martes, 6 de abril de 2010

Tener sexo dos veces a la semana puede reducir el riesgo de infarto :: Salud :: Investigación :: Periodista Digital

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Pequeños detalles que dañan la imagen :: Periodismo :: Prensa :: Periodista Digital

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SCHERER: LUZ EN LA SOMBRA..


José Cárdenas
Ventana
Martes 6 de abril de 2010



El periodista Julio Sherer, consagra una vez más su prestigio desde la cima, al tiempo que algunos aprendices de reportero se hunden en la sima. Don Julio, de primera, y el periodismo de cuarta. Alto contraste entre la luz y la sombra.

En nuestro gremio se proclama: “perro no come carne de perro”. Los periodistas no hablan mal de otros periodistas. La tragedia de Paulette Gebara Farah, convierte en mínima esa “máxima”. Ese capítulo de horror, es una historia que se agregará a nuestra mitología criminal. Aunque hoy sepulten el cadáver, la muerte de la pequeñita de cuatro años doblemente indefensa, por sus limitaciones físicas y por su edad, será referencia obligada en el lado oscuro del imaginario colectivo. Es un episodio trágico agregado a la historia terrible de una sociedad que se alimenta de horror, crimen, muerte, decapitaciones, encobijados, encajuelados, y “pozoleados”…

Independientemente del dolor social que provoca el caso, en el agua estancada flota el papel mojado de algunos medios de comunicación. Comer carne de perro, obliga.

Los periodistas estamos muy acostumbrados a exigir cuentas a todo el mundo pero no a rendirlas. Eso es impunidad lisa y llana. En nombre de la libertad de expresión se cometen abusos irresponsables. Los medios no tenemos ningún derecho a arrogarnos el papel de fiscales del fiscal. Cuando se busca el escándalo se pervierte el oficio. La ruta de la información que transita por las avenidas del tremendismo conduce al abismo. ¿Quién ha dicho que la prensa tiene tantos derechos cuando se ejercen de manera abusiva?

Los informadores somos testigos informados para informar, nada menos, pero nada más. No somos la conciencia moral de la sociedad, ni debemos aspirar a ello. En el caso de Paulette, el comportamiento de la televisión ha sido repugnante. La opción del oportunismo y la sevicia es una vergüenza. Si este caso no resulta un llamado a la autocrítica y a la reflexión, habremos retrocedido frente al compromiso que tenemos de cara a audiencias y lectores.

¿Tienen algo en común los afanes de algunos reporteros hambrientos de notoriedad y sedientos de gloria mediática, y el periodismo de oficio persistente de un hombre insistente que a su edad (84 años) alcanza de nuevo la cumbre profesional?

Julio Sherer nos ha puesto a todos un ejemplo difícil de superar. A la edad del retiro logra lo que miles de soldados y policías no pueden: encontrarse con el Mayo Zambada, uno de los narcos más buscados. En su propia guarida, habla con él; se toma una foto que deviene en editorial y escribe la crónica de un encuentro insólito cargado de miedo, del anfitrión y el huésped (Proceso 1744). Si Don Julio ya había alzado el listón con la entrevista a Sandra Ávila Beltrán, la Reina del Pacífico, con esta nueva prueba de audacia profesional, se coloca a la vanguardia de la prensa mexicana. ¡Bravo maestro! Gracias por mostrarnos que si hay oscuridad es porque todavía existe la luz.

josecardenas@me.com
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JOSE CARDENAS
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lunes, 5 de abril de 2010

ZAMBADA Y SCHERER

Si alguien conservaba alguna duda de que el narco sabe usar a la prensa y hay prensa que se deja usar por el narco, no tiene más que acudir al encuentro que Julio Scherer aceptó tener con Ismael El Mayo Zambada, capo número dos del cártel de Sinaloa, uno de los más buscados y temidos de México.

La nota del encuentro ocupa la portada de la revista Proceso, propiedad del propio Scherer. En la foto aparece Zambada, con lentes y gorra que impiden precisar sus facciones, poniendo un brazo protector, a la vez amigable y prepotente, sobre el más bajo Scherer, quien ofrece a la cámara una sonrisa donde puede leerse a la vez deleite, atrevimiento, satisfacción y extravío.

El periodista ha sido llamado a tener un encuentro con esta celebridad: Ismael El Mayo Zambada, compadre de Joaquín El Chapo Guzmán, conductores ambos de una de las redes más mortíferas de sicarios que hay en su negocio.

¿A cuántos periodistas habrán mandado matar El Mayo Zambada y El Chapo Guzmán? ¿A cuántos tendrán sentenciados, amenazados o en la mira? ¿A cuántos habrán silenciado o
comprado?

No es un asunto que importe en el reporte lírico que hace Scherer del encuentro, dedicado a la glosa de las opiniones de Zambada sobre la mala información que le dan al Presidente, las tropelías que hacen los soldados, los muchos capos que vienen en camino.

