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MALECÓN

Preludio…


Como diría la abuela: recordaste un domingo muy temprano y bajaste a la playa en busca
del pirata que asaltara tu sueño y enterrara sus cofres herrumbrosos, cargados de reliquias, casi bajo tu lecho.


Buscaste por la orilla, removiste las piedras y la lamas, las vísceras del pargo y de la raya, del botete y el bagre, los huesos casi arena del pelícano.


Escarbaste, escarbaste hasta que brotó el agua entre tus manos pero nada de aquello, ningún
collar de perlas, ningún cetro de oro, ni diamantes ni nada parecido.


Quizás no era la hora mañanera la ideal para buscar tesoros.


Quizás la noche con sus fosforescencias, fuera el tiempo propicio para los gambusinos.
Por lo pronto, que el día continuara jugando en la bahía, desenterrando conchas, caracoles
zumbones, piedras porosas, y una que otra moneda de cobre, con un sol imborrable en sus
adentros, que alguna vez valió veinte centavos.




Y apretando el botín contra tu corazón filibustero, seguiste con tu trote lanzando piedrecillas
contra la superficie, haciéndolas saltar, hundirse y emerger como seres marinos, tres, cuatro,
cinco, veces.


¿Podrías llegar a seis?


Hasta que aquel jolgorio de auras, remolino de oscuros zopilotes, enturbió la mañana del
domingo. El cuerpo de un hombre flotaba de "a muertito" entre la espuma y los sargazos de la
orilla.


Era seguramente un gringo, su piel blanca cocida por las sales y soles de su insólito viaje
submarino. Las mojarritas le mordían los labios desflorados; los muleginos le chupaban un
pedazo de sexo; los cangrejos cargaban con los ojos y los botetes le picaban el pecho.
Soltaste la moneda de cobre, la del sol enterrado, la que alguna vez valió veinte centavos, y
corriste a casa a despertar a todos, a reciclar el miedo.









Zarpa y Arribo




Sube Marea Baja….baja Marea Baja…


Tercera llamada, tercera…Empezamos…


Tras bambalinas, las voces del naufragio:



-Gira el puerto en la palma de mi mano…

-¿En dónde te quedaste, Obregón Perla, nagudo de estas playas, perfil de capitán diluido en los

charcos después de la tormenta, cuál es tu domicilio?

-¿En qué hormiguero crece el nuevo incienso? ¿Qué estertor dará rumbo a los espectros de la luz

congelada y la humedad vidriosa?

-¿En qué ojos azules de pirata despierta ahora la rada del Pireo, la noche de París,

la niebla inglesa?

-La cofradía de Carambuyo Bill, perpetúa su estirpe en cada farolazo, bajo el palmar de siempre.

-Porque se empieza a hablar y volvemos a ser recolectores…

-Sin naves, el futuro ha perdido la partida.

-Todo es el remolino del Ahora, en este aquí sin brújulas ni remos.

-El aliento del Cíclope, ha trastocado el Tiempo.

-Desciende, Zopilote, sobre la caravana del Deseo.

-Caballeros del Polvo: de aquellos lodos está quedando poco: Nosotros.

-Porque se empieza a hablar y volvemos…

-Sin naves…

-Echa tú las cartas

-Te toca a ti

-Está cambiando el viento.






Tiempo cerrado en boca del estero:


“..Y luzca para ellos la luz perpetua


Y luzca para ellos la luz perpetua…”







Me da miedo el dolor de las palabras, zumbido, turbulencia de espejos.


Este cuartucho lleno de coronas, y el bramido del barco que se acerca con inciertas banderas en


lo alto.





Si mi nana Rufina volviera a enamorarse bajo los tabachines, hijos del aquel amor que vuelve de


su entierro a perfumar su boca, yo estaría en su banqueta cada noche y escucharía su pregón


sobre las reumas y los gatos que rondan su cocina:




“Había un gato amarillo muy lamido, todavía no nacías; tu tata…”






Me contaría que hubo una vez una cantina, rumbo de marineros y soldados, trovadores y putas, que


maldecían la vida calentando pistolas y cuchillos al compás del trombón el tololoche, y salían


a ver el carnaval que se hacía tarde en las calles sitiadas por las máscaras.






“Uhh, aquel militar, si vive, seguro que se acuerda; tu tio lo destrozó por desgraciado, era


malo y feo como buen tahualila …




La cantina cerró, y tú creciste, de aquellos tiempos sólo queda un cierto olor a hombre, agua


estancada, aliento de mujer, y un rencor de alcoholes crepitando en los muros y el piso de


tierra”.






-Ya vuelve el Korrigan


-Parece una ballena vieja…











Estampida de potros la noche de febrero, un golpe de tambor la espera de la sangre, un compás de


palmeras y un litoral ausente, incienso de oraciones alrededor del lecho, lámparas derramadas en


los ojos desiertos.


En el cuarto de al lado el traje ya está listo. Es azul claro, liso, y la corbata roja. La


eterna novia plancha la camisa, zurce un poco las mangas, besa el cuello, se evade en el perfume


medio siglo escanciado, y va ella de blanco a encontrarlo de nuevo.


Sonriente como un dios, su hombre espera: mirada vardiazul, salobre, entre muros floridos;


manos de marinero, líneas largas, sinuosas, llenas de azares, suertes que el tiempo ha redimido.




La novia se desnuda, lanza al aire los velos, el insomne se acerca ebrio de noche. Ha vuelto de


las playas donde una vez lloró el paso de los barcos, el adiós de los hijos, las cubiertas


anónimas y el escarchado sueño de la arena.




Donde guitarra y caracol fundieron sus memorias en la flor del verano, y el vino alumbró un


regreso de ave en agonía, danza de sangre que vuelve a ser estrella en el fondo del Hombre, y


canto de luciérnaga en la ruindad de espina, piedra y barro.




El insomne se acerca, ha vuelto del oleaje, remolino de los primeros fuegos y antiguas pasiones,


a morirse con ella. Las campanas esperan el milagro del día. Lámparas crepitantes, miradas


apagadas rondan por los rincones, del pozo sepultado vuelve el eco del agua rediviva, lágrimas


que desertan la tentación del llanto.






La eterna novia cuenta los botones. Todos en su lugar. Los pliegues firmes. Toma el reloj,


exacto, oye su corazón: tic tac, un nombre, un augurio, un susurro de eclipse que avanza por la


calle y empieza a abrir ventanas y a recorrer cortinas.




Las plegarias arrecian su temporal de voces: rotas alas de ángeles, caliente marejada. El


incienso escapa con su clamor de culpa.


Ya es hora, ya es hora, ya viene la carroza…”




En el cuarto de al lado el traje ya está listo. La desnudez del muerto naufragará en su azul,


como un pájaro.







































Baja marea, baja:




-El mediodía libera sus demonios y yo escribo en los muros de una casa que ha vuelto a echar


raíces en la escarcha del tiempo.


-Truena el látigo de los vientos del Norte..


-Llegó la colla zumbando, danzando entre los molinos


-Clausurando las ventanas, confundiendo los colores, borrando el rostro del puerto …


-Desenterrando sus muertos…


-Haciendo bailar al diablo en medio del remolino…


-¿Qué pasaría mañana si nos vamos y se queda esta atmósfera en suspenso?


-Se está secando el mar…


-Una lengua bestial nos desconoce.


-Esa saliva lo disuelve todo.

























De espaldas en la arena descubro una canción en la incertidumbre del fuego. La escala va de ti


hacia el alto crujir de las constelaciones. Bebo un poco de transparencia oscura, tomo un puño


de arena, y lo desgrano en tu ombligo: origen del arpegio.


Alrededor , compañeros de viaje cantan, danzan, esperando la escarcha de las cuatro, la canoa


que zarpa con tres sombras a bordo, ligera en la corriente, sin estelas nostálgicas, entre


cantos lejanos.


Otro puño de arena, ahora en mi pecho; tus manos, clepsidras que desgranan mi muerte de


altamar.


Cualquier eco que la boca del mar devuelva, será una ola, rotunda, lechosa, sobre tu vientre


inerme, muchacha querendona, que por primera vez haces la ronda por los rumbos prohibidos


de la costa. .

























-Vamos hacia la isla, venimos de la isla, sobre aguas nocturnas cantamos hasta el día, entre


aguas sonámbulas, anguilas centelleantes, furtivas escamas…




-La marea es propicia para pasar la noche entre campanas que anuncian la agonía de Dios..


-Vigías que en altamar se envuelven en vaporosos lienzos, pantallas desvaídas ´por un aliento


enfermo…


-Ellos, que en el humo de esta oscuridad se perpetúan y descifran el rostro del señor de la




lámpara que, en el puente de mando, con desleída mirada, decide el rumbo…




-Vamos hacia la isla, venimos de la isla…




-Libre de juramentos, lejos de la servidumbre de la fe,¿ quien eres?


-Aguasalada, aguaclara, roce de la corriente que aviva los inciertos lunares que en abisales lomos


desafían la oscuridad en llamas.


-Un nombre para ti, una palabra que redima tu precioso vacío…no será entre los hombres carne o


sombra.




-La claridad empieza con tus manos que disuelve la sal, tallan abruptos perfiles de piedra, y


derraman las aguas bautismales.





















Zurcía las velas bajo el tamarindo y los veía pasar; sabía, deletreaba los nombres de todos esos


rostros de cubierta:






El milagro del hombre son sus ojos, madre; mira cómo me miras a través de la humeante bahía.


Algo murmuras, una oración tal vez, la primera que me enseñaste, la primera que me hizo sentir


culpable, amada, deseada, llena de gracia y de miedo. Reza, madre, reza, que yo repetiré desde


aquí las hermosas palabras.






Y a ti, viejo, ¿quién te nombra como yo mientras fumas solitario en la proa?


¿A qué demonio invocas ahora que escupes por última vez la estela que señala tu rumbo?


Viejos, mis viejos. Sigue fumando, desentierra tus ojos, sálvalos del pozo de tu culpa, que no


vale la pena tanto mar.


















































Zurcía las velas: su mirada se iba con los barcos y volvía en danzantes parvadas anunciando


tormenta.




Alguna vez la vieron levantarse y caminar desnuda hacia la orilla, detenerse, tocar el agua


con sus manos de finísima sal, y seguir su camino sobre el lomo del Mundo.






A mi me sobra el tiempo, a mi me sobra el aire, la memoria. Mi casa está tranquila, sus muros


están firmes, del viejo pozo ya no suben las voces a deshojar las flores que todavía me quedan.


Fechas, epitafios y nombres siguen fijos en lápidas blanqueadas. Quizá un buen día de éstos,


estas hermana invisible que me acompaña, aprenda a hablar con sus propias palabras.






“No los conozco”, dice, rie, los ve pasar y hace la señal de la cruz. “Te hubieras ido con


ellos”, le digo desde que la conozco. Entonces deja reir y se pone a llorar..



-La muerte siempre cómica

-La muerte tragicómica

-Un acto de humor involuntario…

-El más solemne.















A medianoche los divisaremos, los vientos son propicios para la bienvenida. Esperemos,


cantemos, seamos justos con nosotros mismos.




Los veía llegar, dejaban lanzas, remos clavados en la arena, humeantes fogatas. Diez pasos al


Oriente, cinco al Poniente, diez al Sur. La gruta es fresca, oscura, resonante. Las antorchas


de los juramentados van dibujando el círculo.




