hay jóvenes que mueren. Yo, me siento siempre que no estoy obligada a permanecer de pie. Moverse en la silla es como caminar estando sentado. El hombre me observa, se lo siente de inmediato en este vehículo vacío. Hablar, no tengo la cabeza para ello, si no le preguntaría si quiere una foto mía. Poco le importa molestarme con sus miradas insistentes. Afuera, la mitad de la ciudad desfila, árboles y casas para variar. A esta edad, las personas presienten antes las cosas que los más jóvenes, es lo que se dice. Este viejo tal vez presiente que hoy tengo en el bolso una pequeña servilleta, dentífrico y un cepillo para los dientes. Y ningún pañuelo pues no quiero llorar. Paul no se dio cuenta hasta que punto tengo miedo de que Albu me conduzca a la célula situada bajo su oficina. No le he dicho nada a Paul; si eso sucede, lo sabrá muy pronto. El tranvía avanza despacio. El sombrero de paja del viejo tiene un listón manchado, sin duda por el sudor o la lluvia. Para saludarme, como de costumbre, Albu me besará la mano babeando encima.
El comandante Albu, me levanta la mano tomándola por la punta de los dedos y oprimiendo las uñas tan fuerte que tengo ganas de gritar. Con el labio inferior, me besa los dedos liberando el labio superior para poder hablar. Siempre me besa las manos de la misma manera, pero utiliza siempre palabras diferentes:
—Vaya, vaya, hoy tienes los ojos irritados.
—Tengo la impresión de que te empieza a salir bigote, un poco pronto para tu edad.
—Ah, hoy la bella manita está congelada, esperemos que no sea la circulación.
—Uy, tienes las encías arrugadas, te pareces a tu abuela.
Mi abuela nunca envejeció, digo, no tuvo tiempo de perder los dientes. Lo que le sucedió a los dientes de mi abuela, Albu debe saberlo, por eso él habla de ella.
Una mujer sabe todos los días lo que parece. Y que un beso en la mano primo no hace daño, secundo no es húmedo, tertio debe hacerse sobre el dorso de la mano. Los hombres saben mejor que las mujeres a lo que se parece un beso en la mano, Albu también lo sabe, seguramente. Su cabeza huele a Avril, un eau de toilette francesa que mi suegro, ese comunista de pacotilla, utilizaba también. Entre mis conocidos, nadie lo compraría. En el mercado negro cuesta más que un vestido en la tienda. Puede ser que se llame más bien Septembre, pero no confundo su aroma amargo, el olor del humo que despiden las hojas al quemarse.
Una vez que estoy sentada en mi pequeña mesa, Albu me ve frotar mis dedos sobre la falda, y no es para sentirlos de nuevo sino para limpiarme la saliva. El juega con su cabellera sonriendo con aire plácido. Cuanta importancia, la saliva, eso se enjuaga, se seca sola y no es veneno. Saliva, todo el mundo tiene en la boca. Otros escupen en la banqueta y luego tallan con su zapato porque eso no se hace, ni siquiera sobre la banqueta. Albu no escupe ciertamente sobre la banqueta; en la ciudad, ahí donde no lo conocen, hace de señor distinguido. Me duelen las uñas, pero él nunca las ha aplastado al punto de ponerlas azules. Se desentumecen como manos ateridas que se encuentran de repente con el calor. Tener la impresión de que el cerebro me escurre sobre el rostro, he ahí el veneno. La humillación, cómo llamar a eso de otro modo cuando el cuerpo se siente con los pies desnudos. Pero qué hacer si no se puede decir gran cosa con las palabras, si la mejor palabra es el mal.