En la versión de Scherer, Zambada pontifica como un sociólogo o un líder de opinión: la guerra contra el narco, dice, “está perdida” porque “el narco está en la sociedad, arraigado, como la corrupción”.

Scherer se ocupa del lado humano. Hace confesar a Zambada que tiene miedo, que vive a salto de mata, que no sabe si tendrá los arrestos suficientes para matarse cuando lo
cerquen.

Zambada escogió a un vocero periodístico con autoridad. La autoridad del vocero confiere autoridad al que habla y el que habla, aunque habla poco, reconoce la autoridad de su vocero: ha leído sus libros y le parece que no miente.

Supongo que Scherer no hace sino repetir una vieja historia de periodistas en países donde el crimen organizado se vuelve centro de las noticias.

Llegados a ese punto, de pronto la entrevista con un jefe del narco es codiciable. Momento climático de nuestra confusión pública: el criminal se vuelve personaje y puede escoger al periodista que lo visita.

El Mayo Zambada escogió a un santón de la prensa mexicana, y el santón fue a su guarida, “un lugar no revelado”, derramando adrenalina, valentía, entereza periodística.

Qué pena.

acamin@milenio.com

LOS QUE MUEVEN A MÉXICO...


DENISE DRESSER

Alguna vez, el periodista Julio Scherer García le pidió a Ernesto Zedillo que le hablara de su amor por México. Le sugirió que hablara del arte, de la geografía, de la historia del país. De sus montañas y sus valles y sus volcanes y sus héroes y sus tardes soleadas. El ex-presidente no supo qué contestar. Hoy es probable que muchos mexicanos tampoco sepan cómo hacerlo. Hoy el pesimismo recorre al país e infecta a quienes entran en contacto a él. México vive obsesionado con el fracaso. Con la victimización. Con todo lo que pudo ser pero no fue. Con lo perdido, lo olvidado, lo maltratado. Con la crónica de catástrofes; de corruptelas; de personajes demasiado pequeños para el país que habitan.

México padece lo que Jorge Domínguez, en un artículo en Foreign Affairs, bautizó como la "fracasomanía": el pesimismo persistente ante una realidad que parece inamovible. La propensión colectiva a pensar que la corrupción no puede ser combatida; que los políticos no pueden ser propositivos; que la sociedad no puede ser movilizada; que la población no puede ser educada; que los buenos siempre sucumben; que los reformadores siempre pierden.. Por ello es mejor callar. Es mejor ignorar. Es mejor emigrar.

Pero lo que nos congrega aquí hoy sugiere lo contrario. Por cada tache que se le pueda colocar a este país, existe una paloma. Más de 50 palomas.. Frente a todos los motivos para cerrar los ojos están todos los motivos para abrirlos. Frente a las razones para perder la fe en México estan todas las razones para recuperarla. La determinación de Lorena Ochoa. La pluma de Carlos Fuentes. La inteligencia de Mario Molina. El profesionalismo de Carlos Loret de Mola. El talento de Salma Hayek. La chispa de Diego Luna.. La visión empresarial de María Asunción Aramburuzavala. La imaginación de Angeles Mastretta. El humor de Carlos Monsivaís. La tenacidad de Alejandra de Cima. La sencillez de Gael García Bernal. Las canciones de Julieta Venegas. El espíritu democrático de Margarita Zavala. La creatividad de Julieta Fierro.. La forma en la cual Alondra de la Parra conduce una orquesta o Rafael Márquez mete un gol o Cristina Pacheco hace una entrevista.. La labor filantrópica de Alfredo Harp Helu. El periodismo implacable de Miguel Angel Granados Chapa. La arquitectura de Teodoro González de Leon.. La voz de Ximena Sariñana. Los huipiles de Beatriz Paredes.

Cada persona tendrá su propia lista, su propio pedazo del país colgado del corazón. Una lista larga, rica, colorida, voluptuosa, fragante.. Una lista que debe comenzar con las palabras de la chef Marta Ortiz Chapa: "Siempre me gusto ser mexicana". Una lista con la cual contener el pesimismo; un antídoto ante la apatía; una vacuna contra la desilusión. Una lista de lo mejor de México. Una lista para despertarse en las mañanas. Una lista para pelear contra lo que Susan Sontag llamó "la complicidad con el desastre".

Una lista como la compilada por la revista "Quien" hoy pero que en mi propio caso va más allá de ello para incluir todo lo que yo amo de mi país. Los murales de Diego Rivera. Las enchiladas suizas de Sanborns. Las mariposas en Michoacán. El cine de Alfonso Cuarón. El valor de Emilio Alvarez Icaza. Los huevos rancheros y los chilaquiles con pollo. El mole negro de Oaxaca . Los libros de Elena Poniatowska. La decencia de Germán Dehesa. Los tacos al pastor con salsa y cilantro. El mar en Punta Mita. La poesía de Efraín Huerta. El Espacio Escultórico al amanecer. Cualquier Zócalo, cualquier domingo.

