martes, 23 de junio de 2020
DESDE EL SÓTANO
Declara el de la Voz, que a mediados de los 80 trabajaba en el Programa Cultural de las Fronteras de la SEP, con sede en Argentina 12, Centro Histórico de la Ciudad de México.
Con frecuencia bajaba al sótano del edificio, a la bodega donde había infinidad de objetos y cajas de libros; la mayoría procedente de los estados fronterizos de norte y sur, algunas ediciones ya muy dañadas por la humedad .
Escogía algunos títulos de poesía y narrativa y me los llevaba a la cafetería, donde por cierto solía compartir mesa y carcajadas con don Armando Jiménez, el coahuilense autor de Picardía Mexicana.
Lo expropiado al Ogro Filantrópico en el sótano era material de lectura y de reseñas que publicaba cada domingo en el Semanario de Novedades, dirigido por donJosé de la Colina y Juan José Reyes
En uno de esos viajes al inframundo Azteca, muy cerca de las ruinas del Templo Mayor, tomé un librito publicado por el Gobierno de Campeche.
Era la novela ganadora de los Juegos Florales de Ciudad del Carmen, o algo por el estilo.
Lo empecé a leer y ya no pude soltarlo. Atrapado por un lenguaje satírico sin concesiones moraloides, deslices esteticistas, impulsos experimentales.
Una densidad y transparencia un tanto escasas en la nueva narrativa mexicana que en buena medida giraba en la órbita del realismo mágico o la onda agustiniana .
El Semanario publicó mis elogiosos comentarios sobre El ocaso de la Primera Dama, la tragicómica y farandulera vida de la cándida Selene Sepúveda, Señorita México 1966,. y sus truculentos alrededores
¿ Sería este joven autor "campechano" el mismo que colaboraba en Sábado, suplemento cultural del diario unomasuno. dirigido por Fernando Benítez y Huberto Batis?
Ya en los 90, me enteraría de que en una presentación en Tijuana, y en algunas entrevistas, el ya reconocido escritor me había dado crédito como el primer reseñista de su obra literaria.
El primero en ocuparse en la prensa cultural mexicana de un tal Enrique Serna, flamante Premio Xavier Villaurrutia 2020.
lunes, 22 de junio de 2020
MÉXICO 70 Y EL ROMANCE CON BRASIL
Veo y escucho a Pelé agradecer al pueblo mexicano, a México, por la desbordada acogida a la selección brasileña, la mejor de su campeonísima historia, en el Mundial de 1970, donde la Verdeamarelha conquistó su tercer copa Jules Rimet.
Todo comenzó en la sede de Guadalajara, Jalisco, segunda urbe más grande del país, tierra del tequila,el mariachi y el jarabe tapatío, símbolos universales de la mexicanidad; y, desde luego, de las bellísimas mujeres de armas tomar, que salen del confesionario y de la misa de seis, listas para reintegrarse a la mundanidad ligeras de culpa.
La brasileiromanía se extendió por todo México, gracias también a la televisión, a Telesistema Mexicano, antecedente de Televisa,que en los Juegos Olímpicos México 68 había entrado a la era satelital con el Pájaro Madrugador.
Cuando llegaron a la final en el Azteca, el domingo 21 de junio, ya era la apoteosis.
Fue un amor muy bien correspondido, y el enamoramiento entre los dos" gigantes latinoamericanos", se prolongó toda la década de los 70 y buena parte de los 80.
Se pusieron de moda la samba, el bossa, las batucadas.
Vinícius de Moraes. A.C Jobim, .Chico Buarque Caetano Veloso, fueron canonizados.al igual que escritores de la talla de Guimaraes Rosa y su Gran Sertón :Veredas, Clarice Lispector,Jorge Amado, y poetas como Carlos Drummond de Andrade, Ledo Ivo y Joao Cabral de Melo Neto...
Con la firma del TLCAN, México se fue alejando de América Latina, incluyendo a Brasil.
Personajes de la izquierda latinoamericana como el ex presidente uruguayo José Mojica, han lamentado reiteradamente este distanciamento..
"México no puede renunciar a su destino norteamericano, y nosotros no podemos renunciar a México.
Si México y Brasil se aliaran, cambiarían la historia de América Latina..Son dos colosos", dijo en entrevista con la prensa mexicana el también ex guerrillero tupamaro del vochito de colección.
Como dijo la pitonisa jarocha Yuri: "Ya vendrán tiempos mejores".