Desde la tres de la mañana, intento captar el tic–tac del despertar: con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción… En su sueño, Paul se pone a lo ancho de la cama y luego se sobresalta, tan rápido que él mismo se asusta sin despertarse. Es una costumbre. Para mí, es el fin del sueño. Permanezco acostada pero despierta, sé que debería cerrar los ojos para volverme a dormir pero no lo hago. He perdido el sueño muy a menudo y he debido aprender de nuevo cuándo llega. Llega ya sea fácilmente, o ya no llega. En la madrugada, todo duerme, incluso los gatos y los perros sólo rondan la mitad de la noche por los basureros. Cuando se sabe que de todas formas no se podrá dormir, vale más pensar en algo claro en el cuarto a oscuras, que cerrar los ojos en vano. Pensar en la nieve, en troncos de árbol encalados, en habitaciones blancas, en mucha arena: en eso pasé mi tiempo, más a menudo de lo que hubiera deseado, hasta el amanecer. Esta mañana, habría podido pensar en girasoles, y es efectivamente lo que hice pero sin poder olvidar que estaba convocada para las diez en punto. Desde que el sueño, en disfraz de tic–tac, dice con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, no pude evitar pensar en el comandante Albu, incluso antes de cavilar sobre Paul y yo. Hoy, cuando Paul se sobresaltó, ya estaba despierta. Desde que la ventana se había tornado gris, había visto en el techo la boca de Albu magnificada, la punta de su lengua rosa apuntando tras su dentadura inferior, y escuchado su voz burlona:
—Por que estar tan nerviosa, si no hemos hecho más que comenzar.
En verdad es necesario que las convocaciones cesen durante dos o tres semanas para poder ser despertada por las piernas de Paul. Entonces estaré contenta, se verá que habré vuelto a aprender cómo conciliar el sueño.
Cuando vuelva a aprender cómo dormir y que le pregunte a Paul lo que ha soñado, él no se acordará de nada. Le muestro cómo patalea con las piernas, los dedos de los pies en abanico, antes de contraer las piernas encogiendo a la vez los dedos. Aparto la silla de la mesa y la empujo hasta dejarla en medio de la cocina, me siento, estiro las piernas en el aire y repito la escena. Paul encuentra la manera de reírse y yo digo:
—Es de ti mismo de quien ríes.
—Bueno, puede que haya soñado que iba en moto y que te llevaba conmigo, —replica.
Su sobresalto se convierte en un brinco hacia delante como emprendiendo la fuga en pleno salto, se debe a la bebida, imagino. Eso, yo no se lo digo. Tampoco digo que la noche quita a las piernas de Paul su paso titubeante. Es lo que debe pasar, la noche atrapa por las rodillas el paso titubeante, comienza por tirar hacia los dedos, luego hacia la habitación negra como la tinta. Y hacia la madrugada, cuando la ciudad duerme sola, hacia la oscuridad de la calle. Si no fuera así, Paul no podría tenerse en pie al amanecer. Si la noche quita a cada quien su embriaguez, para el alba, debe estar llena como un huevo. Hay tantas gentes que toman en esta ciudad.
Poco antes de las cuatro, las camionetas de los repartidores llegan a la calle de comercio. Desgarran el silencio, zumban demasiado y entregan pocas cosas, algunas cajas de leche, pan y legumbres, muchas cajas de aguardiente. Cuando ya no hay comida, abajo, las mujeres y los niños se las arreglan, las filas de espera se dispersan, los caminos llevan a la casa. Pero cuando ya no hay botellas, los hombres maldicen su vida y desenfundan sus cuchillos. Los vendedores se esfuerzan por calmarlos, pero los hombres no se contienen mucho tiempo, sólo el necesario para volver a salir. Recorren la ciudad en busca de bebida. Las primeras pelean ocurren porque no encuentran aguardiente, las segundas porque están completamente borrachos.
El aguardiente mana entre los Cárpatos y la planicie árida de la región ondulada. Ahí, hay ciruelos que casi esconden los minúsculos pueblos posados en medio de los huertos. Bosques enteros, cubiertos de una lluvia azul al final del verano, con ramas que se doblan por el peso. El aguardiente lleva el nombre de la región ondulada, pero nadie utiliza el nombre indicado en la etiqueta. De qué serviría un nombre si sólo hay un aguardiente en la región, la gente lo llama «Dos Ciruelas» según la imagen de la etiqueta. Las ciruelas con las mejillas unidas una contra la otra son tan familiares para los hombres como la Virgen y el Niño para las mujeres. En ningún cuadro eclesiástico la cabeza del Niño está a la altura de la de su madre. El Niño apoya la frente sobre la mejilla de la Santa Virgen, su propia mejilla sobre el cuello de su madre y el mentón sobre su pecho. Por añadidura, el bebedor y su botella conocen la misma suerte que las parejas en las fotos de boda, se destruyen mutuamente pero no se dejan.