La forma en que los mexicanos se besan y se saludan y se dicen "buenas tardes" al subirse al elevador. Las fiestas ruidosas los sábados por la tarde. La casa de Luis Barragán. Los amigos que siempre tienen tiempo para tomarse un tequila. Los picos coloridos de las piñatas. Las casas de Manuel Parra. Las bugambilias y los alcatraces y los magueyes. Las caricaturas de Naranjo y los cartones de Calderón. El helado de guanabana. La talavera de Puebla . Las fotografías de Graciela Iturbide. Los mangos con chile parados en un palo de madera . Las comidas largas y las palmeras frondosas. Las mujeres del grupo Semillas y las mujeres que luchan por otras - todavía - en Ciudad Júarez.

Y más allá de este recinto y este reconocimiento a cincuenta personas, habría que aprovechar la ocasión para pensar un momento en todos aquellos que también mueven a México. Sus habitantes. Ese país habitado por millones de hombres y mujeres mexicanas que se levantan al alba a prender la estufa, a preparar el desayuno, a remojar el arroz, a planchar los pantalones, a terminar la trenza, a correr detrás del camion, a trabajar donde puedan y donde les paguen por hacerlo. El país de muchas mujeres y hombres que duermen poco porque cargan con mucho.

Para acompañarlos les pido que piensen por un momento en las siguientes preguntas. Y si ustedes vivieran y mantuvieran a sus familias con 3,000 pesos al mes? Y si les tomara mas de dos horas y tres formas diferentes de transporte público llegar a su trabajo? Y si al regresar a casa, despues de un largo día, su esposo las golpeara? Y si, aunque ustedes contaran su caso cientos de veces, prevaleciera el silencio? Y si su hija o su madre o su hermana fuera violada en la calle o cerca de un cuartel del Ejército? Y si en el Ministerio Público le dijeran que ella se lo buscó o que lo ocurrido no es un crimen? Y si resultara embarazada y la despidieran por ello? Y si hubiera complicaciones y no pudiera pagarle al médico? Y si ustedes estuvieran condenadas a la precariedad cotidiana como tantas más?

Para muchas mujeres en México esas preguntas no son hipotéticas sino reales. No representan lo que podría ocurrir sino lo que ocurre. En México, ser mujer entraña tener sólo 7 años de escolaridad promedio. En México ser mujer y trabajar en una maquiladora significa estar en peligro de muerte. En México, ser mujer implica el 30 por ciento de probabilidad de tener un hijo antes de los 20 años. En México todavía entraña luchar por el derecho a serlo.

Porque el país cambia pero no lo suficiente; porque México se mueve pero no a la velocidad que podría y debería. Algo estál mal. Algo no funciona. Tiene que ver con el control y los privilegios. Tiene que ver con 23 millones de personas en este país que viven con 20 pesos al dia. Tiene que ver con que 1 de cada 5 mexicanos entre la edad de 25 y 35 años vive y trabaja en Estados Unidos. Tiene que ver con el éxodo de 400,000 migrantes que cruzan la frontera en busca de oportunidades que no encuentran en su propio país. Con que el hijo de un obrero tiene solo el 5 por ciento de probabilidades de convertirse en profesionista.

Allí estan para quien las quiera ver: señales claras de un statu quo que es insostenible; síntomas de problemas profundos, históricos, estructurales. A lo largo del sur del país y a lo ancho de sus zonas más pobres. En cada institución disfuncional y en cada funcionario insensible que la encabeza. En cada decisión arbitraria por parte de alguien que ejerce el poder y en cada mexicana que padece sus consecuencias.

De allí que se vuelva imperativo celebrar a aquellos que están en la lista de quienes mueven a México, y al mismo tiempo reflexionar en lo mucho que falta por hacer. Pensar en un México menos cupular y más ciudadano. Menos elitista y más democrático. Menos interesado en retener las oportunidades insólitas que tienen algunos y más interesado en crearlas para otros. De lo que se trata, en esencia, es de cambiar la forma geométrica del país. Pasar del triángulo al rombo. Crear una amplia clase media poblada por personas con voz, con derechos, con oportunidades para generar riqueza y acumularla. Crear mexicanos, emprendedores, educados, competitivos, meritocráticos porque el país les permite serlo. Crear un sistema económico que promueva la movilidad social en vez de permitir la perpetuacion de obstaculos que la inhiben.