Una herida en la arena, fosforescente herida; tu nombre, el de heroicas letras.


Y el regreso.




A medianoche los divisaremos, esta luz es sólo para ellos, ten paciencia, hijo.


Te dejo la memoria de esta noche en que aprendiste a esperar y a encontrar. ¿Los ves? Ellos


también cantan, dicen palabras que algún día serán tuyas. Tomarás de ellas sólo lo necesario


para vivir y morir bajo tu nueva condición de converso. Su lengua es la más engañosa de las


lenguas, la más riesgosa, pero la más pura.




Oye esos cantos, como si perfumaran estos aires tan secos, tan mezquinos; como si los nombrara


dios, la misma escarcha…




Con esa lengua te harás hombre, hijo. Ten un poco de esta agua luminosa en tu pecho, en tus


ojos, en esta hora, te hará bien. Te llamo como yo mientras el canto crece y la marea llama


voluptuosa.




Ante faros trémulos de espesura, te nombro y te abandono…


¿Puedo morir en paz?





-Y dale con la muerte…


-Vil coartada.


-Puro misterio idiota..


-¿Cuál descanso?





EN la playa las fogatas se agitan, adelgazan sus lenguas, flamean los cuerpos caídos en la

escarcha, rumian antiguos cantos, confabulan las voces del sueño colectivo.


Desnudos caminamos hacia la bajamar. En esparcidos charcos espejean los pasos, el arpegio

lunar.


Un continente de iridiscente lama-diáspora de cangrejos que persiguen su sombra, las fugitivas

aguas del principio- nos descubre.

Se siente una canoa a la deriva. El Mar empieza de aquí a tres pasos.


-Vamos hacia la isla, venimos de la isla…







RADIO LA MAR

LA noche desprende escamas luminosas. Una brisa caliente circula entre los

datilares y los cangrejos celebran otro cuarto menguante en la ondulada superficie del fondo

descubierto.


Ritual de las diez y media:



"...Radio La Mar ha finalizado sus labores de hoy; deseamos que todos hayan logrado un d¡a

completo de felicidad y de éxito. Si no es así, haga serenos y firmes propósitos para conseguir

mañana lo que no pudo conseguir hoy.

"Lo importante es que esta noche olvide sus preocupaciones; los problemas son parte misma de

La vida y deben tratarse y pensarse como cosa rutinaria del trabajo diario. Si no tuvo éxito

hoy,lo tendrá  mañana, porque mañana, comienza la vida."























Hidra de sombras, nido de gatos, el tamarindo, Babel que enjuaga su preciosa confusión con la

llegada de las lluvias. Nadie duerme en la Casa Mayor, ascuas de la vigilia entre los catres.

Una taza de café‚ que hace tres días está sobre la mesa del corredor, vuelve a humear.

Labios de humo se pliegan a la boca de barro. Sobre el tatuaje del pájaro se derraman perfumados

vapores. Trinidad sonríe tras las lámparas de azulado aceite. Una mariposa negra se posa en su

nariz, husmeando la víspera del entierro.


































Desde aquí viste por Última vez alejarse al Korrigan IV. La quilla, un cuchillo hundiéndose en

la mirada p£rpura de la tarde. Aquel humo emergiendo del agua entre los faros todav¡a nos hace

llorar, en el sopor de esas noches en que nos quedamos mirando, sin nada que decir, porque el

salitre avanza por los muros ante el pánico de los grillos.









































"Radio La Mar informa...Boletín de última hora: Liza, la tormenta que puntualmente nos visita

a fines de septiembre, ha tocado tierra a 300 kilómetros de aquí. Se recomiendan precauciones

para la navegación y a la población proveerse de víveres y enseres necesarios en estos casos.

A lo habitantes de las partes bajas del puerto se les invita a trasladarse a la parte de arriba,

donde ya están abiertas las puertas de varios refugios...


Se esperan fuertes marejadas..."



































- Ahí va el Korrigan

- Parece una ballena vieja

- El mar cansa

- Mira a esas gentes

-Siempre diciendo adiós

- Siempre

- Extrañas tus tiempos de Capitán

-Un barco es una casa

-Una raya en el agua

-Tú nunca has ido más allá de esa boya

-Oscurece

-Me gusta remar cara al crepúsculo

-Me da miedo esa brisa, ese olor a agua podrida

-Cierra los ojos y cállate

-Pobres gentes

-Siempre diciendo adiós

-Siempre













Calma, calma, no pasa nada, estos temporales así son, pero pasan, ya estamos cerca...Todos a

sus puestos...Los faros siguen encendidos...Callen a esas mujeres, tranquilicen a los niños,

vamos, Amor, Madre, maldita luz...Si rezar ayuda, recen...Salven esas lámparas...Brújula del

demonio…

El timón ha enloquecido...Los faros siguen encendidos...Mi gente, mi gente..










































"Está pariendo la vieja, está pariendo, oigan cómo se queja y su hombre no aparece..."


Trinidad Seguame, campanero del templo de Nuestra Señora de la Fundación, doblaba a misa de

seis y volvía a escuchar el alboroto de aquella mañana en que desde la torre vio salir la canoa

con los tres hermanos a bordo.


"Que dios los bendiga", pensó elevando al mirada hacia un cielo que empezaba a nublarse.

Una jauría en brama levantaba polvaredas en la calle del parto.
































Clareando, salimos José, Lorenzo y yo. Mi madre nos había echado la bendición como siempre que

íbamos con el rifle, los cuchillos y las fisgas bien afilados a pasar tres d¡as a La Ballena.

Remamos cada quien un pedazo de mar aligerados por la damiana, y nos fondeamos en la bahía

norte de la isla, frente al ojo de agua envenenado, por el que dicen han muerto muchos animales

y uno que otro despistado últimamente.

Tendimos las piolas un buen rato y no jalaba nada. Fumábamos los tres y yo sobaba la vaqueta

escarchada de la funda del 22, mirando la cabeza de piedra de la isla; ni una sombra, ni un

pájaro, ni un chivo, ni un fantasma por ahí; tal vez un poco más adentro hubiera esperanza de

encontraralgo, al caer la noche, cuando los jejenes no molestaran tanto.

De repente, la canoa empezó a bailotear cogida por una marejada medio misteriosa. José fue el

primero que divisó el lomo borroso del animal. "!Tírale!", me gritó mientras recogíamos las

piolas.

Solté la mía y desenfundé el rifle. El cachalote se hundía y volvía a salir chorreando como

fuente de plazuela, salpicándonos de agua babosa. El oleaje arreció y la canoa empezó a hacer

agua.

Trataba de atinarle a la cabeza, por el ojo brillante que cada vez pasaba más cerca de nosotros.

"!Tírale!". En un parpadeo apretó el gatillo y la sacudida me hizo caer al piso de cara a la

apestosa tripa de bagre que traíamos de carnada.

"!Pero qué hiciste, pendejo!", gritó Lorenzo arrastrándose hacia José que había quedado con la

cabeza ensangrentada fuera de borda, oscilantes los brazos, como buscando algo en la embravecida

superficie.

Nada, sólo sus ojos abiertos cegados por la sal que Lorenzo cerró, mudo, sin mirarme a los

ojos, antes de recostarlo entre los bancos de enmedio y taparlo con una cuilta. El 22 había

caído al agua.

Mejor así. El cachalote ya no se sentía por ningún lado.




Lorenzo, hombre de pocas palabras, tomó los remos y lloró sin mirarme, sin voltear a ver el

bulto del hermano bamboleante a sus espaldas. Cerré los ojos y recé por primera vez en mi vida.

El cadáver, la sombra inerte de José, crecía entre nosotros, solos, atravesando esa bahía de

mierda.

Cuando me tocaba remar, de reojo veía a Lorenzo levantar la cuilta para mirar el rostro de José.

Tomó su paliacate y volvió a limpiar la sangre, a remover las costras púrpuras que deformaban el

perfil del muerto hundido en los movimientos del mar.


Remaba y rezaba, pensaba en mi madre:"No jueguen con fuego, son tan jóvenes..."

Entonces vislumbré la boya del canal, y al fondo, las luces del puerto, la orilla todavía lejos,

una hora más tal vez. Me dio miedo. No quería mirar a José mientras estuviéramos en el agua,

pero tampoco quería llegar.


Al hacer el relevo de los remos, Lorenzo, por primera vez en mucho tiempo, me alumbró de lleno

con sus ojos verdiazules encendidos como los míos por la damiana:"Le hubiéramos dejado

un trago a José ¿no crees?", me dijo, y nos abrazamos llorando como niños abandonados por la

madre en un monte lleno de víboras.



Subimos los remos y tiramos la piedra del ancla. Descubrimos el cuerpo del hermano mayor y lo

cubrimos de besos y reproches a la mala suerte.


Los ecos del mar son distintos a los del monte: ahí estaba el monstruo, sordo, amancebado con la

colla resinosa que nos ardía en lacara y nos golpeaba el alma.





Lo demás ya fue asunto del demonio o de dios, ¿quién sabe?. El bramido de aquel barco, el

Korrigan, nos avisó que clareaba de nuevo, pasando frente a nosotros con un humo espeso, negro

como la noche que acababa de irse.


Vimos los rostros de los pasajeros acodados en el barandal de cubierta, llenos de la duda del viaje.

El llanto de un niño rebotó en mis oídos. Lorenzo y yo nos miramos como dos desconocidos.

Al disiparse el humo, bajo la cuilta no había nadie, nada.


Y de nuevo el llanto del niño y un grito de mujer desgarrada, con las piernas abiertas bajo el

emparrado.


La playa era un mar de pañuelos colorados, empezó a chispear, el aguacero recorría cortinas en

el horizonte, las auras se desparramaban tras los cerros pelones.


"¿Qué hemos hecho, Lorenzo, qué pecado tan grande he cometido?", le dije, y él sonriendo,

fumando, oloroso a damiana, levantó una mano ensangrentada y apuntó hacia el humo del barco,

caso nube ala distancia.

"Tú y yo nunca hemos ido a ninguna parte, pero ahora tenemos que regresar allá ", balbuceó, y

volteando a la orilla:


"Oye esas campanas, esa gente no existe".
















"Son las seis de la tarde", murmuró Trinidad mientras subía las escaleras de madera de

la torre del campanario, y la oscuridad arreció al conjuro de sus palabras.


Sonámbulo, el barco hizo su entrada, se abrió paso en la noche como una constelación, fronda de

abisales corales chispeando al roce del viento.


Al pasar entre las boyas que limitan el canal, como una exhalación aparecieron aquellos rostros,

aquellas criaturas agitando pañuelos desde cubierta. El llanto por tanto tiempo contenido

iluminó la orilla.


Graciela Ceceña, más loca que nunca, correteaba por la playa invadida de cangrejos arrastrando

su vestido de novia, haciendo señas y gestos como queriendo arrojar palabras que no podía sacar

por la boca.


Bajo el rubor anaranjado de un cuarto menguante, un oleaje de campanas configuraba el vuelo

triangular de gaviotas en huida hacia otra estación. Dos perros callejeros perseguían la cola

del vestido de novia.
