En la foto de mi boda con Paul, no llevo ni flores ni velo. El amor brilla nuevo en mis ojos, y sin embargo es la segunda vez que me he casado. Nuestras mejillas están unidas una a la otra como dos ciruelas. Desde que Paul bebe como alcantarilla, nuestra foto de boda es un presagio. Cuando Paul se va de parranda por las tabernas de la ciudad, ya noche, tengo miedo de que no vuelva a casa y contemplo largamente la foto de boda colgada en la pared, hasta que mi mirada se pierde en el vacío. Nuestros rostros se vuelven turbios, la posición de las mejillas se modifica, hay un poco de aire entre ellas. Es casi siempre la mejilla de Paul la que se aleja de la mía, como si regresara tarde a casa. Pero regresa, Paul siempre ha regresado, incluso después del accidente.
Tomado de La convocation, Ed. Métailié, 2001Traducción del francés de José Abdón Flores
El comandante Albu, me levanta la mano tomándola por la punta de los dedos y oprimiendo las uñas tan fuerte que tengo ganas de gritar. Con el labio inferior, me besa los dedos liberando el labio superior para poder hablar. Siempre me besa las manos de la misma manera, pero utiliza siempre palabras diferentes:
—Vaya, vaya, hoy tienes los ojos irritados.
—Tengo la impresión de que te empieza a salir bigote, un poco pronto para tu edad.
—Ah, hoy la bella manita está congelada, esperemos que no sea la circulación.
—Uy, tienes las encías arrugadas, te pareces a tu abuela.
Mi abuela nunca envejeció, digo, no tuvo tiempo de perder los dientes. Lo que le sucedió a los dientes de mi abuela, Albu debe saberlo, por eso él habla de ella.
Una mujer sabe todos los días lo que parece. Y que un beso en la mano primo no hace daño, secundo no es húmedo, tertio debe hacerse sobre el dorso de la mano. Los hombres saben mejor que las mujeres a lo que se parece un beso en la mano, Albu también lo sabe, seguramente. Su cabeza huele a Avril, un eau de toilette francesa que mi suegro, ese comunista de pacotilla, utilizaba también. Entre mis conocidos, nadie lo compraría. En el mercado negro cuesta más que un vestido en la tienda. Puede ser que se llame más bien Septembre, pero no confundo su aroma amargo, el olor del humo que despiden las hojas al quemarse.
Una vez que estoy sentada en mi pequeña mesa, Albu me ve frotar mis dedos sobre la falda, y no es para sentirlos de nuevo sino para limpiarme la saliva. El juega con su cabellera sonriendo con aire plácido. Cuanta importancia, la saliva, eso se enjuaga, se seca sola y no es veneno. Saliva, todo el mundo tiene en la boca. Otros escupen en la banqueta y luego tallan con su zapato porque eso no se hace, ni siquiera sobre la banqueta. Albu no escupe ciertamente sobre la banqueta; en la ciudad, ahí donde no lo conocen, hace de señor distinguido. Me duelen las uñas, pero él nunca las ha aplastado al punto de ponerlas azules. Se desentumecen como manos ateridas que se encuentran de repente con el calor. Tener la impresión de que el cerebro me escurre sobre el rostro, he ahí el veneno. La humillación, cómo llamar a eso de otro modo cuando el cuerpo se siente con los pies desnudos. Pero qué hacer si no se puede decir gran cosa con las palabras, si la mejor palabra es el mal.
Desde la tres de la mañana, intento captar el tic–tac del despertar: con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción… En su sueño, Paul se pone a lo ancho de la cama y luego se sobresalta, tan rápido que él mismo se asusta sin despertarse. Es una costumbre. Para mí, es el fin del sueño. Permanezco acostada pero despierta, sé que debería cerrar los ojos para volverme a dormir pero no lo hago. He perdido el sueño muy a menudo y he debido aprender de nuevo cuándo llega. Llega ya sea fácilmente, o ya no llega. En la madrugada, todo duerme, incluso los gatos y los perros sólo rondan la mitad de la noche por los basureros. Cuando se sabe que de todas formas no se podrá dormir, vale más pensar en algo claro en el cuarto a oscuras, que cerrar los ojos en vano. Pensar en la nieve, en troncos de árbol encalados, en habitaciones blancas, en mucha arena: en eso pasé mi tiempo, más a menudo de lo que hubiera deseado, hasta el amanecer. Esta mañana, habría podido pensar en girasoles, y es efectivamente lo que hice pero sin poder olvidar que estaba convocada para las diez en punto. Desde que el sueño, en disfraz de tic–tac, dice con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, no pude evitar pensar en el comandante Albu, incluso antes de cavilar sobre Paul y yo. Hoy, cuando Paul se sobresaltó, ya estaba despierta. Desde que la ventana se había tornado gris, había visto en el techo la boca de Albu magnificada, la punta de su lengua rosa apuntando tras su dentadura inferior, y escuchado su voz burlona:
—Por que estar tan nerviosa, si no hemos hecho más que comenzar.