Y vivir todos los días con esa lista de lo mejor y lo posible para así pelear contra la lógica enraizada del "por lo menos": "por lo menos hay paz social; "por lo menos" la pobreza extrema ha disminuido un poco; "Por lo menos no ocupamos el último lugar en las evaluaciones PISA de educación". "Por lo menos en el sexenio pasado sólo se robaron un Jeef Rojo y una Hummer". Hoy, la lógica compartida del "por lo menos" equivale a una defensa de la mediocridad. Equivale a una apología del statu quo que beneficia a pocos y perjudica a muchos. México solo será un país mejor cuando sus habitantes dejen de pensar en términos relativos y empiecen a exigir en términos absolutos. Cuando se conviertan en profetas armados con una visión de lo que podría ser. Cuando empuñen lo que Martin Luther King llamó "coraje moral". Cuando vociferen que los bonos sexenales y la rapacidad de los sindicatos y la educación atorada y el desempleo constante y la inseguridad lacerante son realidades que ningún mexicano está dispuesto a aceptar. Porque si nadie alza la vara, el país seguirá viviendo - aplastado - debajo de ella. Porque si sólo 50 personas exigen que las cosas cambien, nunca lo harán. Porque si los mexicanos siguen habitando el laberinto de la conformidad, sera muy difícil sacudir al país desde allí.

Quienes pueblan esta lista saben que hay tanto por hacer; tanto por cambiar; tantos sitios donde amontonar el optimismo. El optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la inteligencia. El optimismo perpetuo que se convierte en multiplicador.

El optimismo que debe llevar espero - a cada uno de los presentes - a hacer una declaración de fe, como la frase que acuñó Rosario Castellanos. Una filosofía personal para ver y andar, vivir y cambiar, participar y no sólo presenciar.

Una filosofía para compartir la terca esperanza de quien habla hoy y acompaña a los premiados. La convicción inquebrantable de mejorar a México. De restañar a la República. De volver a México un país de ciudadanos. Un lugar poblado por personas conscientes de sus derechos y dispuestos a contribuir para defenderlos. Dispuestos a llevar a cabo pequeñas acciones que produzcan grandes cambios. Dispuestos a sacrificar su zona de seguridad personal para que otros la compartan.

Yo creo que ser de clase media en un país con cuarenta millones de pobres es ser privilegiado. Y los privilegiados tienen la obligación de regresar algo al país que les ha permitido obtener esa posición. Porque para qué sirve la experiencia, el conocimiento, el talento, si no se usa para hacer de México un lugar más justo? Para qué sirve el ascenso social si hay que pararse sobre las espaldas de otros para conseguirlo? Para qué sirve la educación si no se ayuda a los demás a obtenerla? Para qué sirve la riqueza si hay que erigir cercas electrificadas cada vez más altas para defenderla? Para qué sirve ser habitante de un país si no se asume la responsabilidad compartida de asegurar vidas dignas allí? Yo creo en la obligación ciudadana de vivir en la indignación permanente: criticando, denunciando, proponiendo, sacudiendo. Porque los buenos gobiernos se construyen a base de buenos ciudadanos y sólo los inconformes lo son.

Yo creo que muchos de los miembros de esta lista logran hacer cosas extraordinarias. Aquellos que hacen más que pararse en fila y en silencio.. Individuos que pelean por los derechos de quienes ni siquiera saben que los tienen. Alejandro Martí, denunciando a los policías cómplices y acorralando a los políticos que los protegen. Carmen Aristegui, lidereando la oposición contra la impunidad y concientizando al país sobre sus efectos. Guillermo Ortiz, peleando por la competencia y denunciando los costos que el país ha pagado al obstaculizarla. María Elena Morera, sacudiendo a una sociedad altergada y ayudándola a discernir el papel que debería desempenar. Miguel Angel Granados Chapa, defendiendo-con su columna -- la humanidad esencial de quienes la han perdido y ayudándolos a recuperarla. Ellos y tantos más, héroes y heroínas de todos los días. Ombudsmans cotidianos.

Yo creo que mientras existan individuos como muchos de los que hoy celebramos - encendidos, comprometidos, preocupados - el contagio continuará, poco a poco, y a empujones como todo lo que vale la pena. El monólogo de los líderes se convertirá en el coro de la población. La exasperación de los ciudadanos construirá cercos en torno a los políticos. Yo creo que un día - no tan lejano, quizás - habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo a nombre de la gente que lo ha elegido. En lugar de mirar con quién se codea en el poder, mirará a quienes lo llevaron allí. Y México será otro país, otro..

Yo creo que eso es posible, pero sólo ocurrirá cuando la fe los mexicanos aplaudidos por la revista "Quien" se vuelva la convicción de muchos. Cuando la crítica fácil se traduzca en la participación transformadora. Cuando la creencia en el cambio se concretice en acciones diarias para asegurarlo. Cuando más mexicanos memoricen las palabras de mi amigo - el empresario y filántropo -- Manuel Arango: "El que no sepa qué hacer por México que se ponga a saltar en un solo pie y algo se le ocurrirá". Cuando saltando juntos logremos, de verdad, mover mejor a México.

Creo firmemente que vale la pena compartirlo con nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo y demas personas cercanas. Por supuesto que si no lo haces no sucedera nada, solamente que alguien mas dejará de tomar un poco de conciencia y soñar en que todos juntos podemos cambiar a este pais, para sentirnos orgullosos de heredarle a nuestros hijos y nietos un MEXICO MEJOR...


domingo, 4 de abril de 2010

EL MAYO ZAMBADA A JULIO SCHERER: SI ME ATRAPAN O ME MATAN....NO PASA NADA.