Por ahora ambos países están siendo devastados por la pandemia viral y la peste del populismo encarnada por dos caudillos de pocas luces, oscurantistas,aislacionistas,, que no se tocan ni para bien ni para mal.
miércoles, 3 de junio de 2020
TOMÁS GARRIDO CANABAL Y EL PARTIDO RADICAL TABASQUENO
DE camisas negras, pardas y rojas.
La noticia del nuevo bandazo del entonces Presidente electo, me provocó un escalofrío con reminiscencias históricas.
No sólo no regresará al Ejército a sus cuarteles, sino que reclutará a 50 mil jóvenes para integrarlos a una pretendida "fuerza de paz".
La imagen de una juventud miliciana, me remitió inexorablemente -la memoria instintiva no guarda proporciones-a los siniestros antecedentes de las juventudes de Mussolini y sus "camisas negras, Hitler y sus "camisas pardas", pero muy particularmente a las "camisas rojas" del gobernador de Tabasco (1919/1934, en tres periodos), Tomás Garrido Canabal, fundador del Partido Socialista Radical Tabasqueño.
Los "camisas rojas" de Garrido fueron utilizadas en la sangienta lucha anticlerical y como fuerza represiva contra todo enemigo del caudillo regional .
El combate al fanatismo religioso("desfanatización", le llamaban) con el fanatismo político.
Así iniciaba el Himno de estos milicianos tabasqueños de entre 18 y 30 años.
"Adelante, adelante
juventud ha sonado la hora
de poner nuestro esfuerzo vibrante
en esta obra de acción redentora
que nos marca horizontes triunfantes"
El final de las "camisas rojas" fue con la marca de la casa, ya cuando Garrido era secretario de Agricultura y Ganadería del gobierno de Lázaro Cárdenas.
"En la mañana del domingo 30 de septiembre de 1934-dicen las crónicas- ,los " camisas rojas" se colocan frente a la parroquia de San Juan Bautista de la Delegación de Coyoacán, y cuando los fieles salen de la misa de las 10, disparan sobre ellos al grito de «¡Viva la Revolución!». El suceso deja cinco muertos y numerosos heridos. Fallecen por las balas María de la Luz Cirenia Camacho González, J. Inés Mendoza, Ángel Calderón, Inocencio Ramírez y Andrés Velázquez. Esto ocasionó una reacción de la comunidad católica en México y del entonces presidente Lázaro Cárdenas."
A causa de este incidente y del rompimiento entre el Presidente Cárdenas y el General Calles, el líder de los camisas rojas Tomás Garrido Canabal incondicional de Calles, se vio obligado a renunciar a la Secretaría de Agricultura y Ganadería el 15 de junio de 1935 y regresó a Tabasco.
Y de aquí a Los Ángeles, al exilio junto con Calles.
En la foto las "camisas rojas" de Tomás Garriďo Canabal, en marcha.
domingo, 31 de mayo de 2020
DE EPIDEMIAS Y VACUNAS:VIENE AL CASO…
Tenemos fundada certeza, avalada por el conocimiento histórico, de que, antes de la extinción del género humano, la ciencia le proporcionará el antídoto que habrá de poner a los supervivientes en condiciones de asumir la otra normalidad que espera detrás de la actual, fatal y totalmente imprevista calamidad.
Sin embargo, llegado el momento de aplicar
los nuevos elementos de protección contra la enfermedad, será preciso asumir otras
prevenciones de las que seguramente el sector encargado de cuidar la salud
personal y pública habrá de alertar con la debida oportunidad.
Valga aquí expresar a los servidores todos
de ese sector, el reconocimiento que debe merecernos su desprendida actitud
frente a la crisis, con altruismo aun con riesgo de su propia seguridad, para
proveernos los medios de sortearla de la mejor manera posible, como en la mayor
parte de los casos ha ocurrido.
La
mejor prueba es que seguimos aquí.
Viene al caso un acontecimiento de mediados
del siglo XIX sudcaliforniano, en que el afán protagónico de un jefe político
causó una tragedia mayor que el padecimiento que suponía combatir.
Y es que el protagonismo de los funcionarios
públicos les da para todo: inaugurar obras de todo tipo, propias o ajenas,
coronar reinas, dar el pistoletazo de salida a torneos de pesca y muchas cosas
más que hacen con dinero público, incluyendo, claro está, iniciar campañas en
que se atreven a aplicar la vacuna respectiva a la primera inocente criatura
que tan ingenua como comedidamente les acercan.