En verdad es necesario que las convocaciones cesen durante dos o tres semanas para poder ser despertada por las piernas de Paul. Entonces estaré contenta, se verá que habré vuelto a aprender cómo conciliar el sueño.
Cuando vuelva a aprender cómo dormir y que le pregunte a Paul lo que ha soñado, él no se acordará de nada. Le muestro cómo patalea con las piernas, los dedos de los pies en abanico, antes de contraer las piernas encogiendo a la vez los dedos. Aparto la silla de la mesa y la empujo hasta dejarla en medio de la cocina, me siento, estiro las piernas en el aire y repito la escena. Paul encuentra la manera de reírse y yo digo:
—Es de ti mismo de quien ríes.
—Bueno, puede que haya soñado que iba en moto y que te llevaba conmigo, —replica.
Su sobresalto se convierte en un brinco hacia delante como emprendiendo la fuga en pleno salto, se debe a la bebida, imagino. Eso, yo no se lo digo. Tampoco digo que la noche quita a las piernas de Paul su paso titubeante. Es lo que debe pasar, la noche atrapa por las rodillas el paso titubeante, comienza por tirar hacia los dedos, luego hacia la habitación negra como la tinta. Y hacia la madrugada, cuando la ciudad duerme sola, hacia la oscuridad de la calle. Si no fuera así, Paul no podría tenerse en pie al amanecer. Si la noche quita a cada quien su embriaguez, para el alba, debe estar llena como un huevo. Hay tantas gentes que toman en esta ciudad.
Poco antes de las cuatro, las camionetas de los repartidores llegan a la calle de comercio. Desgarran el silencio, zumban demasiado y entregan pocas cosas, algunas cajas de leche, pan y legumbres, muchas cajas de aguardiente. Cuando ya no hay comida, abajo, las mujeres y los niños se las arreglan, las filas de espera se dispersan, los caminos llevan a la casa. Pero cuando ya no hay botellas, los hombres maldicen su vida y desenfundan sus cuchillos. Los vendedores se esfuerzan por calmarlos, pero los hombres no se contienen mucho tiempo, sólo el necesario para volver a salir. Recorren la ciudad en busca de bebida. Las primeras pelean ocurren porque no encuentran aguardiente, las segundas porque están completamente borrachos.
El aguardiente mana entre los Cárpatos y la planicie árida de la región ondulada. Ahí, hay ciruelos que casi esconden los minúsculos pueblos posados en medio de los huertos. Bosques enteros, cubiertos de una lluvia azul al final del verano, con ramas que se doblan por el peso. El aguardiente lleva el nombre de la región ondulada, pero nadie utiliza el nombre indicado en la etiqueta. De qué serviría un nombre si sólo hay un aguardiente en la región, la gente lo llama «Dos Ciruelas» según la imagen de la etiqueta. Las ciruelas con las mejillas unidas una contra la otra son tan familiares para los hombres como la Virgen y el Niño para las mujeres. En ningún cuadro eclesiástico la cabeza del Niño está a la altura de la de su madre. El Niño apoya la frente sobre la mejilla de la Santa Virgen, su propia mejilla sobre el cuello de su madre y el mentón sobre su pecho. Por añadidura, el bebedor y su botella conocen la misma suerte que las parejas en las fotos de boda, se destruyen mutuamente pero no se dejan.