PROCESO.


UNA EXPRESIÓN DE JULIO SCHERER GARCÍA ha quedado grabada con hierro
candente, entre muchas otras, en quienes colaboramos con él. “Si el Diablo me ofrece
una entrevista, voy a los infiernos…”. En el mayor de los sigilos, bajo la exigencia
de reserva absoluta que él respetó y respeta, el fundador de Proceso fue convocado a
encontrarse con Ismael El Mayo Zambada.“Tenía interés en conocerlo”, le dijo el capo
del cártel de Sinaloa, colega y compadre de El Chapo Guzmán. En el encuentro, que
terminó en puntos suspensivos, El Mayo Zambada dejó un reto: “Me pueden agarrar
en cualquier momento… o nunca”.

MÉXICO, D.F.- Un día de febrero recibí en Proceso un mensaje que ofrecía datos claros
acerca de su veracidad. Anunciaba que Ismael Zambada deseaba
conversar conmigo.


La nota daba cuenta del sitio, la hora y el día en que una persona me conduciría al refugio
del capo. No agregaba una palabra.

A partir de ese día ya no me soltó el desasosiego.Sin embargo, en momento alguno
pensé en un atentado contra mi persona. Me sé vulnerable y así he vivido. No tengo chofer,
rechazo la protección y generalmente viajo solo, la suerte siempre de mi lado.

La persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico. Inevitablemente debería
contar las circunstancias y pormenores del viaje, pero no podría dejar indicios que
llevaran a los persecutores del capo hasta su guarida. Recrearía tanto como me fuera
posible la atmósfera del suceso y su verdad esencial, pero evitaría los datos que pudieran
convertirme en un delator.

Me hizo bien recordar a Octavio Paz, a quien alguna vez le oí decir, enfático como era:

“Hasta el último latido del corazón, una
vida puede rodar para siempre”.

* * *

Una mañana de sol absoluto, mi acompañante y yo abordamos un taxi del que no tuve
ni la menor idea del sitio al que nos conduciría.
Tras un recorrido breve, subimos a un segundo automóvil, luego a un tercero y finalmente
a un cuarto. Caminamos en seguida un rato largo hasta detenernos ante una fachada
color claro. Una señora nos abrió la puerta y no tuve manera de mirarla. Tan pronto corrió
el cerrojo, desapareció.

La casa era de dos pisos, sólida. Por ahí había cinco cuadros, pájaros deformes en un
cielo azuloso. En contraste, las paredes de las tres recámaras mostraban un frío abandono.
En la sala habían sido acomodados sillones y sofás para unas diez personas y la mesa del
comedor preveía seis comensales.

Me asomé a la cocina y abrí el refrigerador, refulgente y vacío. La curiosidad me llevó a
buscar algún teléfono y sólo advertí aparatos fijos para la comunicación interna. La recámara
que me fue asignada tenía al centro una cama estrecha y un buró de tres cajones polvosos.
El colchón, sin sábana que lo cubriera, exhibía la pobreza de un cobertor viejo. Probé
el agua de la regadera, fría y en el lavamanos vi cuatro botellas de Bonafont y un jabón
usado.

Hambrientos, el mensajero y yo salimos a la calle para comer, beber lo que fuera y estirar
las piernas. Caminamos sin rumbo hasta una fonda grata, la música a un razonable volumen.
Hablamos sin conversar, las frases cortadas sin alusión alguna a Zambada, al narco,
la inseguridad, el Ejército que patrullaba las zonas periféricas de la ciudad.

Volvimos a la casa desolada ya noche. Nos levantaríamos a las siete de la mañana. A
las ocho del día siguiente desayunamos en un restaurante como hay muchos.Yo evitaba
cualquier expresión que pudiera interpretarse como un signo de impaciencia o inquietud,
incluso la mirada insistente a los ojos, una forma de la interrogación profunda. El tiempo
se estiraba, indolente y comíamos con lentitud.


Las horas siguientes transcurrieron entre las cuatro paredes ya conocidas. Yo llevaba
conmigo un libro y me sumergí en la lectura, a medias. Mi acompañante parecía haber nacido
para el aislamiento. Como si nada existiera a su alrededor, llegué a pensar que él mismo
pudiera haber desaparecido sin darse cuenta, sin advertirlo. Me duele escribir que no tenía
más vida que la servidumbre, la existencia sin otro horizonte que el minuto que viene.

“Ya nos avisarán –me dijo sorpresivamente–.La llamada vendrá por el celular”.

Pasó un tiempo informe, sin manecillas.‘Paciencia’, me decía.

Salimos al fin a la oscuridad de la noche. En unas horas se cruzarían el ocaso y el amanecer
sin luz ni sombra, quieto el mundo.