Ésta es una costumbre tan antigua en Baja
California Sur, que de ella existe noticia desde 1844, año en que el coronel L.
Maldonado se hizo cargo temporalmente de la jefatura política y de la
comandancia militar. Fue tan breve su administración (entre las de Mariano
Garfias y Francisco Palacios Miranda) que don Pablo L. Martínez la omite en su
conocida obra, y apenas la hallamos consignada en los Apuntes históricos de Baja
California, de don Manuel Clemente Rojo.
Y he aquí una breve acotación para anunciar
que el Instituto Sudcaliforniano de Cultura, por conducto de su departamento de
Difusión Cultural, recién ha publicado y presentará la tercera edición que
preparó este cronista de dicha obra, en cuanto las condiciones sanitarias lo
hagan posible. Es un texto fundamental para entender, de la manera más amena,
muchos aspectos de la vida peninsular californiana en una época interesante de
su evolución, como todas las demás, que los devotos podrán disfrutar quizás
antes de que termine esta primera mitad de 2020.
El asunto es que, a principios de ese mismo
1844 se abatió sobre la población de La Paz una epidemia de viruela. El señor
Maldonado mandó traer vacuna de Mazatlán y él mismo se puso a aplicarla, junto
con el juez de primera instancia don Francisco Lebrija, a los vecinos que
acudieron voluntaria y gustosamente para recibirla, con el resultado de que al
poco tiempo éstos fueron atacados por la fatal enfermedad, y en vista de que
los demás se rehusaron a recibir la inoculación, el gobernante hizo que se los
llevaran a la fuerza, y así “los vacunaba y los despachaba para que fueran a
morir a los pocos días después de la operación; no hubo uno solo que
escapara...”
El procedimiento era el siguiente: Los
funcionarios ensartaban en una aguja gruesa un poco de algodón humedecido en el
pus que supuestamente provocaría la inmunización y, acto seguido, “como quien
cose un lienzo, pasaban esta aguja entre cuero y carne del vacunado; cortaban
el pabilo dejándole la mecha adentro y, a los pocos días, alma a la eternidad.”
El gobernador (1858) Ramón Navarro Castro,
informante del señor Rojo, añade que “cuando comenzó la operación de la vacuna
había en este puerto más de 600 almas, y después no quedaron arriba de 200.”
Verdadera mortandad en que no estuvo
incluido el señor Maldonado, hombre muy irascible, pues falleció al poco tiempo
de “un accidente provocado por la misma cólera y cayó al suelo quedando muerto
en el acto.”
De manera que, en virtud de tan fatal
experiencia, los servidores públicos harán bien en dejar toda labor relativa a
la salud en manos de los directos responsables de atenderla, que son quienes
saben hacer su trabajo, al margen de exhibicionismos y fotos para acompañar los
boletines de prensa.
sábado, 30 de mayo de 2020
UNO DE LOS CUARENTA PLUS...
Fernando Quintero.
Sin más ancianos que cuidar que nosotros mismos , ni niños ni nadie más, Sthella y yo vamos navegando el calendario de estos mustios y demacrados días, siendo cada vez más eficientes y auto-suficientes para no salir de casa.
El virus nos cierra puertas pero por fortuna, nos deja la casa, el patio, las redes, libros e imaginación. Nos queda mucho mas por descubrir ahora que volteamos pa'dentro de nuestras casas y nosotros mismos. También desempolvamos nuestros "crayones", los que ya habíamos hace tiempo olvidado..... dibujar, pintar, escribir, sin hacer a un lado hobbies más mundanos: Carpintería y jardinería.
El patio y su jardín me justifican el día, aunque les dedique poco esfuerzo. De mis dos perros solo me queda uno. El otro, el perro mas bonito del mundo se murió poco antes de la pandemia. El otro existe simplemente. Come y duerme. No sale, como siguiendo las recomendaciones sanitarias de Gatell. Insomne que es, para nuestra fortuna, nos cuida de noche.
Los días de la semana se han desacomodado varias veces. Hemos tenido doble Lunes y perdido un Viernes. El Domingo pasado sin embargo, nos duró hasta el Martes de esta semana. Pero no importa realmente. Todos son iguales. Ya no hay box ni futbol. Por fortuna, Netflix siempre esta ahí, al rescate.