En la foto de mi boda con Paul, no llevo ni flores ni velo. El amor brilla nuevo en mis ojos, y sin embargo es la segunda vez que me he casado. Nuestras mejillas están unidas una a la otra como dos ciruelas. Desde que Paul bebe como alcantarilla, nuestra foto de boda es un presagio. Cuando Paul se va de parranda por las tabernas de la ciudad, ya noche, tengo miedo de que no vuelva a casa y contemplo largamente la foto de boda colgada en la pared, hasta que mi mirada se pierde en el vacío. Nuestros rostros se vuelven turbios, la posición de las mejillas se modifica, hay un poco de aire entre ellas. Es casi siempre la mejilla de Paul la que se aleja de la mía, como si regresara tarde a casa. Pero regresa, Paul siempre ha regresado, incluso después del accidente.
Tomado de La convocation, Ed. Métailié, 2001Traducción del francés de José Abdón Flores
El hombre de la caja de fósforos
El fuego consume la aldea cada noche. Primero arden las nubes.
Cada verano se lleva un granero. Los graneros se incendian siempre en domingo, cuando la gente baila y juega a las cartas. El crepúsculo rueda por las calles como un intestino grueso. Luego arde lentamente allá en el fondo, entre la paja y el entramado de tallos. Y sólo uno lo sabe, el hombre de la caja de fósforos, que ventila su odio por las plantaciones de patatas, detrás de los maizales. En ese huerto arrastraba sacos y escardaba remolachas cuando era un niño enclenque. Dormía en el establo de esa casa, y en ella fue llamado peón por una niña de su misma edad que tenía trenzas rubias y lisas y en invierno comía naranjas y le salpicaba la cara con el fragante zumo de las mondas vacías. Ahora se interna por el maizal, y el susurro que oye a sus espaldas le hace creer que él mismo es el viento.
En la calle, el hombre gordo aún lo sigue con sus ojillos duros, y en la taberna se sienta a otra mesa y sólo de vez en cuando le mira la cara a través del ángulo que forma su brazo.
Y ya empieza a propagarse el fuego, ya se revuelca con sus ardientes faldas rojas y sube hasta los tejados. Y en el cielo de la aldea tiembla ya el incendio.
Fuego, grita alguien, luego chillan dos y al final braman todos la misma palabra, y la aldea entera se agita sobre la colina. Los hombres acuden con cubos.
Llegan los bomberos de su fiesta gremial con una bomba de incendios pintada de rojo que tienda hacia los árboles un brazo chillón y oscilante. Todo crepita y relumbra en torno al gran henil en llamas. Luego se oye un crujido, y las vigas se quiebran y caen a tierra. Y la caldera hierve, y las caras se ponen rojas y negras y se hinchan de miedo.
Me quedo de pie en el patio, y las piernas me brotan del cuello. No tengo sino este nudo en la garganta. Mi gaznate brinca por encima de las vallas.
El fuego me tortura con sus tenazas. El fuego se va acercando, y mis piernas son ya madera negra carbonizada.
Yo he prendido el fuego. Sólo los perros lo saben. Cada noche trasguean por mi sueño. No contarán nada, dicen, pero me ladrarán hasta que muera.
A nuestro patio fueron llegando hombres que vaciaban la leche en el huerto y se llevaban los cubos, y tiraban de la manga de mi padre diciéndole ven, tú también eres bombero y tienen un gorro precioso y un uniforme rojo oscuro. Papá se hizo eco de su clamor y salió detrás de ellos. Papá advirtió su terror en los ojos. Y su uniforme rojo oscuro echó a andar delante de él por el empedrado. Y a cada paso su gorro precioso le comía un trozo de su espesa cabellera. Un sudor cálido me bañaba la frente, las ondas rojas me quemaban el nervio óptico bajo los párpados.
Corro por la pradera. Allí está la multitud boquiabierta.
Y yo.
Siento sus penetrantes ojos en mi nuca.
Y a mi lado está siempre el hombre de la caja de fósforos.
Su codo, al mismo de mi brazo está su codo.
Es duro y puntiagudo.
De sus zapatos caen trocitos de tierra del huerto.
Nadie me mira. Todos no son más que espaldas y talones y lazos de delantal y puntas de pañuelos.
Todos callan.
Y aún hoy siguen callando, pero me excluyen.
Y él gana el juego de cartas el domingo. Y baila fabulosamente, el hombre de la caja de fósforos.