Pico de aura, diente de tamborillo, cola de caguama: felices nupcias, filtro de la corriente:

agualuna, caminito del cangrejo; vuelco de ola, soplo de ala, !Oh. Mechudo!,Señor de las

Profundidades, cabellera lama de mi sueño. Moví, movimos, tu cara, carta que guardo entre mis

pechos tatuados por tus besos, Rey de Oros, Puñal de Luz...


Canto mientras duermes, niño, la suerte está echada: perra flaca pariendo tras las parras,

pérgola del encuentro. Polvo de eclipse, turbante de la efigie del muerto, volutas que sombrean

el ombligo de la virgen, collar de perlas ojos de ahogado...


Tú, Trinidad, barbas de bagre, ojos de pargo, cabeza de campana, oye el llanto del niño ahogado

en el agua estancada del Principio, oye el Sí de la boda, arrójame un puñado de arroz, un aura

de ceniza, buitre de la torre mayor, oye la hora: Clepsidra, Arena Madre...



¿Dónde están mis hermanos? Parí, parimos, la noche escapa de mis ojos de voluptuosa miel y se

mete en el vientre de la Elegida como zopilote engendrado por el humo del Korrigan.



Se agolpa el tiempo, Calixto, los niños juegan a la sombra de los laureles de la India:

encantado, encantados, engarróteseme ai, a la víbora víbora de la mar el reloj de la iglesia ha

vuelto a caminar: negras y chirriantes agujas apuntan al cielo y al infierno: se agolpa el

tiempo:

¿Podremos conversar?










He ahí esa banca serenada y desierta, monumento a la Edad de la Punzada: soy tuya, ¿qué más

puede pedir un pobre marino como tú al que su viuda viene a esperar en una noche tan hermosa

como esta?


Mira a toda esa gente, condenado, vieras cómo ha llorado la suerte de los dos, no creen que te

sigo esperando aunque todo lo sepan...


¿Qué me cuentas de la tripulación? Fue en este último viaje cuando conociste el verdadero miedo,

viste por primera vez el odio y la desobediencia en la mirada de tus mejores compañeros, sentiste

la soledad como ese remolino que ahora nos acerca..



¿Por qué te tardas tanto?...Mira cómo vamos todos hacia el muelle, cómo nos movemos, cómo

deseamos tenderte el puente que te traiga otra vez con nosotros, cargado de albricias, de vituallas

para los tuyos...Los parias de estas playas, tus memoriosos fieles, Capitán, hemos venido a ver si te

atreves a llegar, a ver si te animas a atracar junto a la Piedra Cagada del muelle, a ver si nos

vuelves a perder entre aquellos lamparones de la mala suerte..."
























-¿Irá a haber marejada más al rato?

-...

- Zumban los remolinos

-...

-Siempre diciendo adiós

_ ...

-Está cambiando el viento

































Sube "Marea Baja"...


"Si no tuvo éxito hoy, lo tendrá  mañana,

porque mañana, comienza la vida..."

































Lunada en costa Baja.



Bajo la sombra de un mangle del estero, me acuerdo del calor que nos robaba el

pulso; del vidrio de la luna mar adentro, de la arena, las piedras, los zancudos.


Te preguntaba cuando tu silencio, si traías la música por dentro: El Wolf Man, me dijiste,

te enfadaba: " Apaga el radio, tonto, dame un beso..."






































Es domingo por la noche y el puerto baja al desfile maleconero.

Pago en La Barquita, guardo los cigarros en la bolsa del pantalón, y cruzo la calle con

una soda en cada mano.


Me detengo entre dos hileras de luces, espero el paso del próximo vehículo- lento como

barco que atraca-, y desde el asiento trasero unos ojos de mujer me reconocen.


Hace unas cuantas palabras era el bosque de cactus cerrándose al paso de Manuel en

una cuesta rumbo a Ensenada de Muertos.


"!Hablen, cabrones, digan algo!."


Hay nombres que tienen vida propia, pienso, vida después de uno mismo, mientras los

ojos de Manuel flotan en la espuma del agua mineral, y la Canción de Mezcalito navega

en la mirada que se encuentra a sí misma en la corriente de luz:























"En esta casa vivió López Velarde", dijo el culto de Yuyo apuntando a una esquina

del pueblo de Venado.

Luego pintamos huella hacia el monte, el florido desierto de San Luis, con

mochilas a cuestas y un cuartito de Sunshine para la resolana entre pecho y

espalda.


Había un césped finísimo alfombrando la tierra, las planicies del valle y sus

Monturas; cirios solemnes y elegantes palmeras atisbando al intruso que

alucinaba el mar en cada tras lomita, en cada golfo de sombra que se cruzaba al

paso de los que volverían a ser recolectores: Pepe, Nandillo, Yuyo y Oscarín, el

Cuarta Dimensión, consentido discípulo de Gurdjieff y de Ouspensky.


Bajo aquella nube cargada de humedades salobres, de negros aguaceros, de luz

purificada, espera Ambrosio, el indio ejidatario de dientes de mazorca maltrecha y

ojos de uva oscura y temblorosa, de sombrero de paja y huaraches de cuero,

adorador del gusanito de oro de alcoholes ingraduables, matadores del hambre y

del hastío.

Una de Siete Letras, nuevecita, bien envuelta y con moño de colores,

viajaba en las espaldas de Oscarín hacia la sed de Ambrosio, el brujo y anfitrión,

cacique de los campos de daturas, de cachoras cegadas por el hilo invisible de Don

Juan, el hermano, el aliado traspasador de muros, fabulador de encantos,

constructor de caminos con corazón.

Siete Letras ardientes como clavos para la soledad del indio que se lava el rostro

en el estanque donde la nube que baja de la sierra de Guanamé, enjuaga su mirada

de diosa encandilada por la luz del relámpago, del trueno silencioso, eco de la

cascada submarina que se desgrana sobre el bosque de corales cantores que

recuerdan que alguna vez fue mar este desierto.


Hay un pájaro extraño en el alma del indio, en el pecho de Ambrosio las alas

golpetean, el pico busca las vísceras más rojas o más negras, los ojos se recrean

en la flor de la sangre: un corazón tan espinudo como la ruta al Cañón del Fuego.



"Más vale andar

entre espinas y abrojos

que con el hambre

hasta los ojos..."




Y ahí venían los chamacos, que ya no eran dos como el año pasado, sino cuatro,

cargando con mochilas y con los malos aires de la ciudad pegados a sus huesos

brillantes y crujientes como una segunda piel; los humos enredados en sus

crecidas greñas y en su mirada de parpadeante neón; raza coleccionista de gallinas

chichudas y pericos mamones, de Vellocinos-Loros; raza descubridora del ejido

encantado, reino de Mezcalito y sus botones de catorce gajos.



Comeríamos elotes tatemados con chatos de tequila, antes de emprender la

marcha hacia las vetas surcadas por sierpes venenosas y esa luz enrarecida tras la

ceniza de la tarde.


Machete en mano Ambrosio abría brecha, marcando el ritmo con su trote huichol o

chichimeca al filo del barranco, entre cañones, por las veredas alumbradas por su

inmenso y solitario corazón, en los pasajes que olían a emboscada, sobre las

piedras de cuya entraña brotaba una serpiente que se elevaba como un signo de

interrogación buscando el cuello y la sangre dulzona de los urbanosaurios, sólo

para entregarse al filo del acero magistralmente asido.


Que ya íbamos llegando al tal Cañón del Fuego, la veta prometida, reino en que

Mezcalito gustaba de jugar a las escondidillas con los recién llegados, modistos

citados, esclavos del consumo de sospechosos somas, carne fresca para la

Revolución devoradora de hombres.


Aprender a mirar, a ver, la primera lección, a encontrar tu lugar en las entrañas de

la luz, ir penetrando la sombra luminosa y descubrir el botón florecido a ras de

tierra, que ahora salta a las manos de Oscarín, el Cuarta Dimensión, viejo lobo de

mar, curtido catador de daturas y pócimas y polvos, que nos lleva al ritual de meter

el cuchillo bajo tierra,encontrar la raíz y degollar al gnomo, al genio vegetal, el

memorioso cactus, que espera el beso amargo, la primera mordida, que despierte

sus sueños.


"Porque se empieza a hablar

y volvemos a ser recolectores..."







La sombra de la tierra invade el sol y una fina llovizna de ceniza inventa otra

estación, otro paisaje donde mirar es crear: ojos cantores, tacto intacto.


Contra el relámpago sin trueno tres caballos salvajes se desprenden del horizonte

humeante. A galope tendido huyen de la cortina de agua que les pringa las colas

alazanas.



Vienen hacia nosotros, potros de lumbre bajo el aguacero y el eclipse devoradores.


"Sí, aquí vivió López Velarde", volvió a decir Yuyo, apuntando a una esquina del

Pueblo de Venado, ya de regreso a casa.































En un sendero del jardín de La Floresta, detuviste tus sonámbulos pasos, me miraste a

los ojos y dijiste:



-La solución es olvidarlo todo.


Y te dejaste ir en el tropel de voces, por un pasaje de puertas entreabiertas y

penumbras ardientes, lámparas de aceite crepitante en manos de humo, largas y viejas

manos de mujer protegiendo la llama debilucha, entre husmeantes gatos amarillos y

negros que cruzan los túneles de polvos luminosos, tacto dorado que traspasa la oscura

piel del piano vertical que vibra al fondo del salón, y acaricia la escala blanca y negra del

teclado.


Se enciende el florido linóleo de casa del Cocol, vibran los sillones de mimbre, tiemblan

los jarrones de porcelana y las figuras de sololoy danzan en la mesa de centro.


Envuelto en un oleaje de campanas, sonríe el personaje del antiguo retrato, y Cocol, el

virtuoso, inicia otra escalada hacia las cimas, hacia las recargadas frondas de los

palmares y los laureles de la India, donde la brisa afina los bemoles que perfuman el gran

solar baldío que rodea la casa del artista, la huerta florecida que ahora se estremece

porque la cofradía de Carambuyo Bill ya está  completa y empieza el farolazo de la Hora

Feliz, el brindis en honor de ese piano que crece como la luz- enredadera.


¿En dónde te quedaste Obregón Perla?






Gira el ojo de Carambuyo Bill en el fondo del espejo de alcohol. Es el puerto vigilia al rojo

vivo. Cuarto menguante colgado de una rama baja del árbol de la noche.

Lunada, akelarre, misa negra, en Costa Baja.


"Si los urbanosaurios-diminutos y oscuros seres del altiplano-llegaron a tu orilla a

levantar pirámides humanas y a rebotar balones en tu lecho; si las manos de un niño

construyeron castillos con tus granos y exploraron tu entraña hasta encontrar el agua

prometida; si los borrachos te cubrimos con latas de cerveza y los adolescentes dejaron

que el veleidoso jugo de sus sexos se confundiera con la humedad de escarcha; si el

imperio del dólar te cercó y te dio un nombre: “Paradise Inn?” “Costa Baja?”, y asistimos

con hambre mitológica a la gesta de Ulises-nuestro Ulises, de aquí, de Miraflores-, que

dejó su sonrisa burocrática metida en un cajón por un día en la vida y enfiló con un

puñado de valientes hijos de Manuel Márquez de León, picos, mazos en ristre, a

derrumbar los muros de la infamia; si los muros volvieron a erigirse, porque el lugar

común- "business are business"- es la mejor, por simple y económica, de las

filosofías; si todo esto es historia o historieta y el moderno pirata (el tesoro de Cromwell

aún brilla en tu vientre) escribe su leyenda sobre la espalda del Constituyente...