La hermosa bahía no espera a que la vea para amanecer y pintarse de colores. Se me adelanta frecuentemente. Sus "mañaneras" son bellas, elocuentes y hasta vanidosas...... me dejan con la foto en la memoria para ser borrada solo por el crepúsculo que a diario reclama su escenario. Pero hay de todo: Hoy por ejemplo, el mar no me dice nada. Escribo en su presencia y el también me ignora. Todo en exceso aburre y supongo, ya se aburrió de mi
El tiempo por su lado, se disloca de la vida. Impone su propio ritmo. Ya no se mueve igual. El tiempo es ahora espeso. Se arrastra perezoso, pegajoso. Me ignora indiferente mientras se derrama, lentamente. Atrapa las horas del cogote. A duras penas les exprime los minutos y para colmo, no me deja dormir.....
En el medio de esta pausa forzada, no puedo (podemos, supongo) evitar enterarme de las barrabasadas 4T. Pobre México. Siempre víctima de tontos, malos y locos. Esta pandemia además, vino a exacerbar la incompetencia de los que nos manejan. Si tan solo supieran lo que hacen tal vez se hubieran salvado muchas vidas.... y lo que sigue...
Y mientras se deslizaba este día entre ideas que van y vienen, con unas líneas de Octavio Paz y Juan Rulfo...uff! y con las imágenes del cielo y mar, me llega desde Arizona un vídeo de mi nieto Cerát, a sus 9 años cumplidos más fuerte que Hulk y más ágil que "Spiderman". Me llega también por separado un cuento escrito por mi hermosísima nieta Alexa, de 10 añitos. Me impresiona y sorprende felizmente.
Reproduzco un fragmento del primer capítulo de su incipiente obra, aún en su "taller mental" promete mucho para sus orgullosos padres y súper lurios abuelos:
" ...In a few minutes, the rain stopped falling from the gray faceless clouds
and the orange sky started to show its lovely colors from the mountains.... "
Me hicieron el día.....
En el mundo material, fuera de este surrealismo ya cotidiano, trato de acomodar las piezas de nuestro pasado inmediato -casi presente- con lo que viene. La incertidumbre del futuro y nuestras dudas, supongo son el común denominador para muchos. Será diferente, mas restrictivo y nó el que les habíamos prometido a los niños. Alguien por ahí dijo que el futuro ya no es como antes.... Volveremos a ser -comportarnos- como antes? No lo creo. Ya se deja sentir una nueva exigencia en nuestro medio social: A todos se nos va exigir en mayor o menor medida, ser "Sanitariamente Correctos". Nueva etiqueta social que habremos de adoptar y nos va a unir o separar según el grado de seriedad con que se tome.
Por otro lado, percibo de los exaltados y oportunistas ataques en todos los terrenos: Político, financiero, religioso... cada quien lleva agua a su molino. Pero, hay culpas que repartir o solo este virus es nuestro porque si? Acaso no es el morir algo natural y el virus de moda el protagonista de ésta histórica escena? Claro. También es natural defenderse y sobrevivir y en esas nos vemos y algunos tal vez nos vamos.
Lo que si me queda claro es que por dinero y ganancia política -mal calculada- han muerto y morirán muchos.
°Fernando QUINTERO. Hughes Airwest. Howard Hughes compró Airwest y le puso su nombre.
Yo entré en el 71 aquí como agente de operaciones. Me promovieron a spvr, subgerente, gerente. De La Paz a Mazatlán, Guaymas, Pto Vallarta, Las Vegas NV, Phoenix AZ, y me jubilé en Los Angeles CA en el 2005.
Creo me puedes identificar como "Pateperro" 🤣
...Todo está bajo control….
Juan José Reyes
Confinamiento. Siempre he asociado la palabra a la cárcel, al encierro, a ser víctima de una acción punitiva. ¿Es qué hicimos algo para merecerlo tantos millones en el mundo, tantos tan distintos unos de otros, a veces tan opuestos? Por más que hayamos llegado a la era de la globalización los exdefeños somos tan diferentes como siempre o casi de los pequineses, o inclusive de los jarochos o los tijuanenses. Lo malo que habríamos hecho radicaría en una práctica más o menos común, y no en los usos y costumbres de cada uno de los pueblos. Y éste, a no dudar, es un buen punto para los fervientes reivindicadores de los llamados pueblos originarios, es decir para los que piensan que el tiempo de la Historia se ha detenido sólo para que ellos vuelvan a echarlo a andar. ¿Cómo a saber? Lo que subyace a esta idea es de veras una simpleza: la culpa sería del progreso, o, dicho con la terminología en boga, del neoliberalismo. En el fondo de esta noción no está más que aquel decir soltado en una de las conferencias diarias matutinas: la pandemia le habría venido “como anillo al dedo” a los que pugnan por meter reversa, por retrasar el reloj histórico. Por querer adelantarlo, se pensaría, nos hemos ganado nuestra pena. Enfermedad y muerte, y por lo pronto encierro, miedo, parálisis, cautela llevada hasta los planos de la neurosis.