* * *

Viajamos en una camioneta, seguidos de otra. La segunda desapareció de pronto y
ocupó su lugar una tercera. Nos seguía, constante, a cien metros de distancia.Yo sentía la
soledad y el silencio en un paisaje de planicies y montañas.

Por veredas y caminos sinuosos ascendimos una cuesta y de un instante a otro el universo
entero dio un vuelco. Sobre una superficie de tierra apisonada y bajo un techo de troncos y
bejucos, habíamos llegado al refugio del capo, cotizada su cabeza en millones de dólares, famoso
como el Chapo y poderoso como el colombiano Escobar, en sus días de auge zar de
la droga.

Ismael Zambada me recibió con la mano dispuesta al saludo y unas palabras de bienvenida:


–Tenía mucho interés en conocerlo.

–Muchas gracias–, respondí con naturalidad.


Me encontraba en una construcción rústica de dos recámaras y dos baños, según pude
comprobar en los minutos que me pude apartar del capo para lavarme. Al exterior había
una mesa de madera tosca para seis comensales y bajo un árbol que parecía un bosque,
tres sillas mecedoras con una pequeña mesa al centro. Me quedó claro que el cobertizo
había sido levantado con el propósito de que el capo y su gente pudieran abandonarlo al
primer signo de alarma. Percibí un pequeño grupo de hombres juramentados.

A corta distancia del narco, los guardaespaldas iban y venían, a veces los ojos en el jefe y
a ratos en el panorama inmenso que se extendía a su alrededor. Todos cargaban su pistola
y algunos, además, armas largas. Dueño de mí mismo, pero nervioso, vi en el suelo un arma
negra que brillaba intensamente bajo un sol vertical. Me dije, deliberadamente forzada la
imagen: podría tratarse de un animal sanguinario que dormita.

–Lo esperaba para que almorzáramos juntos–, me dijo Zambada y señaló la silla que
ocuparía, ambos de frente.

Observé de reojo a su emisario, las mandíbulas apretadas. Me pedía que no fuera a decir
que ya habíamos desayunado.

Al instante fuimos servidos con vasos de jugo de naranja y vasos de leche, carne, frijoles,
tostadas, quesos que se desmoronaban entre los dedos o derretían en el paladar, café
azucarado.

–Traigo conmigo una grabadora electrónica con juego para muchas horas–, aventuré con
el propósito de ir creando un ambiente para la entrevista.

–Platiquemos primero.

* * *

Le pregunté al capo por Vicente,Vicentillo.

–Es mi primogénito, el primero de cinco. Le digo “Mijo”.También es mi compadre.

Zambada siguió en la reseña personal:

–Tengo a mi esposa, cinco mujeres, quince nietos y un bisnieto. Ellas, las seis, están aquí,
en los ranchos, hijas del monte, como yo. El monte es mi casa, mi familia, mi protección,
mi tierra, el agua que bebo. La tierra siempre es buena, el cielo no.

–No le entiendo.

–A veces el cielo niega la lluvia.

Hubo un silencio que aproveché de la única manera que me fue posible:

–¿Y Vicente?

–Por ahora no quiero hablar de él. No sé si está en Chicago o Nueva York. Sé que estuvo
en Matamoros.

–He de preguntarle, soy lo que soy. A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con
remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?

–Hoy no voy a hablar de “Mijo”. Lo lloro.

–¿Grabamos?

Silencio.

–Tengo muchas preguntas–, insistí ya debilitado.


–Otro día. Tiene mi palabra.

Lo observaba. Sobrepasa el 1.80 de estatura y posee un cuerpo como una fortaleza, más
allá de una barriga apenas pronunciada.Viste una camisa verde cerrada al cuello y sus pantalones de mezclilla azul mantienen la línea recta de la ropa bien planchada. Se cubre con
una gorra y el bigote recortado es de los que sugieren una sutil y permanente ironía.

–He leído sus libros y usted no miente–, me dice.

Detengo la mirada en el capo, los labios cerrados.


–Todos mienten, hasta Proceso. Su revista es la primera, informa más que todos, pero también
miente.

–Señáleme un caso.

–Reseñó un matrimonio que no existió.

–¿El del Chapo Guzmán?

–Dio hasta pormenores de la boda.

–Sandra Ávila cuenta de una fiesta a la que ella concurrió y en la que estuvo presente el
Chapo.

–Supe de la fiesta, pero fue una excepción en la vida del Chapo. Si él se exhibiera o yo lo
hiciera, ya nos habrían agarrado.

–¿Algunas veces ha sentido cerca al ejército?


–Cuatro veces. El Chapo más.

–¿Qué tan cerca?

–Arriba, sobre mi cabeza. Huí por el monte, del que conozco los ramajes, los arroyos,
las piedras, todo. A mí me agarran si me estoy quieto o me descuido, como al Chapo. Para
que hoy pudiéramos reunirnos, vine de lejos. Y en cuanto terminemos, me voy.