Si un desalmado vate chuniquero, hundió en ti sus pezuñas de cabra, de uñas

largas y negras, y desde ahí, con un poniente borgiano derramado en sus ojos arrojó su

vida al mar en una piedra; y aquel oaxaqueño de curtidos huaraches, que llegó "con una

mano atrás, otra adelante", un mediodía se insoló en tus dunas y te maldijo y juro

regresar porque ya había comido ciruelas del Mogote; si entre tu senectud y la del mar,

danza el demonio en medio del remolino y un cangrejo se devora a sí mismo, caminando

hacia atrás, como el reloj de los historiadores; y un perro echado bajo un mangle se soñó

tigre o león, renegó de su estirpe de perro callejero y de su nombre ( No, que no Firuláis,

¿Rommel o Kaisser?), y ladró a las gaviotas y otras aves con envidia infinita y se pasó la

tarde escarbando, escarbando hasta dar con una de esas piedras blancas, porosas, que

confundió con un hueso milenario que el maestro Piñeda de buena gana hubiera

colocado en una vitrina del Museo...



Si lloró una mujer-una típica viuda de estos puertos-viendo pasar el barco que llevaba a

su amor, un marinero prieto y saleroso, nativo de Guerrero, con una mano en el pecho,

otra en el vientre, ¿volverán los de entonces-te evoco Neftalí Reyes Basoalto- a quemar

una llanta, a encender una hoguera para danzar alrededor del fuego bajo la luna nueva,

como en los buenos tiempos ?


¿ Volverán los de entonces a tomar de la mano a una muchacha y escapar con ella a lo

oscurito?


Recuerda, Arena Madre, todos los cuadros vivos de tu teatro; recuerda al Efebo

acelerado, de mala puntería, que una noche oscura de ansias y amores inflamada, diera

una estocada sobre un montón de conchas en su loca carrera hacia un orgasmo precoz,

de muerte súbita (¡Que si sangró aquel pájaro, señores!).


Recuerda los mosquitos que invadieron su pálido trasero y su pecosa espalda, en el

momento cumbre: !Qué‚ confusa emoción!; recuerda los rituales de los sacerdotisos, el

clamor y la gula de los fieles que pedían "otro poquito más" a la enervada noche...



El blues Marea Baja encantando a las fieras judiciales y desafiando a las Buenas

Conciencias; la aceitunada luna mar adentro-­Oh sunshines, window panes!- alumbrando

las máscaras de papel aluminio que cubrían los rostros del gran Rocco Rivera y del

chamán Chollet, los brujos elegidos por las sedientas hordas del verano para la misa

negra:

“!Venid, Gran Señor de la Luz!”, se oía entre los mangles...



Si todo esto es historia o historieta, histeria de tu histeria, Narciso, hermano mío, mi

hipócrita lector, mi igual, mi etcétera; si todo esto es memoria y es ausencia, ¿cuál es,

Arena Madre, tu heredad, tu epitafio?"

























Persigo la sonrisa que se fugó hacia las playas del Sur, a estas horas en que el fuego de

las hogueras se levanta y se agita con el grito primario de Robert Plant, y una muchacha

desconocida se desprende tras los campers, se inclina sobre mi, y pregunta por qué

hago esos gestos.


¿Quién eres? ¿ Susy, Lizzy, Dizzy, Pussy? ¿ Paola, Lola, Chola, Ola, Tola? ¿La de la

boca vengadora de agravios o la de lengua suave y juguetona?

¿La de los labios púrpura surtidores de fábulas nocturnas, transparentes y espesas como

el humo del "Intimo" en la Hora Feliz?

¿ La enferma de ser Ella la Mentira sin gracia de la zorra? ¿La de piernas nerviosas y

sonrisa distante que descubriste al fondo de aquel patio infinito bajo las bugambilias?

¿La putita del barrio que te enseño a reconocer el sabor de Dios en el ojo de agua de su

entrepierna?

¿La aspirante a hechicera perfumada de hierbas, maquillada con polvos de otros vidas,

otras Muertes, otras brechas? ¿Quién eres, corazón, la que te acercas, la que se

desprende de más allá  del fuego, del otro lado de la cabellera de la lumbre como flama

huidiza que al calor de la fiesta cobra cuerpo y encarna en Ella que no es nadie, que

apenas quiere ser ese recuerdo, aquella imagen que se achica y se agranda al vaivén de

de la hoguera, Ella: Todas en una emergiendo del fondo de la noche, del ritmo de las

danzas y los cantos, donde los campers vibran como carpas tribales y sonora luz

propia, queriendo ser apenas unas cuantas palabras:

¿De qué te ríes?


(Y ella vendrá  caminado las aguas..., En la noche erizada de su vientre una criatura sueña el conejo de la luna, sueña el agua estancada, donde una rana salta,y llega al cielo)

Y bien, aquí estás ya, sobre la Arena Madre, sobre tu Madre Arena, de memorioso granos

y escrituras furtivas, templo en ruinas, escombro deslumbrante, arqueología cantora de

su hartazgo, devoradora de latas de cerveza, condones, aretillos y credenciales

escolares.


Miras el fuego de la hoguera de llanta disolverse y crecer, crecer y disolverse, hasta la

madre, with two stones in your eyes, evocando la canoa fantasma varada en la bajamar

de las tres de la madrugada, suspendida entre el Mogote y el Malecón.







































Por este malecón paseaban John y Ron, dos vaqueros de Hollywood, casi desnudos, sin que

nadie les pidiera un autógrafo. Venían a veces a comprarle carnada a los Cuevas del Pardito, mis

vecinos.

Pasaron también Hearst y Eisenhower, Newman y Quinn. Isabel de Inglaterra fue otra majestad

que nos miró a los ojos a su paso por nuestro malecón. Pasó también descalza y transparente

Lupe Velez, y no menos hicieron la Marilyn, la Félix y la Welch.

Cantinflas, Tres Patines, Bing Crosby, por aquí desfilaron cagados de la risa, sobre las mismas

huellas de los astros nativos.

De los yaquis suicidas del Estero que iban a la Explanada, al Kiosko, a buscar pleito cada baile

de domingo por la noche, armados de caguamas y botas puntiagudas. Y si no había nadie que le

entrara, pues para eso estaban los amigos, los compitas, la hermandad de los buzos-pescadores,

para sacudirse entre ellos el rencor, y sentirse y saberse hermosos y valientes con un pedazo de

vidrio entre las manos, saboreando la sangre-agua salada, hasta quedar tendidos bajo la luz de

los faroles del Seguro Social, con las sirenas municipales creciendo, creciendo como un nudo de

erizo en la garganta, como el llanto de un niño mecido en un carapacho de caguama.

Pero entre todos estos nombres y pronombres, el de Fiolito brilla con luz propia; siempre con su

pacha vibrátil bajo el cinto, fajada en su cintura de pelícano enfermo, en sus manos de curtido bar

man y de poeta de tiempo completo, acercándose al fogón de unos morros de largas cabelleras,

olorosos a incienso y yerbabuena:


"Maldita sociedad yo te maldigo

en tus umbrales de opel me jodo

jamás seré tu mísero mendigo

aunque arrastre los huevos por el lodo"






Fiolito, como tantos que fueron y vinieron, que vamos y venimos, y seguimos pasando, trotando,

con nuestros tenis Nike y nuestro pants coreano, con la panza crecida y el corazón bramando,

alcanzado por una de estas niñas que dejan a su paso un perfume de mar, de mar a secas, a la

altura de la curva del Coromuel, en esta tarde de marzo 25 a principios del siglo y del

milenio











































Y vuelves al de entonces, ojos traspasados por la ventisca y el rumor amarillo de

los dátiles, que caen, caen, como lágrimas del verano, volutas del crepúsculo, chispas de la

fogata que arde en Costa Baja.














































Como diría la abuela: recordaste un domingo muy temprano y bajaste a la playa en busca del

pirata que asaltara tu sueño y enterrara sus cofres herrumbrosos, cargados de reliquias, casi

bajo tu lecho.

Buscaste por la orilla, removiste las piedras y la lamas, las vísceras del pargo y de la raya, del

botete y el bagre, los huesos casi arena del pelícano.

Escarbaste, escarbaste hasta que brotó el agua entre tus manos pero nada de aquello, ningún

collar de perlas, ningún cetro de oro, ni diamantes ni nada parecido.

Quizás no era la hora mañanera la ideal para buscar tesoros.

Quizás la noche con sus fosforescencias, fuera el tiempo propicio para los gambusinos.

Por lo pronto, que el día continuara jugando en la bahía, desenterrando conchas, caracoles

zumbones, piedras porosas, y una que otra moneda de cobre, con un sol imborrable en sus

adentros, que alguna vez valió veinte centavos.


Y apretando el botín contra tu corazón filibustero, seguiste con tu trote lanzando piedrecillas

contra la superficie, haciéndolas saltar, hundirse y emerger como seres marinos, tres, cuatro,

cinco, veces.

¿Podrías llegar a seis?

Hasta que aquel jolgorio de auras, remolino de oscuros zopilotes, enturbió la mañana del

domingo. El cuerpo de un hombre flotaba de "a muertito" entre la espuma y los sargazos de la

orilla.

Era seguramente un gringo, su piel blanca cocida por las sales y soles de su insólito viaje

submarino. Las mojarritas le mordían los labios desflorados; los muleginos le chupaban un

pedazo de sexo; los cangrejos cargaban con los ojos y los botetes le picaban el pecho.


Soltaste la moneda de cobre, la del sol enterrado, la que alguna vez valió veinte centavos, y

corriste a casa a despertar a todos, a reciclar el miedo.

En el centro del círculo de fuego, levanta, pirata en plenilunio, la botella de vino y el

puño de yerba, y cuéntanos de tu vida en el camino, parodia de ti mismo.

Cuéntanos de los campos, las bahías y los puentes de niebla de San Pancho, de sus

aves exóticas y su KFRC, la de la eterna prendidez, vigilia tras vigilia.

La de Spill the Wine (Dig that girl), la de Proud Mary y I,ll be There; y el aviso

oportuno:"En Londres, Jimmie Hendrix ha muerto de un pasón".

En Sausalito, en el Pelican Harbor, le espera un homenaje, tomorrow por la tarde, a

esas horas en que cualquier freak es un poeta mientras no demuestre lo contrario, con

Quicksilver y Grateful Dead, la muerte agradecida.

Y hay que llenar las botas de pellejo de víbora con sangre de uva de Sonoma y las

alforjas con pasto fresco de Mendocino County, porque la noche será larga, larga y

profunda como un viaje al Sur, a la punta del Sur, a las islas del Sur: piedra de sal.