Hoy mejor que nunca venimos a saber que, como quería el astuto Jean-Paul Sartre, el infierno son los otros. Lo sabemos porque, razonables, acatando la orden del instinto, nos hemos “quedado en casa”. Obedecemos al que manda: un verdugo a la espera del menor descuido, del más leve parpadeo, atento a la distracción o al vano desafío. Quien no pudo ver desde el principio el filo de la guillotina probablemente lo habrá pagado, en su propio cuerpo o en el de algún desconocido o el de algún otro tal vez muy próximo. El verdugo —hemos podido darnos cuenta— actúa valido de su nanométrica dimensión, de su acción tumultuaria y sorda y del disfraz que lo arropa y lo sitúa en una zona de nadie que puede ser de todo el mundo. Se monta en uno y desde ahí acomete, ataca letalmente. Todo lo demás ocurre velozmente. De una orilla a la otra, de la vida frágil que viven los que se sienten sin cesar inmortales a los metálicos avisos de la muerte que de pronto todo lo suspenden, no pasan más que unas horas. Y todo es inexplicable y cruel, vacío, desprovisto de cualquier sentido. ¿De qué tuvo la culpa quién? En esta verdadera nueva normalidad definitiva cada uno puede ser el vehículo mortuorio, el transmisor, la fuente de contagio. Cada uno es una amenaza, el cómplice del verdugo, su aliado satisfecho, el sobreviviente que nunca abandonará la sospecha de su malignidad. El confinamiento nos recuerda que si un orgullo hay en la hora final de los demás es el orgullo del que persevera y permanece. Ser significa, en el final de toda cuenta, el triunfo del instinto y la confirmación de una superioridad. Nadie más inferior, más que el muerto, que el enfermo. Confinado, penitente, no poseo la beatífica sonrisa de Dios sino que en cambio trazo la mueca fría de un diablo en el ardiente infierno.
El confinamiento actual, como a los presos por haber violado las leyes, nos hace extrañar la normalidad, el curso conocido de los días que recorremos a empellones, con tropiezos o la fluidez que nuestros recursos puedan darnos. Nos recuerda a su vez el encierro que no tiene para cuándo que la ‘normalidad’ no es más que un concepto que ha de acomodarse según de dónde venga y de qué colores vista. Mi ‘normalidad’ es diferente de la que sufre o goza mi paisano avecindado en La Paz, por ejemplo, por el solo hecho del sol, la brisa y los paisajes. Pero también es diferente de la ‘normalidad’ de mi vecino de aquí al lado, tan silencioso, tan metido en quién sabe qué rutina de entradas y salidas a destiempo. Con él comparto escaleras, algún esporádico saludo y, sobre todo, una ciudad, unas calles en las que nunca nos topamos (por fortuna para ambos, quiero suponer) y poblada con las presencias consabidas: las aglomeraciones, los atascos, las sensaciones reiteradas del peligro, la percepción de que hay miradas que todo lo registran, el registro de mensajes que ordenan nuestras marchas. Ahora todos, aquí en el exdf y en La Paz o Guanajuato o Huatabampo o Macuspana, ay, nos aprestamos a navegar en los nuevos cauces de una ‘normalidad’ que nos pilla desarmados, que muy en especial nos forzará a cumplir novedosas disciplinas mínimas y naturalmente contrarias al flujo natural de nuestro natural estar en el mundo. ¿Natural? se me me dirá. ¿No es que nuestros hábitos más comunes obedecen a largos procesos culturales, creados durante siglos, arrastrados con fuerza hasta generar tanta energía que les dan una apariencia, y sólo una apariencia, de naturalidad? Sabremos que no. Que la convivencia con los otros hará que se alteren nuestras respiraciones que andemos menos como humanos que como canes recelosos, embozados en aras de la propia protección y como señal de que cada uno es un ente peligroso.