Cada verano se lleva un granero. Los graneros se incendian siempre en domingo, cuando la gente baila y juega a las cartas. El crepúsculo rueda por las calles como un intestino grueso. Luego arde lentamente allá en el fondo, entre la paja y el entramado de tallos. Y sólo uno lo sabe, el hombre de la caja de fósforos, que ventila su odio por las plantaciones de patatas, detrás de los maizales. En ese huerto arrastraba sacos y escardaba remolachas cuando era un niño enclenque. Dormía en el establo de esa casa, y en ella fue llamado peón por una niña de su misma edad que tenía trenzas rubias y lisas y en invierno comía naranjas y le salpicaba la cara con el fragante zumo de las mondas vacías. Ahora se interna por el maizal, y el susurro que oye a sus espaldas le hace creer que él mismo es el viento.
En la calle, el hombre gordo aún lo sigue con sus ojillos duros, y en la taberna se sienta a otra mesa y sólo de vez en cuando le mira la cara a través del ángulo que forma su brazo.
Y ya empieza a propagarse el fuego, ya se revuelca con sus ardientes faldas rojas y sube hasta los tejados. Y en el cielo de la aldea tiembla ya el incendio.
Fuego, grita alguien, luego chillan dos y al final braman todos la misma palabra, y la aldea entera se agita sobre la colina. Los hombres acuden con cubos.
Llegan los bomberos de su fiesta gremial con una bomba de incendios pintada de rojo que tienda hacia los árboles un brazo chillón y oscilante. Todo crepita y relumbra en torno al gran henil en llamas. Luego se oye un crujido, y las vigas se quiebran y caen a tierra. Y la caldera hierve, y las caras se ponen rojas y negras y se hinchan de miedo.
Me quedo de pie en el patio, y las piernas me brotan del cuello. No tengo sino este nudo en la garganta. Mi gaznate brinca por encima de las vallas.
El fuego me tortura con sus tenazas. El fuego se va acercando, y mis piernas son ya madera negra carbonizada.
Yo he prendido el fuego. Sólo los perros lo saben. Cada noche trasguean por mi sueño. No contarán nada, dicen, pero me ladrarán hasta que muera.
A nuestro patio fueron llegando hombres que vaciaban la leche en el huerto y se llevaban los cubos, y tiraban de la manga de mi padre diciéndole ven, tú también eres bombero y tienen un gorro precioso y un uniforme rojo oscuro. Papá se hizo eco de su clamor y salió detrás de ellos. Papá advirtió su terror en los ojos. Y su uniforme rojo oscuro echó a andar delante de él por el empedrado. Y a cada paso su gorro precioso le comía un trozo de su espesa cabellera. Un sudor cálido me bañaba la frente, las ondas rojas me quemaban el nervio óptico bajo los párpados.
Corro por la pradera. Allí está la multitud boquiabierta.
Y yo.
Siento sus penetrantes ojos en mi nuca.
Y a mi lado está siempre el hombre de la caja de fósforos.
Su codo, al mismo de mi brazo está su codo.
Es duro y puntiagudo.
De sus zapatos caen trocitos de tierra del huerto.
Nadie me mira. Todos no son más que espaldas y talones y lazos de delantal y puntas de pañuelos.
Todos callan.
Y aún hoy siguen callando, pero me excluyen.
Y él gana el juego de cartas el domingo. Y baila fabulosamente, el hombre de la caja de fósforos.
Texto publicado con autorización de Ediciones Siruela
miércoles, 7 de octubre de 2009
MICHELETTI ABRONCA AL MUNDO

El presidente golpista dice que sólo una invasión evitaría las elecciones en Honduras
PABLO ORDAZ (EL PAÍS. ENVIADO ESPECIAL) Tegucigalpa 08/10/2009
Qué bronca. No habían pasado más que unas cuantas horas desde que la multitudinaria misión de la Organización de Estados Americanos (OEA) había aterrizado en Honduras para impulsar el diálogo. El tiempo justo para llegar al hotel Clarion de Tegucigalpa -tomado por dentro y por fuera por la policía antidisturbios y el Ejército—, saludar a los negociadores designados por el presidente depuesto, Manuel Zelaya, y por el que ocupó su lugar tras el golpe, Roberto Micheletti, y tomar un ligero tentempié. Los representantes de la OEA, que habían llegado al país centroamericano a bordo de cuatro aviones, tenían prisa. La agenda contemplaba visitar en la Casa Presidencial a Micheletti y luego seguir hacia la embajada de Brasil para entrevistarse con Manuel Zelaya. Pero en la primera parada se encontraron con algo que no esperaban. Una bronca. Menuda bronca.