Un remo de coral, un charco de algas

un norte zumbador que el tiempo enreda

un cielo que se crispa y se desangra

un leviatán que salta, canta, resopla

coletea, suelta un chorro, se sumerge

y vuelve siempre:

un navegar en vilo

de gota en la cresta de la ola

ojo y tacto de luz enardecida

que sueña entre mareas el naufragio

el retorno de los viejos capitanes

señores de las islas encantadas

de la memoria constelada de erizos

y lamas fluorescentes que se crispan

yerbas para el buen viaje marinero









Basta ya impostor, calla y espera, aborda ese bajel a la deriva, arroja de una

buena vez esas cartas al fuego:


-Basta con arrojar una palabra al fuego para incendiar la vida, para volver ceniza

el Mundo.


































Pero baila mi Laila, muévete al ritmo de este blues(Whats up?) que Batoloco

se saca de la maga….:



Chúpate un tum , muérdete un huevo, escríbele una carta a Santoclós,

métete al Barzón, reestructura en Udis, vota por la Cochi con Tacones,

métete el dedo, pero no, por favor, no me la hagas de pedo, que la noche es

joven y ya nos vamos, Bella, Nalga, Torta, Baby, a cabalgar las sombras de los

pequeños dioses que juramos ser…


Arre escribidor arrabalero, arre vida, arre muerte, sobre el lomo del mundo

Cabalguemos. Que a tirar pari vamos, We are going, Gone, we are gong

Gong, gong, a jugar que jugamos a hacer una pirámide en las Playas de Nieve

Calcinada, a trotar en las Praderas de Krystal, donde podrás fildear a toda

madre toda clase de pájaros, atraparlos al vuelo, aún después del crepúsculo,

contra la barda del jardín central de nuestra hora cero: La del Lugar Común y la

Asonancia: “Donde se juntan el mar y el cielo..”



Entre el día y la noche, un parpadeo. ¡Ascuas! Toda una eternidad,-según la

mira y el tirador con que se vea-, Sicario del Demonio, Esputo del Creador,

,Multicéfala Bestia de los Cuernos de Chivo; Apunta bien al corazón de los

Traidores, que polvo somos, y en polvo nos convertiremos.




¡Y que siga y me siga la tambora!!



Petardos fronterizos: Border Boy, Batoloco, escuchen el sosiego de una voz del Sur, Cuarto

Vate, que también en el aire las compone::


Cierra los ojos

sóplale al fuego

moja tus labios

desea un beso

afloja el cuerpo

suelta las piernas

danza entre llamas

sobre la arena

dibuja un nombre

vuélvete ruego

frente al espejo

que te desvela

que no te cree

que te penetra

que te dice al oído:


"Pero mira nomás

mosquita muerta..."




















Mirando el fuego de la hoguera avivarse y morir, canta la Foca la canción de siempre abrazado
a su Ovation, mientras la Laila baila, mientras baila la Laila, y pronuncia las palabras mágicas:


-Pasa la pacha

-Dame las nachas

-Mata la bacha

-Mira qué facha



































Recomienza la Foca en mi menor, al oído de Laila y del amanecer sobre las

ascuas:


Espera a que termine la talacha, dale chance al trajín que se

desvive por ser ritmo y acento rescatables en una página de

papel estraza,buena para forjar colas rabudas o hacer

avioncitos, cucuruchos.


Espera a que termine esta semblanza de mí mismo haciéndome

pendejo,jugando al sabedor de la palabra, al bebedor del mar, al

argonauta merodeador de fondeaderos turbios y encantador de

fieros temporales.


Espera a que termine esta añoranza, que la melancolía edulcorada

es el elíxir de mi Angel Caído que quiere levantarse en tu

memoria, pegar un grito en la punta de aquel cerro, y volver a

incendiar el Paraíso.



Espera a que termine esta aromática sopa de letritas; que hierva

bien la sangre en que se cuecen los nombres que el vapor del

azar pondra en disputa del aura funeral que ronda ya el fogón

del taquero poblano que logró conquistar nuestra frontera.





Espera a que los nombres se desplieguen en fábulas y en cantos

que te cuentan los avatares del sueño provinciano, a ti que no

crees ni en tu sombra y te resistes a ser nombrada -digamos por

ejemplo- Sofía Primera: Reina del Fovisste.


Espera a que me baje lo solemne, a que ponga en su sitio tanto

misterio idiota,y así pagar la deuda de la duda ancestral,

fulgor de certidumbre fundadora: la escritura es un mero

ccidente.                               
               

Certidumbre vertida vuelo adentro, cielo arriba del pájaro que

chilla sin saber que es un ángel suspendido entre el manzano

aquel de la primer mordida, y los hijos de Adán desperdigados.

               
Espera a que me baje de mi nube, cargada de presagios y

tormentas, de humedades salobres, bramidos,resplandores, como

cohetes de feria arrabalera.

Deja que el arrabal vuelque sus cloacas sobre el rostro de dios

y de los hombres, y que sea la mujer la que redima, el entorno

de la nueva epopeya.

Voy a dejar que sigas la talacha de reinventar el mundo con sus

guetos, cotidianos andares que son ruegos, gestos de rebelión

como un sartén ardiendo, con dos huevos sin jamón ni queso.




¿Cuál omlette, mi amor, será  mi desayuno el día en que la vida

exhiba mis honores en la pantalla digital del Centro Cultural de

nuestro pueblo?

Espera a que termine la talacha, semblanza del espejo, del chef

de la fondita de la esquina, de la mujer que pasa por mi cuerpo

sin tocarme, de la casa que vibra henchida de memoriosos polvos,

del armador de aviones, cucuruchos y pájaros de estraza, de la

ciudad, la esquina, el neón, el callejón, la habitación que me

recuerdan a mí mismo haciéndome pendejo.






























Señor Cangrejo tiene sueño.


Cabellera sobre la arena viva:

Zancudos zumbadores, tacto que se abre paso por la duda, remolino del cuerpo.


Cóncavas naves naufragan en la espiral de voces:


"!­Háblenme cabrones, digan algo!"

"¿Verdad que tú y yo somos hermanos, o quizás hermanas?"


Mudez de espinas en la brecha a Ensenada de Muertos.

Viento frío de mayo luna llena que al tapar el oído nos deja aquí en suspenso,

devolviendo los besos, vomitando el amor, cabalgando la yegua de la noche.


¿ Bajamos ya el telón de humo

cortina de vapor

sombra del bajamar

y la leyenda:Fin?























-Con sangre del crepúsculo en el pico, las auras vuelan hacia la noche.

- Cruje el vientre de la maga, la bruja, la hechicera.

- Un sol oscuro se asoma entre sus piernas.

- Son las seis de la tarde…

-La tarde: Esa manzana que escondes en tu carne.












DIA DE LA FUNDACION


A las seis de la tarde de aquel 3 de mayo inmemorial, salió con un paliacate anudado al cuello para protegerse de los malos influjos del eclipse y reconocerse en los patios de la infancia.

La abuela lo observaba desde la terraza de la Casa Mayor descifrando en la forma de caminar del nieto extraviado,del hijo pródigo recién desembarcado, los trastornos producidos por los años de ausencia.


¿Qué yerbas fumaría el condenado? ¿De qué polvos, lechos, luces, sombras, cuerpos, muertes, habría regresado?

Esos pasos se los sabía de memoria, ese andar aparentemente

impreciso y sin embargo fluido como danza.


Podía deletrear- ¡que para eso era la abuela!- las sonoras imágenes que se agolpaban en el camino del

retorno:

“Inmóviles los remos
apagadas la velas
se hacia tarde y el cielo
era un templo desierto

Daba vuelta la quilla
En el fondo del mundo
Y un clamor de mareas
Avivaba el incendio...”



Podía seguir sus pasos hasta los más caprichosos escenarios y desaparecerlos en un parpadeo.

Que para eso era la abuela, la nana, la maestra de las primeras letras, la vidente de los fatales presentimientos.






Serpentea la escritura de sal sobre el muro del malecón, baja por la escalera de cantera, se funde con la arena de granos finos y brillantes y con la lama tersa de la orilla.

La sombra de un cardumen pasa en un parpadeo y envuelve el lúdico fulgor de los policromados
muleginos.

Camina bajo la danza de las auras, muy arriba en el cielo, sobre un mar sin olas. Toma un puño de arena, lo huele y lo aprieta contra su corazón. Agua salada le corre por las venas, savia del mar Bermejo, del mar a secas.

Día de la Fundación: el Viosca pita en el muelle con la banda a bordo y lentamente se desliza hacia el centro de la bahía.


El Viosca vuelve a mugir como un toro en agonía y arranca el estruendo de las tubas y los tamborazos.

Bajo una aureola de humo la atiborrada cubierta del ritual. Honor a los ahogados, a los náufragos, a los destinatarios de esas lágrimas de mujeres que esperan en la playa.


A la altura de la Huerta del Cocol, sobre las pangas y las canoas varadas en la orilla, la cofradía de Carambuyo Bill disfruta del espectáculo con especial alborozo: palco de honor en célebre escenario.

El primer cañonazo de las fragatas fondeadas en la línea del Canal, los hace retumbar en una carcajada.

De repente callan, se pasan la pacha, murmuran.





-Se está  sofocando

-Huele a tierra mojada

-A dátiles maduros

-Hace mucho que no se ponía así

-Desde el velorio de la francesa

-Desde el incendio de la tenería

-Confundes las fechas

-El tiempo te confunde

-Desde el bautizo del Chunique

- Cada cabeza es un mundo

-Vete a mear más lejos

-No salpicarás la confusión de tu prójimo

-Tarás muy newport

-Sí tú pues

-Ya empezó el piano

-El Cocol

-Pobre...

-El vals de los ahogados...

-Las músicas se confunden

-Qué desparramadero de pájaros

-Sí tú pues

- Morir soñando

-Himno de San Ignacio

-Ya está  el simple

-Pasa la pacha

-Ahí viene el Korrigan ...

-Dame las nachas

- Te irías en el San Jorge

-Mata la bacha

-Emerjo con el Viosca

-Mira qué facha

-Echa tú las cartas

-Te toca a ti.
































Eche usted las cartas, mi Cocol, espárzalas como abanico.

Reapártalas como Dios, los paisajes y los panes…


Los destinos, pues….



























Baja Times


FUMARSE un porro de “chocolate” marroquí–obsequio de un viejo

capitán recién desembarcado–,en el 110 del Hotel Plaza de la

Calle Mayor.

(Cuatro Crujiente,mi hogar aquí y ahora,¡ampárame!).


Ofrenda del Magreb para la Antigua California, la del Mito y el

Narcomitote de las Playas de Nieve Calcinada.


Oh Baja! Magnificent Peninsula!

Gran Ballena varada a orillas de América.

De Tijuana a San Lucas, un Arco Iris. Una enervada brisa de la

Revolución al Boulevard Marina. Del Mike’s al Cabo Wabo. Del

Bordo a la Playita del Amor.


El pueblo de cardones con los brazos al cielo –Jesus Christ!–

reverdece. La espina muere cuando la flor dilata sus pétalos de

sal iridiscente.

Oh Baja rumorosa:

Rumor baja

la Baja
deleitoso:







Regresaron cargados de una suave embriaguez esta temporada...Su

pulpa agridulce es la carne de Dios. Corrió el rumor y se

dejaron ir, se dejaron venir: Mariposas de FRISCO. comediantes

de Elei, cholitos de Tiyei, piratas de Ensenada


¡La horda fronteriza! Límite de sí misma, como el Agua Cero que

Cae y disuelve las brechas, las vertientes del tiempo, los

estanques posibles, los espejos.