Confinados, estamos a la espera. El mundo entero se nos presenta como un espejismo quebradizo y cada uno de sus trozos refleja figuras en las que todo reconocimiento —¿de qué?, ¿de quiénes?, ¿de qué tiempos y cosas?— resulta impracticable. Somos ya el fantasma del espectro que seremos, las víctimas, los pecadores sin arrepentimiento que ignoran la sustancia y los vacíos de sus ofensas y sus deudas. Pondremos nuestras manos, nuestros brazos, nuestros rostros a disposición de toda forma de escrutinio. No dejaremos la sospecha ni —lo peor tal vez— la resignación. Hemos entrado ya en cura, en perpetua precaución, en limpieza perenne. ¿De qué y ante quién nos confesamos? ¿En qué fallas hemos incurrido? Vemos con azoro que las preguntas, tal vez tácitas, informuladas, circulan lo mismo en la casa propia que en cualquier otro rincón del planeta infestado de mal y de zozobras. Delante de nosotros por lo demás está la realidad dura imperturbable, que no hace más que taladrar los huecos, ahondar las fosas que aguardan a víctimas anónimas que serán los desconocidos muertos de la noche. Nada esperamos, salvo lo incierto.
No tardarán en asentar en actas el nombre de los auténticos culpables: los fabricantes del Progreso, del crecimiento —que no del desarrollo, que no del bienestar —. A la calamidad sanitaria hay que sumar el quebranto financiero, el desplome del empleo, el hundimiento del comercio. El hambre y su agua vacía. Nunca como ahora, se dirá, podrán verse los efectos de la desigualdad y los afanes de quienes no se han conformado de los lujos. Ya se ha recordado: “Que nadie tenga lo superfluo mientras haya quienes carecen de lo básico” (cito de memoria, claramente). Conformémonos con lo indispensable, y más ahora en que lo necesario será establecido por la autoridad austera que lanza sus dicterios desde la modestia de un Palacio y no pocas posesiones en el trópico. La dieta alimentaria, los hábitos de consumo, la dulce y frágil tentación del consumo: todo bajo control. En el fondo puede avizorarse el renacimiento de una nostalgia que no dejará de ser estéril. ¿Una vuelta a la naturaleza? Lo que se hace evidente es sobre todo una contradicción: el poder quiere mesura mientras se afana en salvarse mediante un recurso supremo de la globalización: el reforzamiento del tratado comercial con los vecinos norteños, los cuales, por lo demás, vieron nacer y fracasar hace unas décadas a los hippies, personajes más dados a la estupefacción que a la acción creadora. Si no al tiempo sin medida del Buen Salvaje que imaginó Rousseau, no falta quien, desde una cúspide dorada y de chatas perspectivas, quien quiere volver a un improbable siglo XIX, con todo y su carruaje que recorre todo el territorio en busca del pueblo sabio y bueno que cada vez más empalidece.
Confinados, hemos de inventar el tiempo. El universo cibernético ha de ser el de más numerosas procuraciones, horas y horas de intercambio de ocurrencias, buenos deseos, bendiciones, denuestos y alabanzas, homenajes, fingimientos de trabajos continuados en virtud del ejercicio de un sentido de la responsabilidad que tantas veces no alcanza siquiera el plano de la simulación, educación a distancia (de todo aprendizaje). Mediante las computadoras a la vez, no todo es de tan infecunda banalidad, pueden verse películas y filmaciones de hechos y obras que uno pudo disfrutar o imaginar en el pasado: partidos de beisbol, de futbol, peleas de box, grandes faenas en las plazas de hermosos soles. Y, ya fuera de este mundo tecnológico, puede uno darle horas y horas a los libros. Como yo, que ahora mismo salgo de aquí para proseguir en las páginas de una gran novela.
viernes, 29 de mayo de 2020
A dónde van los muertos
Armando Alanís
29 de mayo: 9,044 muertes registradas en México por el Covid-19. Pueden ser más, el triple o más… Me pierdo sin remedio en la selva de números, gráficas, porcentajes. Llevamos dos meses y algunos días en confinamiento. Puedo considerarme un privilegiado porque tengo casa propia –departamento, que es lo mismo–, familia, gente a la que quiero y que me quiere, comida que llevarme a la boca. Hasta puedo darme algún lujo, como comprar cervezas artesanales en La Naval, a menos de una cuadra. Voy con mi cubrebocas; no dejan entrar al que no lo lleve. Me dirijo a buen tranco a los refris que están al fondo y elijo dos o tres botellas de cerveza artesanal. Queso, aceitunas, papas fritas. Regreso a casa.