Micheletti los recibió amablemente, con toda la pompa y el boato que le fue posible, flanqueado por sus ministros más cercanos y alrededor de una mesa de madera oscura y noble. El presidente surgido del golpe dejó hablar a sus invitados, liderados por el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, y entre los que se encontraban cinco ministros de exteriores de la región -Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México y Guatemala-, además de altos funcionarios de Canadá, Jamaica, Brasil... También estaba presente el secretario español de Estado para Iberoamérica, Juan Pablo de Laiglesia. Micheletti dejó hablar a Insulza, con quien se había reunido unos días antes de forma secreta en una base militar hondureña. El secretario general de la OEA usó un tono comedido para apuntar sólo dos preocupaciones. La situación personal de Zelaya tras 17 días confinado en una legación diplomática sin las condiciones mínimas de habitabilidad, y el recorte de garantías provocado por el estado de sitio decretado días atrás [y revocado después] por el gobierno de facto. Y fue entonces cuando tomó la palabra Micheletti.
Más que tomar la palabra, la agarró, la blandió delante de todos y la arrojó con saña. Lo primero que dijo fue: "Ni ustedes saben toda la verdad, ni quieren escuchar toda la verdad". Así. Como para ir abriendo boca. Luego -subiendo el tono- dijo: "Ustedes tienen que investigar que pasó en este país antes del 28 de junio [el día que un comandó militar secuestró a Zelaya y lo sacó del país]. Porque ustedes nos condenaron sin escucharnos. Hemos hecho esfuerzos incontables por mantener la paz en Honduras. Pero el regreso de Zelaya provocó la comisión de muchos delitos. Y a través de las emisoras que estaban a su favor [y que ahora están clausuradas por una orden de su gobierno] se llamó a la sedición, se señalaron objetivos para que la gente los atacara. Fíjense lo que les digo: en este país no tememos a Estados Unidos, ni a Brasil... A lo único que tememos aquí es a Mel Zelaya. Tenemos pánico de Mel Zelaya. Ese señor que pagaba a los cuidadores de sus caballos, y hasta sus alimentos, con fondos públicos. Ese señor que retiró de una joyería privada una cantidad de joyas no sabemos para quién..., pero sí sabemos con qué dinero, con el dinero del Estado. Les digo una cosa: aquí se van a celebrar elecciones el próximo 29 de noviembre. Y sólo hay una posibilidad de que no se celebren elecciones ese día: que nos invadan, que nos manden soldados y nos invadan... Así que no sean malos y no nos dejen sin elecciones. Háganme un favor: reflexionen sobre el daño que ustedes le están haciendo a Honduras".
Los periodistas nacionales y extranjeros presentes en la Casa Presidencial, y que sólo pudieron seguir el desarrollo de la reunión a través del canal nacional de televisión, se miraban sin dar crédito. Hasta ese momento, atardecer en Honduras, avanzada ya la madrugada en la península, todas las conversaciones habían girado sobre los puntos de un acuerdo que se consideraba por primera vez posible. Porque quien más y quien menos sospechaba que si Insulza había regresado a Honduras con tamaño séquito era porque todo estaba ya más o menos atado. Que la comunidad internacional, representada por la OEA, venía a apadrinar, a tutelar, a suscribir... un acuerdo, una salida. ¿Un acuerdo? ¿Una salida? La bronca de Micheletti parecía dejar a las claras que la solución al conflicto de Honduras sigue estando más verde y más lejano de lo que se suponía.
Micheletti los recibió amablemente, con toda la pompa y el boato que le fue posible, flanqueado por sus ministros más cercanos y alrededor de una mesa de madera oscura y noble. El presidente surgido del golpe dejó hablar a sus invitados, liderados por el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, y entre los que se encontraban cinco ministros de exteriores de la región -Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México y Guatemala-, además de altos funcionarios de Canadá, Jamaica, Brasil... También estaba presente el secretario español de Estado para Iberoamérica, Juan Pablo de Laiglesia. Micheletti dejó hablar a Insulza, con quien se había reunido unos días antes de forma secreta en una base militar hondureña. El secretario general de la OEA usó un tono comedido para apuntar sólo dos preocupaciones. La situación personal de Zelaya tras 17 días confinado en una legación diplomática sin las condiciones mínimas de habitabilidad, y el recorte de garantías provocado por el estado de sitio decretado días atrás [y revocado después] por el gobierno de facto. Y fue entonces cuando tomó la palabra Micheletti.