“Te ponen hasta atrás, hasta la madre”

¿Y?



Que doblan las campanas de Loreto y el cristal de las Torres de

Aguacaliente cruje y se apaga. La urbe se adentra en otra noche

de cuchillos largos y cuernos de chivo.


Giran entre el azul y el rojo las sirenas. Gimen y cantan de

espaldas al Océano. La Madre Perla se abre. Salta una lágrima de

plata sobre el fondo del Golfo, entre ardientes corales.
Allá abajo, las proas del naufragio. La sombra de una cabellera

enredada en el Puente de Mando. Los ojos del vigía a la deriva.

Allá arriba, los fantasmas del Yonke alebrestados: De las ruinas

del Cadillac saltan a la defensa del Pick Up O a la portezuela

del Toyota. Danzan entre los fierros retorcidos y los espejos

rotos.


En la radio la música se apaga y se enciende la voz del locutor

con la noticia de Último Minuto:

En el hipódromo galgos y caballos han sido dopados. La pista es

de cristal, resbaladiza y transparente. Devoradora. En los books

se han cerrado las apuestas: Ni Trifecta, ni Exacta, ni Cinco y

Diez…

Baja Uno
Baja Cien
Baja Mil
Bajamania

I’d rather be in Baja!

Baja Taco

Baja Fish

Baja Curios

Baja Dream

Baja Beach

Baja Flash

Baja Bug

Baja Telos...

Salta, oh marlin de pico coralino sobre los Baja Rainbows.

Sobre la cabellera del Viet-Vet que ante una postal de Sausalito

sonríe:

El Golden Gate cubierto por los humos de la yerba quemada en el

Altar del Filmore West la noche de The Cream, la noche de la

Janis y Big Brother, la noche de Santana y Grateful Dead.


Y luego la larga marcha al sur.


Seis de la madrugada. Kerry, el guía, prepara la excursión a la

Cueva Pintada. En los cristales de su vieja Carroza(una Van

70)se diluye la escarcha. Cargada su mochila de campaña de

dátiles maduros para la resolana y la subida, pasa lista:


La pareja de Seattle (Second Marriage)

Los cibernautas de Berlín

Las ancianas de Eureka

Las chicas de Quebec

Los mexiquillos cantarines


Let’s get it on, oh Kerry! (He left his heart in San Francisco y

enterrará su culito rosado en Mulegé). Es hora de partir, ¡oh

desvelados! Que allá arriba, en la sierra, los monos de la Cueva

de los Monos, también se desperezan.
Y es hora de volver: volver al puerto que te llenó de luz y

cultivó tu lengua.


Volver: de Fez para la Bella Cenicienta, previa gira

europea. ¡Oh, Iberia, la Infiel! La de la Eterna Reconquista

Cultivadora del instante y sus mercados con los nervios de

punta.


De Algeciras a Atocha, de Atocha a Sants, de Sants al Casco

Viejo, un fragmento de eternidad: Allahu Akbar!

Incienso que recorre las cúpulas de la Ciudad Condal y su

vigilia al rojo vivo: Resplandor del Rioja en labios de una

barcelonina de ojos profundamente negros y cuello blanco de cine

modernista.


Esencias memoriosas que emergen del Mons Taber, penetran el

laberinto del Barrio Gótico, se arremolinan en los portales de

Plaza Real con cenicientas alas de paloma, y se posan sobre los

hombros del Colón de bronce salitroso que vela sus memorias

frente al abismo del Mediterráneo, en los linderos de

la Zona Franca y el Barrio Chino.


“Toda la noche oímos cantar pájaros”


Deletrea la hija de San Jordi con la sangre del Rioja entre los

labios.

What’s up, Mister Melancolía?


¡A sacudir la jerga! El camino a casa es un beso con sabor a

damiana.

La yerba de la vida, la yerba del amor, la yerba de la sangre

caliente, amotinada.


Eco del caracol: Oh Baja! The Magnificent Tale! Give me my

turtle eggs, la Caguama bien fría, el Trópico de Cáncer, los

dátiles del sueño, the San Pedrito’s waves, las uvas de Santo

Tomás en el umbral de la noche fronteriza.


Oh Baja!

Baja Blues

Baja Rainbow

Baja Sun

Baja Times

¡Baja Té!




Después de un desayuno de huevos con machaca, tortillas de

harina y café negro, sales a dar un rol por las calles del

puerto, henchidas de luz mediterránea y perfumada brisa del

Pacífico.


Escala en la Ramírez para comprar el periódico de ayer (El de

hoy nunca llega). Febrero del 94: Marcos en todas las

portadas:“!Soy un mito genial!”, grita el subcomandante desde

algún lugar de la selva Lacandona y México se cimbra de Ocosingo

a Ensenada.


Boom de la literatura de emergencia: ¡Qué intenso fulgor trágico

el de esta novísima novedad de la patria!


¿Héroes a la altura del arte de la palabra flecha, de la palabra

flor, de la palabra olvido, de la palabra fuego, de la palabra

muerte?


¿Quién perdona a quién?


El evangelio según San Marcos, el profeta, el poeta rebelde que

a los cuarenta años –Zarathustra revisited– bajó de la montaña

hacia la catedral de San Cristóbal a negociar la paz y la

guerra, la vida y la muerte, con su pasamontañas negro y su

mirada clara.




Y en pleno protocolo saludó al mundo envuelto en la bandera

nacional:

El águila devoraba a la serpiente mientras que Super C alcanzaba

un pedazo de verde en el último instante.

“Para nosotros nada; para todos todo”





Chiapas, tan lejos y tan cerca. En cada mexicano más o menos

Jodido se esconde un zapaneco. En cada india mixteca que desde

San Quintín, Valle de Oaxacalifornia, llega con sus críos

panzones y chorreados a vender “chingaderita y media” en la

Calle Primera.


Pero ahora volvamos al trajín de la verbena fronteriza donde

todos jugamos a ganar un buen día, una batalla más en la guerra

de los cinco sentidos.


–¿Cuál de ellos domina cuando se hace el amor?

–Ninguno, todos ganan

Qué lejos y qué cerca está Chiapas, don Benito y demás héroes

del hemiciclo del bulevar costero.

Ruge una escuadra de motociclistas vestidos de Hells Angels. De

Muy cosmopolitas los muy putos. Los batos con sus trajes de piel

negra y sus morras en ancas. Largas y rubias cabelleras en busca

de un poco de Sur crepuscular


Generación sin flores, duros, heavy metals, tránsfugas del

futuro, pasan frente al Riviera que se les queda viendo con su

mirada en blanco y ocre de joya colonial californiana.


¡Pinchis gringos mamones!

Mira que no pararse a contemplar nuestra reliquia,ex santuario

del juego y capilla del drama cultural de este puerto feliz.


Time for a break

Volver al mar

Volver amar




Hora de refinarse una cerveza en un acto ritual frente a la

rada, en íntimo homenaje al océano y su embriaguez de leviatán

que canta y danza.

–Hola compita, cómo te pareces a un hermano mío, el de la voz de

trueno, trovador de estos rumbos. Invítame las ostras, hazle una

seña al trío, cántame Un mundo raro si quieres que me quede a

seguirte la huella.

Comprar un six de botes colorados y enfilar rumbo a La Bufadora,

como la tarde que enterramos a la nana Juanita.


Nana Juanita duerme bajo la tierra colorada

Nana Juanita debe tener frío

Nana Juanita, suéñame mientras te canto una canción
al filo de tu lápida

“Di que vienes de allá, de un mundo raro...”



Háblame del abuelo y sus manos de pianista,de su inconmensurable

sed de ave nocturna, de su temple de yaqui en el exilio, de sus

habilidades de plomero.

Cuéntanos de aquel tiempo de Los Angeles y de la muerte de tu

único amor a la edad de Cristo, su tocayo Jesús: recuérdanos

desde tu muerte profundamente muerta.

Enséñanos de nuevo a no llorar cuando parten los barcos y se

pierden tras la ceniza de la tarde con la tripulación diciendo

adiós desde cubierta.


Nana Juanita, concubina de Dios (te plagian, Jaime),ruega por

nosotros,que ya mi hermano menor y yo vamos rumbo a La Bufadora

a ofrecerte una lágrima.




Esta mañana de febrero, en el Mercado Negro, el mar vuelve a ser

esa metáfora olfativa que cala hasta la médula del ser

peninsular.

Bendito seas aroma de pescado, de vísceras crujientes, almeja

viva como el culito retozón de las niñas del puerto.


–Deme otro, doñita, de patemula, con un mucho de todo para

sentir el cuerpo en tierra firme y recargar la batería, porque

esta noche el señor dice que irá a cumplir con sus deberes de

hombre.

(Alguna meserita de uno de esos bares del Bajío con la que soñó

anoche)

–¡Qué no dice el señor!, tan mentiroso, tan borracho, tan

agridulce, tan mariguano, tan no sé cómo.


Dice que hubo una noche en Las Playitas(¿O fue en Playa

Hermosa?),alrededor del genio embotellado de don Santo Tomás, el

fuego de una hoguera y una guitarra querendona en que una

chicanita de lengua quebradiza y salivita dulce, de coñito

apretado como calzón de luchador–con perritos y toda la

costura– tendida sobre un lecho pedregoso le llamó y le dijo:


“Te chuparé tu sangre de uva suave, tu savia peyotera. Nuestro

hijo se llamará Euforión. ¿Por qué tiemblas?”


Y dice el señor–¡Oh mister Moonlight!–que ahora, tonight, irán

al carnaval a bailar en alguna bocacalle, a pistear al Hussongs

donde una gringa vieja pide Cielito lindo por enésima vez, otra

tequila y otro beso al galán.


Y mi carnal Lombillo cante y cante. Los poetas–dice el compa

Carlitos Baudelaire– se dan hasta en las mejores familias.

¡Viva la diferencia! Entre los hijos del usurero, del político,

del profesor, y los hijos del poeta, se abre el abismo de la

noche poblado de cardones parlantes.


El canto de la ballena jorobada que cruza la bahía de Todos

Santos rumbo al sur, hacia los puertos donde esperan las viudas

de siempre con un crío en los brazos, en la playa de siempre, el

regreso del viejo capitán.

¡Canta ballena jorobada, fantasma gris! Los herederos del

patriarca Jordán saludamos tu canto, tu paso de ola viva, la

estela de tu navegación. Raya en el agua de la memoria del

viajero.

¡Loor a los herederos del Dios-Diablo! Ojos de neón de la noche

de Tijuana, corazón de guijarro de El Sauzal, Sombra de San

Luciano, duende de los tiros del Boleo, pirata náufrago de la

bahía de La Paz.




Los hijos del poeta piden otra tanda de música y de vino.

¡Viva la diferencia!

(Nana Juanita, ruega por nosotros)



Tres arlequines fellinescos tiran sus redes sobre un grupo de

Marinos coreanos que no saben que hacer ante tanta puteza

occidental. Crece la multitud frente a la barra del Hussongs; se

concentra en sí misma, enervada por el olor a brea, a orines de

borracho, a víscera de mar.


Y la ruca gabacha terca, terca, pide otra margarita y otra tanda

de Cielito Lindo.


Abrazada al galán, nativo y con arraigo, recién engatusado, la

escucha como si fuera la primera vez.