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Ayer fui al banco. Una sucursal de Santander. Todos embozados, hasta las cajeras. Como delincuentes.
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¿Cómo empezó esto? Recuerdo los primeros memes en Facebook: ampolletas de cerveza Corona. En China, muy lejos de nuestro país, se había detectado el brote de un nuevo virus. Un nuevo Coronavirus. Yo al principio oía las noticias sobre esta pandemia y las muertes que dejaba a su paso como una amenaza que no podía afectarme. El primer caso se reportó en diciembre del año pasado en Wuhan. Primera vez que oía hablar de esa ciudad. Pronto surgieron teorías: el virus había sido transmitido por un murciélago. El murciélago caga sobre los sembrados, el pangolín entra en contacto con el excremento y los asiáticos se comen el pangolín y se infectan… El virus, aseguraban otros, fue creado en un laboratorio por humanos enemigos de los humanos o por mero accidente… O lo esparcen desde aviones para controlar la sobrepoblación… El chino que lo descubrió murió infectado. El virus se convirtió en un fantasma que recorrió Europa más aprisa que el comunismo. De Europa brincó a Estados Unidos y de Estados Unidos a México. Está en los cinco continentes.
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No lo creía a pesar de las advertencias. No lo creía nadie. Seguro que no sería tan grave. Eso pensaban muchos. Por eso el bicho nos agarró desprevenidos. Contó con el factor sorpresa. Aquí y en todas partes. Miles de muertos en Italia, España, Francia y otros países. Miles de muertos en Estados Unidos. Miles de muertos en Rusia. Miles de muertos en México, en centro y Sudamérica. No estábamos preparados.
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En la universidad en la que soy profe de tiempo completo circuló en marzo un comunicado. Se tomaban medidas preventivas: se garantizaba que habría jabón y papel higiénico, todos los días, en los baños (sic). Las clases presenciales continuaban mientras no hubiera otras disposiciones por parte de las autoridades sanitarias. Dos días después llegó otro comunicado: se suspendían las clases presenciales. En adelante, deberíamos atender a nuestros estudiantes por medios electrónicos. El jueves 19 de marzo ya no me presenté en el plantel de San Lorenzo Tezonco. El lunes 23 se cerraron todos los planteles.
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Tenía cita con un alumno en mi cubículo, para platicar sobre su libro en preparación, con el que espera, además, recibirse. Le escribí: no podría trasladarme a la Universidad, pero nos encontraríamos en un Sanborns. ¿Su libro? Crónicas sobre gente de la ciudad, que ejerce oficios precarios: organilleras, pulqueros, vendedores de algodones de azúcar, globeras… ¿Qué habrá sido de ellos en estos días de epidemia? Estarán sin chamba, sin ingresos. Como tantos mexicanos.
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En la mitad de los gabinetes y mesas había un letrero: “Disculpe la molestia: mesa deshabilitada.” Pocos parroquianos. Las meseras no querían acercarse, y eso que me conocen muy bien. Soy cliente frecuente. Me llaman “profe” porque me ven con mi laptop, mis libros y papeles. Ahora tenían miedo. No querían ser contagiadas, qué tal si yo o mi alumno estábamos infectados. Dos días después, ya no había servicio en mesas. No había tampoco servicio en la tienda, salvo en la farmacia.
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Pronto todo estaba cerrado: centros comerciales, tiendas, bares, gimnasios, cafés, restaurantes… Los cafés y restaurantes ofrecían sus productos para llevar. No puedes entrar y sentarte en una mesa. Empezó el aviso, que se repite y se repite: si no es necesario que salgas, ¡quédate en casa! Muchos no pueden hacer eso: tienen que seguir trabajando, tienen que subirse todos los días al metro, al Metrobús. Otros, como yo, sí podemos quedarnos. La quincena llega puntual a mi cuenta, y todo lo que tengo que hacer es acudir a un cajero. Eso sí, con cubrebocas. Sana distancia. Gel antibacterial.
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Susana y yo nos la pasamos encerrados. Salimos una o dos veces cada día: para ir al súper y estirar un poco las piernas en el camellón de la avenida Ámsterdam y en calles aledañas. No hay tantos autos ni tanta gente como antes, pero sí la hay porque en estos últimos días se ha relajado la cuarentena. No todos los peatones usan cubrebocas. Todavía hay gente que no cree que sea cierto lo del Coronavirus. Otros sí creen, pero se comportan como si no supieran o no se acordaran: organizan fiestas los fines de semana, se reúnen para festejar. ¿Festejar qué?