Más que tomar la palabra, la agarró, la blandió delante de todos y la arrojó con saña. Lo primero que dijo fue: "Ni ustedes saben toda la verdad, ni quieren escuchar toda la verdad". Así. Como para ir abriendo boca. Luego -subiendo el tono- dijo: "Ustedes tienen que investigar que pasó en este país antes del 28 de junio [el día que un comandó militar secuestró a Zelaya y lo sacó del país]. Porque ustedes nos condenaron sin escucharnos. Hemos hecho esfuerzos incontables por mantener la paz en Honduras. Pero el regreso de Zelaya provocó la comisión de muchos delitos. Y a través de las emisoras que estaban a su favor [y que ahora están clausuradas por una orden de su gobierno] se llamó a la sedición, se señalaron objetivos para que la gente los atacara. Fíjense lo que les digo: en este país no tememos a Estados Unidos, ni a Brasil... A lo único que tememos aquí es a Mel Zelaya. Tenemos pánico de Mel Zelaya. Ese señor que pagaba a los cuidadores y de sus caballos, y hasta sus alimentos, con fondos públicos. Ese señor que retiró de una joyería privada una cantidad de joyas no sabemos para quién..., pero sí sabemos con qué dinero, con el dinero del Estado. Les digo una cosa: aquí se van a celebrar elecciones el próximo 29 de noviembre. Y sólo hay una posibilidad de que no se celebren elecciones ese día: que nos invadan, que nos manden soldados y nos invadan... Así que no sean malos y no nos dejen sin elecciones. Háganme un favor: reflexionen sobre el daño que ustedes le están haciendo a Honduras".
Los periodistas nacionales y extranjeros presentes en la Casa Presidencial, y que sólo pudieron seguir el desarrollo de la reunión a través del canal nacional de televisión, se miraban sin dar crédito. Hasta ese momento, atardecer en Honduras, avanzada ya la madrugada en la península, todas las conversaciones habían girado sobre los puntos de un acuerdo que se consideraba por primera vez posible. Porque quien más y quien menos sospechaba que si Insulza había regresado a Honduras con tamaño séquito era porque todo estaba ya más o menos atado. Que la comunidad internacional, representada por la OEA, venía a apadrinar, a tutelar, a suscribir... un acuerdo, una salida. ¿Un acuerdo? ¿Una salida? La bronca de Micheletti parecía dejar a las claras que la solución al conflicto de Honduras sigue estando más verde y más lejano de lo que se suponía.
Micheletti dejó de hablar. Los delegados de la OEA pusieron cara de póquer. Le tocaba el turno al embajador de Brasil, que hizo un discurso muy claro, diciendo que lo que hiciera Zelaya mientras fue presidente no es competencia de la comunidad internacional: "No nos toca juzgar sus actos. No tenemos jurisdicción sobre eso. Para eso ya están los tribunales hondureños. Pero sí es competencia nuestra denunciar la violación de la Carta Democrática Iberoamericana". La OEA considera que la Carta fue violada de forma flagrante cuando Zelaya fue sacado del país a punta de pistola y en pijama para ser abandonado en Costa Rica, y por eso el primer punto del Acuerdo de San José -auspiciado por el presidente Óscar Arias con la bendición de la comunidad internacional- pretende la restitución de Zelaya en el poder. Pero Micheletti no quiere ni oír hablar de esa posibilidad. Tan es así que, mirando fijamente a Insulza, terminó su bronca acusándolo: "Nosotros creíamos que ustedes venían de buena fe, y que iban a escuchar lo que decidieran los hondureños. Pero no. Los discursos que han hecho son totalmente diferentes. Porque ustedes quieren volver a poner a Zelaya, sin escuchar siquiera lo que digan los negociadores".
Al terminar de embestir, Micheletti pidió a los delegados de la OEA: "No se me molesten
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