Nuestros rostros de ahogados flotan en el espejo de la

Contrabarra, y el Hussongs es un barco que se hunde con las

luces prendidas.



Volver al carnaval. Al desfile de las últimas máscaras.

–¿A que no me conoces mascarita?–

Listos para el acto final en el puro corazón de la noche.

“Vine a Ensenada porque me dijeron

que aquí vivía mi padre...Un tal...”


En un lugar de Ensenada

que se llama Punta Banda

hay una ola

que canta, que ríe y que llora

le dicen La Bufadora

Gimes, eres una mujer de agua doliente

mariposas de sal danzan en rito subceleste

la noche grávida bebe la lejanía

Así quería verte

sola y a solas

ascendiendo y bajando

estallando y muriendo

como la vida misma

Aquí se puede creer en Dios

Gira ya el Mundo

–el verdadero hijo de Jesús–

sobre su propio eje
¡Éjele!









UNA ALTRA CERVESA SI US PLAUS


I..-Preludio en Joaquim Costa


Exhibe la pieza del rompecabeza su fragmento de paisaje: El vecino que escribe en una

habitación con la ventana abierta es la imagen que falta para completar el cuadro de esta

delirante simetría del Casco Viejo.


La tarde fluye densa como la sangre del toro y del torero andaluz rememorados por un

camarero sevillano de un pub de Hospitalet de Llobregat la electrizante jornada del viernes por

la tarde al calor del copeo y del dominó.

Densa como la saliva y el bigote del agónico Dalí y los colores fragmentados del menú del

Catr Gats. Como el vino barato de La Puntual que explota en las lodosas arterias

de los vecinos de Joaquim Costa, Tigre y La Paloma en la noche de San Juan.


Como la mirada de la gitana de Las Ramblas que lee las cartas al Sudaca: regresaràs con las


manos vacìas y el corazón bramando...”


Densa como el incienso de Catedral y el fluido menstrual de las monjas que se confunden con

las palomas en el centro de Plaza Catalunya.

Como la trama existencial y la voz del vecino que desde el piso de arriba grita peleando con su

perro y engolando la L como buen catalán:


"!Tranquilo, tranquilo!"

Un aire húmedo entra por la ventana, alborota los folios y la cabellera del hombre que

continua escribiendo o fingiendo que escribe (se aceptan apuestas) a la orilla del mundo:


Un ciego avanza hacia la boca oscura del metro de Passéig de Grácia

Tres contertulios juegan dominó en el Admirall y en el 417 del hostal

Cisneros de Aribáu y Aragó un adolescente peruano se averguenza de

su paìs y se masturba con la TV encendida en el noticiario de Armida,

el de las 10: Otro atentado en Lima....


La policía ronda el Barrio Gótico y la sirenas se repiten por toda la ciudad.

Estampida de murciélagos en las buhardillas de Monts Taber. Tres moros huyen

cantando letanías del Magreb, cruzan la plaza de Saint James y se sumergen en las

cañadas de los callejones.


La voz de Jordi, el vecino, es guía:


¿Dónde las cuatro columnas del Templo de Augusto y los grandes pedestales

de los alrededores?

Estampida de "camellos" en Plaza Real, como en el sueño de San Paciano:

Y los habría aun que con alcohol se abrillantarían las cejas y con postizo

resplandor se esmaltarían las mejillas y con carmín se enrojecerían los

labios.

El viejo campanario despierta del letargo y la torre dorada se estremece.

San Jorge y los Doctores de la Ley, de Hollarè y Claperòs, también

despiertan.


En el jardín vibran los  árboles, graznan los gansos y se deslizan como un

signo de interrogación los cisnes.

Tabla del Bermejo, Cripta de Santa Eulalia, Cristo de Lepanto: Ojo con esa

otoñal dama que se despereza junto al cuerpo dormido de su amante: El

ultimo borracho de la noche.


Un  árabe converso se confiesa después de un viaje a "caballo" por los siete

pecados capitales. El cura tiembla al escucharlo a través de esa malla curtida por

los alientos encontrados del pecado y la misericordia.


Hoy habrá  reunión en la casa de Cristian, el poeta chileno. Cuatro

escritores leerán sus trabajos y luego irán al Pressing, un sitio de los rumbos

de Paralell, a tomar unas copas.


Una señora ofrece clementinas a cien pesetas kilo en el mercado de la

Boquería Alguien compra un billete en la estación de Sants hacia París.

Tres, cuatro jeringuillas en una sola acera de la calle Aribáu

(Ayer murió otro crío de 20 años en un hostal del puerto, informa La

Vanguardia).


Colón sigue en su sitio, apuntando hacia el mar que azotaba su frente. En la

universidad Central los estudiantes comentan el rumor del Estío: El caso de la

Extraña y Gigantesca Ave que sobrevuela la Ciudad Condal desde hace

varias lunas:

"Ha sido vista vistiendo calcetines de rombos; posada en una

gruesa rama de  árbol emitiendo raros sonidos cacofónicos y volando al

amparo de la noche. La leyenda del Fénix, en Egipto, tiene que ver con el

sol, aunque es un ave originaria de Etiopía. Sus periodos de vida son de

500 a I. 461 o 12.954 años. Es pareja a un  águila y su plumaje ostenta los

más bellos colores. Es una en su especie;no pudiendo reproducirse como

los demás animales, puesto que impregna el nido con su semen,

naciendo enseguida el hijo; el cadáver del padre era reconocido por un

sacerdote que lo cotejaba con un dibujo de sus escrituras sagradas, y si

el reconocimiento era positivo, era quemado.

El hijo, nuevo y singular Fénix, volvía a Etiopía.

"El nacimiento de un Fénix, según astrólogos, simboliza el principio de un

gran año sideral...Una señal significativa."



Ha estallado la guerra y la señora del puesto de periódicos más contenta que

nunca. Un rap en catalán suena en la radio: "Una altra cervesa si us plaus..."


En los muros del Pratt de Llobregat brilla una consigna:"Destruye y huye!"

Otra más en la puerta del servicio de un bar: "!Puta Espanya!!"


Por estas mismas horas, la escritora, Ana María Matute, vuelve a la vida

pública y ofrece una charla en cierta Aula Magna.


Habla de una ciudad perdida pero no olvidada: Ciudad Condal, Ciudad de los

Proyectos: Barcelona y su vigilia al rojo vivo.






II.- Ramblas Blues



Desconocer al otro, a la otra, reconocerse en lo desconocido. Salir, desde el rincón del

fondo, reinventando la ruta entre las mesas. Alcanzar la banqueta. Y leer en los restos

de la noche, la novela del sueño colectivo.


Has cruzado la acera de una costa a otra, y te sientes el mar, un mar espeso, turbio.

“El mar más muerto de los mares muertos”.


Quisieras cometer el sacrilegio del musgo, que penetra la piedra, la habita, la

transforma. Creer en el más alto milagro de la fe: bastante ha hecho el hombre con

ponerse de pie, y conquistar el reino de unas cuantas costumbres.


Seguir el rumbo de los callejones bajo el soplo del hasch…

Arrojar tres monedas en una pandereta, y admirar la conversión del mimo en una

Estatua. Darle la vuelta al mundo en bicicleta por la ruta indicada en el mapa del ciclista

Danés. Escuchar la oferta del camello marroquí, y su vibrante zoología fantástica:

tigres, burros, yeguas…


Viajar en la mirada de las brujas, precariamente asidas, a pelo, del caballo…

Sentir un sudor frío al rozar el perfil de una gitana, y su mirada terriblemente oscura.

¿Qué le dirían mis manos, las de la abuela puta de Carrer de la Verge, las del joven

Artista que sale del Liceu con paso titubeante?






Confabular las lenguas. Hablar todas las lenguas. Y asistir al combate con la

certidumbre de Dios, el primer día. Creer en el espacio que se descubre y en las

horas que se conquistan…sin mirar hacia atrás, en busca de la mujer que te sigue los

pasos.


Seguir al pasajero del metro de las doce hasta una estación desconocida. Subir las

escaleras contra un viento helado que castiga la frente. Salir a una avenida de

iridiscentes grifos y lentas fumarolas, y ponerse a orinar en una esquina, como quien se

desangra.

























III.-JORNADA EN PLAZA REAL



La melodía de "Una pálida sombra" circula, crece, penetra por entre las mesas, las columnas,

los balcones, las palmeras de Plaza Real.

La guitarra eléctrica del anónimo músico es el centro imantado del acceso nostálgico por el que

atraviesa buena parte de la clientela de La Glaciar.


Maho está a dos mesas de la de Jordi compartiendo con una pareja de aspecto nórdico.

Jordi pide otra copa de vino blanco. Maho tendrá que cumplir con al promesa hecha a Jordi días

atrás, de reponer en la próxima ocasión la ración de chocolate - del nahuatl xocolatl, piensa

Jordi sintiéndose más culto que Octavio Paz- escatimada en una operación de mil pelas. ¡­Que

Alá ilumine a Maho, la memoria de Maho!


"Los árabes son traidores porque en el fondo se han dado cuenta de la tragedia de su

religión: negar el mundo", le había comentado a Jordi un espontáneo compañero de marcha

nativo de Salamanca, en ese mismo sitio hacía unas cuantas lunas. Pero Maho es un

comerciante, un Mercader y la ética, la lógica comercial en la era del marketing, no admite,

cuando menos a la primera de cambio, la traición al cliente, el alma del negocio.


Digamos que a Maho se le puede juzgar como un mercader de gran dignidad profesional. Una

cualidad misteriosamente relacionada con la vulgaridad de su tipo humano; con una refinada

maldad sustento y razón de su superviviencia.


El músico sigue en derroche de melancolía, envuelto en los efluvios nostálgicos de los fab

sixties y la Generación de las Flores.


Jordi golpea acompasadamente con sus pies las viejas baldosas del piso de la plaza y trata de

seguir con afectado acento liverpuliano un pasaje de Michelle….


Su mirada está fija en el verde opaco de las palmeras y su oído atento, prendado de una

conversación que se desarrolla en la mesa de al lado.

"!Qué mirada, tío, que me calientas!...", le había dicho minutos antes una chica como de unos 16

años. La misma que ahora, desde el fondo de su embriaguez, le dice a un tío gordo y calvo, con

pantalones cortos y camiseta sin mangas que comparte con ella y una señora con aspecto de puta

veterana, de madrota, que lo que la niña más anhelaba era " ser madre y estar enamorada del

padre de mis hijos".


Jordi no resistió la tentación y volteó a ver la mirada y los labios de la niña: Un espectáculo de fuegos fatuos se agolpaba en sus ojos azules, un verso indescifrable resbalaba por la humedad de sus labios. ­

“¡Dios te guarde dulcísima y fecunda saliva! ­¡Que salves las trampas de la noche, misteriosa

brujita!", apuntó mentalmente Jordi a punto de transformarse en el poeta y periodista Axel

Lontano, uno de sus heterónimos consentidos.


Y al fondo, muy al fondo, aunque en la misma mesa y a un lado de la brujita ebria, la siniestra

figura de la matrona con vestido floreado y un rictus malévolo en el rostro. Luego, el

asqueroso maricón regordete llamando al camarero.


-­¡Una altra cervesa, si us plaus!