***
Los síntomas del Covid-19 son parecidos a los de la gripa o resfriado, aunque pueden complicarse con rapidez: tos, fiebre, dolor de cabeza, dificultad para respirar, dolor muscular, neumonía… Despiertas una mañana con algo de tos. Como que te duele la cabeza. Piensas que ya te contagiaste. Pero te bañas, te reanimas y te das cuenta de que no te has contagiado aunque hayas salido a dar la vuelta al óvalo de Ámsterdam y te hayas topado con corredores sin cubrebocas. La muerte por Covid-19 es horrible: mueres asfixiado. Hay respiradores artificiales en los hospitales, pero no son suficientes. Los hospitales están desbordados, llenos a su máxima capacidad. No hay camas. O hay pocas camas y a ver si alcanzas alguna. A ver si te atienden con prontitud cuando llegues al hospital con los síntomas. Mejor no enfermarte. Mejor no contagiarte. Quédate en casa, lávate las manos. Nos resignamos al encierro domiciliario y nos lavamos las manos o nos untamos gel cuatro o cinco veces al día. Yo nomás salgo un ratito. Qué tanto es tantito, decía mi tocayo Armando Ramírez, el autor de Chin Chin el teporocho. Eso sí: sana distancia. Cuando veo acercarse a un corredor sin tapabocas, le saco la vuelta, dejo el camellón y camino por la acera. Ahí viene una chava sin cubrebocas, oyendo sus canciones y tarareando la letra como si nada pasara. Pinche gente inconsciente, sin criterio. Los hay.
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Mantenemos contacto con nuestros tres hijos. Han venido a casa con su cubrebocas, pero por separado. Armando se trajo sus aparatos de música, se encerró en un cuarto y se puso a grabar. Es DJ. Se ha presentado en varios lugares y sus creaciones tienen éxito en el feis. Susy no ha venido a la casa, pero nosotros sí la hemos buscado en su edificio. Nos vemos abajo, vamos por un café que nos tomamos en algún camellón. Platicamos un poco. Mi hijo menor, que ya no es tan menor –29 años–, vino ayer, comió con nosotros y nos acompañó parte de la tarde. Antes de que anocheciera, regresó a su casa en un DiDi, con el cubrebocas. Ninguno de nosotros está contagiado. Hemos tenido suerte. Hasta ahora.
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Duermo tarde, despierto temprano. Pero es común que pase toda la noche en vela. Si me animo, leo un libro; si no, nado en el feis. Quién sabe qué sería de nosotros sin las redes sociales. A mí no me parecen ni tan perniciosas ni tan frívolas como opinan otros, que también las usan. De acuerdo, se da voz a los idiotas y se escriben mucha frivolidades. Abundan los memes y chistes, y no todos son tan ingeniosos. Pero también hay análisis serios, comentarios inteligentes. Para bien y para mal, las redes sociales son propias del tiempo que nos tocó vivir. Estamos comunicados unos con otros, en contacto constante. Aquí y en China. Por eso podemos seguir el desarrollo de la pandemia en tiempo real, aunque la información que nos llega de muchas fuentes sea confusa, contradictoria, y ya no sepamos ni qué pensar. En algo coinciden todos: va para largo. La pandemia seguirá. El virus llegó para quedarse. El confinamiento, no. Imposible mantener estancadas las actividades económicas. Con restricciones, volverán a abrir los centros comerciales, las tiendas, los cines, los gimnasios, los restaurantes, los antros… Los deportes regresarán. Podremos ver, otra vez, el fut, el beis, peleas de box y lucha libre. Sin público.
***
Hago ejercicio todos los días: bicicleta fija, pesas, lagartijas, rodillo. Rounds de sombra. Me baño, me arreglo. Desayuno. Reviso trabajos de los alumnos, escribo, leo, divago. Salgo un par de veces, ya lo confesé: al súper y a estirar las piernas. Estirar la pata, se decía antes cuando alguien se despedía de este mundo. Ahora, los usuarios del feis hablan de un misterioso viaje. Buen viaje, se le desea a la persona que se muere por Covid-19 o por cualquier otra causa. Un viaje al infinito y más allá. Un viaje a quién sabe qué destino. A dónde van los muertos, quién sabe a dónde irán.
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