–¿Teme que lo agarren?

–Tengo pánico de que me encierren.

–Si lo agarraran, ¿terminaría con su vida?

–No sé si tuviera los arrestos para matarme. Quiero pensar que sí, que me mataría.

Advierto que el capo cuida las palabras. Empleó el término arrestos, no el vocablo clásico
que naturalmente habría esperado.

Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro. Sus hijos, sus familias,
sus nietos, los amigos de los hijos y los nietos, a todos les gustan las fi estas. Se reúnen
con frecuencia en discos, en lugares públicos y el capo no puede acompañarlos. Me dice que
para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la
alegría de los quince años, la música, el baile.

–¿Hay en usted espacio para la tranquilidad?


–Cargo miedo.

–¿Todo el tiempo?

za las acciones bárbaras del ejército.

Los soldados, dice, rompen puertas y ventanas, penetran en la intimidad de las casas,
siembran y esparcen el terror. En la guerra desatada encuentran inmediata respuesta a
sus acometidas. El resultado es el número de víctimas que crece incesante. Los capos están
en la mira, aunque ya no son las fi guras únicas de otros tiempos.

–¿Qué son entonces?–, pregunto.

Responde Zambada con un ejemplo fantasioso:


–Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un
escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo
que nada cambió.

–¿Nada, caído el capo?

–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos,
encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.

A juicio de Zambada, el gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en
días problemas generados por años. Infiltrado el gobierno desde abajo, el tiempo hizo su
“trabajo” en el corazón del sistema y la corrupción se arraigó en el país. Al Presidente,
además, lo engañan sus colaboradores. Son embusteros y le informan de avances, que no
se dan, en esta guerra perdida.

–¿Por qué perdida?

–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.

–Y usted, ¿qué hace ahora?

–Yo me dedico a la agricultura y a la ganadería, pero si puedo hacer un negocio en los
Estados Unidos, lo hago.

* * *

Yo pretendía indagar acerca de la fortuna del capo y opté por valerme de la revista
“Forbes” para introducir el tema en la conversación.


Lo vi a los ojos, disimulado un ánimo ansioso:


–¿Sabía usted que “Forbes” incluye al Chapo entre los grandes millonarios del mundo?

–Son tonterías.

Tenía en los labios la pregunta que seguiría, ahora superflua, pero ya no pude contenerla.

–¿Podría usted figurar en la lista de la revista?


–Ya le dije. Son tonterías.

–Es conocida su amistad con el Chapo Guzmán y no podría llamar la atención que usted
lo esperara fuera de la cárcel de Puente Grande el día de la evasión. ¿Podría contarme de
qué manera vivió esa historia?

–El Chapo Guzmán y yo somos amigos, compadres y nos hablamos por teléfono con
frecuencia. Pero esa historia no existió. Es una mentira más que me cuelgan. Como la invención
de que yo planeaba un atentado contra el Presidente de la República. No se me ocurriría.


–¿Lo atraparán, finalmente?


–En cualquier momento o nunca.


Sabe esconderse, sabe huir y se tiene por muy querido entre los hombres y las mujeres donde
medio vive y medio muere a salto de mata.

–Hasta hoy no ha aparecido por ahí un traidor–, expresa de pronto para sí. Lo imagino
insondable.

–¿Cómo se inició en el narco?

Su respuesta me hace sonreír.

–Nomás.

–¿Nomás?

Vuelvo a preguntar:

–¿Nomás?

Vuelve a responder:

–Nomás.

Por ahí no sigue el diálogo y me atengo a mis propias ideas: el narcotráfi co como un
imán irresistible y despiadado que persigue el dinero, el poder, los yates, los aviones, las
mujeres propias y ajenas con las residencias y los edificios, las joyas como cuentas de colores
para jugar, el impulso brutal que lleve a la cúspide. En la capacidad del narcotráfico
existe, ya sin horizonte y aterradora, la capacidad para triturar.

* * *
¿Tiene usted noticia acerca de los acontecimientos de ese día y cómo se
fueron desarrollando?

–Yo sé que no hubo sangre, un solo muerto. Lo demás, lo desconozco.

Inesperada su pregunta, Zambada me sorprende:


–¿Usted se interesa por el Chapo?

–Sí, claro.

–¿Querría verlo?

–Yo lo vine a ver a usted.

–¿Le gustaría…?

–Por supuesto.

–Voy a llamarlo y a lo mejor lo ve.

La conversación llega a su fi n. Zambada, de pie, camina bajo la plenitud del sol y nuevamente
me sorprende:

–¿Nos tomamos una foto?

Sentí un calor interno, absolutamente explicable.La foto probaba la veracidad del encuentro
con el capo.

Zambada llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió un sombrero. Se lo puso, blanco,
finísimo.

–¿Cómo ve?

–El sombrero es tan llamativo que le resta personalidad.

–¿Entonces con la gorra?

–Me parece.

El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó.

sábado, 3 de abril de 2010

CRISIS DEL CATOLICISMO Y TRANSICIÓN MORAL...


Ramón Cota Meza


    Las recientes admisiones de la jerarquía católica de actos abominables contra víctimas inocentes en su seno, no parecen haber causado demasiado escándalo. Después de las muchas denuncias en varios países desde hace unos diez años, más las que se acumulan, estos sucesos tienden a producir cada vez menos asombro. No hay que verlo como demostración de cinismo o de indiferencia social, sino como confirmación de la creciente separación entre la moral individual y los códigos y jerarquías tradicionales.

La pregunta sobre el futuro de la Iglesia católica parece menos interesante que la relacionada con la transición hacia nuevas formas de experimentar la moral individual y colectiva. Gilles Lipovetsky identifica una transición hacia la “sociedad posmoralista, una sociedad que repudia la retórica del deber austero, integral, maniqueo y, paralelamente, corona los derechos individuales a la autonomía, al deseo, a la felicidad. Sociedad desvalijada de su trasfondo de prédicas maximalistas y que sólo otorga crédito a la normas indoloras de la vida ética.” (El crepúsculo del deber). Hay que ponerle asterisco a esta definición, pero prosigamos…

“Todos somos tanto actores como testigos de un gran estreno antropológico”, dice René Girard. “Nuestra sociedad ha abolido la esclavitud y después la servidumbre. A continuación ha llegado la protección de la infancia, las mujeres, los ancianos, los extranjeros de fuera y los extranjeros de dentro, la lucha contra la miseria y el subdesarrollo (…) la universalización de los cuidados médicos, la protección de los incapacitados, etcétera.” Hay comedia y verdad en todo esto, acota (Veo a Satán caer como el relámpago).

Las denuncias de abusos sexuales por miembros mexicanos de la Iglesia católica pueden verse como parte de esta nueva etapa del proceso de secularización. Hasta los clérigos se liberan de la obediencia ciega a la autoridad y reivindican sus derechos humanos. Visto desde dentro de la Iglesia católica, el cambio parece haber sido precipitado por el activismo pro derechos humanos de Juan Pablo II, pese a su cerrazón a reconocer los abusos de sus subordinados. El cambio interno desatado por él mismo lo rebasó.

El desfase entre la rigidez doctrinaria y la modernidad social es evidente en los países desarrollados y cada vez más en el resto: creciente escasez de sacerdotes y seminaristas, deserción de la feligresía de los actos litúrgicos, alejamiento de las mujeres, ahora más orientadas a su realización personal que a los rituales de obediencia, indiferencia de los jóvenes ante los mandatos de abstinencia sexual, disminución de apoyo financiero de creyentes ricos, que prefieren canalizarlo a la filantropía administrada por profesionales, auge de la filantropía mediática, ocupación de las plazas académicas católicas por profesionales laicos, en fin, una erosión acelerada de los pilares del catolicismo tradicional.

Las revelaciones de actos abominables por curas abusivos de su propia autoridad aceleran esta transición. Nada de esto refuta al cristianismo, sólo lo hace más portátil y flexible. En el fondo siempre ha sido así, pero la fe y la piedad son ahora más libres y más paradójicas: más discretas y más ostentosas, según la orientación de cada cual. Una persona puede sentir su conciencia tranquila haciendo el bien sin mirar a quién, pero tiene la opción de ostentar sus buenos sentimientos usando la apertura de los medios de comunicación. El culto al cuerpo es hedonista pero también expresa responsabilidad de sí, libre de todo sentimiento de culpa.

La nueva actitud de los creyentes se expresa también en la presunción generalizada de que el abuso sexual por curas está relacionado con el celibato. Con información científica se asume que las personas insatisfechas de sus necesidades elementalmente humanas tenderán a cometer actos monstruosos. Ahora muchos comprenden que los curas sexualmente reprimidos, colocados en posición de autoridad sobre personas indefensas en espacios aislados y protegidos por la impunidad y el secreto, son una amenaza de la que hay que tomar distancia irrevocable.

No sabemos cómo vaya a reaccionar la Iglesia católica a esta crisis moral en sus propias filas. Pero está claro que cualquier decisión honesta modificará sus pilares institucionales. El celibato ya no es símbolo de estatus, sino déficit de realización humana. Una decisión honesta debería permitir el sacerdocio de hombres casados. Y si esto se permitiera, debería abrirse la carrera sacerdotal a la mujer. El ritual oficiado y la indoctrinación ejercida por hombres y mujeres de familia serían mejor aceptados por la feligresía. El derecho a anular el matrimonio liberaría a millones de parejas creyentes.

blascota@prodigy.net.mx

TIRITAS & TIRITOS

  @Y le hicieron trizas su "algoritmo". Una marea de batas blancas invadió  las calles de 24 ciudades mexicanas para visibilizar u...