Y Axel que se embarca en una infumable parrafada:

"Con la venia de la putísima y del maricón, yo diría que esta bellísima e inocente

criatura se fuera a casa, aligerara su tierna humanidad despojándose de los entallados ¯

vaqueros, y pusiera un disco con los mayores éxitos de Julio Iglesias.


“Y ya con el sentimiento en su máxima expresión, a la altura del sexto o séptimo orgasmo,

escribiera un poema que seguramente sería un buen candidato a ganar alguna de las Flores

Naturales que tan pródigamente se reparten en este país...

¿A dónde querrán llevársela la putísima y el maricón a estas horas de la madrugada?


"Venga, venga, gente vulgar, denle una oportunidad a la poetisa y de paso

obtengan una recompensa cívica, moral y religiosa, por haber consumado un

acto patriótico. ¿Qué no saben que España está urgida, en pleno trance

modernizador y europeizante-valga la redundancia-,de otra Rosalía de

Castro? ¿En qué tenebroso callejón moran ustedes, híbridos, absurdos,

fragmentarios, terriblemente reales? ¿A qué sabe la fiesta de sus

corazones? ¿Podrían ustedes simular la mirada del padre y de la madre

aquí y ahora? ¿Unas cuantas palabras de amor para la niña y para la

mujer?


"La utopía de la palabra ternura está al alcance de la fe: esa otra niña

que cruza las comezones de la víspera en una embriaguez que también quiere

ser madre y estar enamorada".






"Cursi y moralino has estado," apunta Jordi sobre la servilleta, enfrentando a su compinche

fantasmal con una sonrisita que quiere ser frívola.

El mesero suizo llega con otra copa de vino. Huele a chocolate caliente. Caliente como la

madrugada.


Un paisaje marroquí con muros blancos y mujeres veladas se abre paso con

la misma fluidez que el Rioja en la humanidad de Jordi-Axel.


Un niño recorre una calle de tierra larga y sinuosa. El sol- ­desde luego, ¡el sol!- cae a

plomo.

Una parvada de palomas busca aire en las alturas. Algunas se desploman en el intento. Por

la ventana entreabierta de una habitación, se vislumbra el perfil de una mujer pronunciando

una oración.


Sus palabras son también palomas en busca de aire, en busca de cielo.

El niño, después de haber desaparecido calle abajo ¿o arriba?, vuelve

sobre sus pasos con un llanto desgarrador. A medida que se acerca va

creciendo en tamaño y en años. Trae una paloma entre sus manos. Sí, debe

ser una paloma.

Una paloma muerta, blanca, muy blanca; el contraste es terrible junto a la

piel del moro.


El niño es ya un viejo cuando se detiene frente a la casa de la mujer. La

paloma ha desaparecido. La mujer ha desaparecido. El viejo permanece y se

petrifica. Sobre su cuerpo de piedra se posan ahora pájaros de exóticos plumajes

y de inéditos cantos.

Un coro de voces femeninas se derrama en la soledad salobre de

la noche: es un canto suave y letal.


Hombre y pájaro se derrumban sin estruendos, como una cascada submarina.

Entonces, todo vuelve a ser la calle, el niño, la mujer y las palomas del

principio.


Maho ha reconocido a Jordi y ya viene en camino hacia el cliente. Se

sienta a un lado y le muestra varios trozos rectangulares de chocolate.

Le da a escoger. Jordi compara dos de ellos y elige el que considera más

grande y macizo. Saca de la bolsa del pantalón un billete de a mil y se

lo entrega ceremoniosa, subrepticiamente a Maho.

El niño, el viejo del paisaje marroquí sonríe y ofrece su mano en forma de saludo, hace un

guiño y se despide:


-Que te he dado uno de a dos mil ¿eh?.


Maho se desliza como un brujo, como un duende entre las mesas, entre la

abigarrada humanidad y entre la música; aparece y desaparece bajo los

humeantes arcos de la plaza; se pierde, al fin, por esa calle larga y

sinuosa (la canción no ha terminado) de su vocación y de su oficio. Sus

pasos silenciosos y seguros son toda una lección de sabiduría y poesía en

actos. Una oscura belleza se agita en su mundo moral.


­



¡Alá bendiga a Maho! ­ ¡Allahu Akbar! ­Que esta noche el bienamado Maho no

sufra ni hambre, ni sed, ni calor. Que salga de su mezquita real y vaya a

beber unas cubatas a La Opera y otras tantas al Zurich. Que encuentre una

mujer que le haga sentirse Rambo, Dick Tracy, Batman y le borre del alma

todo rencor a la Sadam Hussein; que esa noche sea larga, larga, larga

como la que anhela Lucho Gatica en Reloj, el bolero. ­Que de Maho sea el

reino de los senos…


La versión de "All you need is love" se acidifica en manos de este

compañero de viaje generacional. Jordi vacía lentamente el contenido de

un Camel. Abre cuidadosamente el papel siguiendo el lineamiento de la

pegadura y lo rellena con parte del tabaco extraído. Toma su mechero

color marron comprado en Vips- ­¡qué radiante lucía aquel pequeño

artefacto sobre la mesa de aluminio!- y saca el trozo de chocolate.


La flama envuelve el oscuro, resinoso rectángulo y los dedos de Jordi-

sin complejos rituales, simplemente con destreza artesanal- empiezan a

esparcir la materia sensible sobre el surco expectante.


Dos policías de porte elegante y altivo y mirada y olfato indiferentes a

los grávidos humos que se extienden por las cuatro esquinas de la plaza,

pasan a un metro de la mesa de Jordi: Vivos símbolos de la tolerancia

democrática! ¡­Qué Alá también bendiga a los príncipes del Orden! ­




Que la paz que da el Orden, sea con vosotros, caballeros, y que el reluciente metal de sus

pistolas no olviden jamás que el sitio donde mejor se admira la violenta belleza de su mensaje

es allí, justo a la altura de esas portentosas caderas y perfectamente aseguradas en el

curtido cuero de las fundas.


Que su ronda de esta noche y las que vengan, sean de una diáfana tranquilidad y fe en el mundo:

que cada paso suyo sea una meta si dejar de ser paso, y que los siete pecados capitales

acechantes en la delirante mirada de una multitud escandalosamente abigarrada y mestiza,

raza cósmica, pasen por obra del amor, de la piedad, de la misericordia, a ser parte de una

noción moderna y superior del Orden General de los Seres y las Cosas.


Jordi toma los cigarros y el mechero marrón y se los coloca en la bolsa de la camisa. Hay una

plenitud de melodía templada a fuego lento recorriéndole el cuerpo. Se pone de pie y se dirige

hacia el guitarrista..


Se trata de un hombre cuarentón, medio clavo, con anteojos de fondo de botella, y sonriente

mirada avivada por el intenso itinerario musical.


-¿Flash back?

-Flash back


Jordi deposita en el estuche de la guitarra, abierto como un pequeño ataúd a ras del suelo,

una moneda de a cien y se envuelve en la certidumbre que deben sentir los hombres justos:

los que saben admirar y agradecer la oportunidad de vivir, el milagro de ser.





Bajo el portal de un hostal residencia para jóvenes, un negro con el demonio adentro se retuerce

en el suelo apretando en su puño derecho un fajo de billetes mientras que de la otra mano se

desprende una jeringuilla.



Una guerrilla de turistas japoneses pasa como un fragor de ranas.

­He aquí una buena foto, señoras y señores orientales, un típico cuadro de Occidente, tan de

moda. ¡Preparen esas esas cámaras!.


Una puta de dientes amarillos que podría ser su abuela le dice: "¨¿Vamos, majo?" Tres, cuatro,

cinco, camellos, le abruman con su oferta, esa vibrante zoología fantástica: "Caballo",

"Burro", "Yegua..."


-Paso, paso...

®
Haciendo acopio de lo más refinado de su españolísima sensibilidad urbana, (­¡El ruido es una

demostración de vitalidad nacional, coño!) , intenta superar un trance taquicárdico provocado

por el estruendo de una flotilla de motos con el escape abierto.


Jordi está a unos cuantos pasos de La Rambla de Santa Mónica y la noche empieza a confesar

sus pecados al día.


-¿Vamos, majo?









IV.- La noche del gilipollas


La Cataleona apoya la cabeza sobre las piernas de Helios-alter ego de Axel
Lontano- mientras con una mano sopesa, acaricia el sexo de Jordi. En la última azotea del Cisneros- donde están las antenas de televisión, la caseta del sistema de calefacción, donde nadie se atreve, mucho menos a esas horas de la madrugada- una brisa de montaña y mar sopla al fin después de un día
africano.
Jordi se deja querer y desliza los dedos por el cabello de oscura
brillantez de la Cataleona, que ya empieza a dar mordiscos sobre el
pantalón a la carne que se inflama, se hincha, se yergue hambrienta,
tan llena de sí misma como una de sus palabras favoritas: flesh.
Carne viva que crece y desborda el bozal del slip.
Axel desliza una mano hacia el plano estómago de la Cataleona y se
entretiene en la fina hendidura del ombligo. Rozando furtivamente la
almeja viva de la entrepierna, extiende la aventura del tacto hasta los
muslos. Le sube lentamente la falda regocijándose con el espectáculo de
una piel blanquísima y bien nutrida que brilla con luz propia en la
intemperie nocturna.
La mano de Jordi se detiene en la saludable redondez de las nalgas.
Introduce dos dedos bajo el bordo elástico de la pantaletas y le da un
pellizco querendón muy cerca de la herida que jamás cicatriza (¿Dónde
habré leído algo parecido?)
Las encendidas yemas detectan una ligera pelambre crispada y una piel
recorrida por un escalofrío. Inicia el descenso hacia el ojo del ano. La
pendiente es resbaladiza; los jugos vaginales se desbordan. La Cataleona
tiene entre sus labios la polla de Jordi y con una mano acaricia los
inflamados testículos de Helios.

Besa el tallo carnoso a lo largo y a lo ancho y trepa con su lengua a la cúpula
lloriqueante, babosa, enigmática como un sol nocturno.


Lo succiona con fuerza, con rabia, con guerrera ferocidad cuando Jordi
introduce la mitad de un dedo en su estrecho agujero. La Cataleona desliza
su lengua hacia los testículos de Jordi y Jordi busca con otro dedo la
gruta de la vagina. Su mano se transforma en una herradura de carne al
rojo vivo cuyos puentes paralelos se entierran en la entrepierna de la
mujer que ha empezado a gemir, a temblar y a repetir uno, dos nombres
propios: Jordi, Helios, Jordi...

Súbitamente, la Cataleona se incorpora y busca el cuello, el pecho, la
boca de Jordi. Helios le abre el corpiño y se prende de sus
senos; baja su lengua sobre el plano vientre hasta topar con la cresta del
clítoris. Lo muerde y lo succiona; siente la humedad salitorosa de la
hembra hervir en sus labios, en su garganta, en todo su ser.
La Cataleona lo tiene asido de los cabellos herida de muerte orgasmal.
Jordi-Helios se incorpora y contempla el cuerpo de la Cataleona con las
pantaletas hasta la rodilla; la falda remangada alrededor de la cintura y
la blusa abierta. Clava la mirada en la oscuridad de la vagina y la
rotunda blancura de los muslos.

La Cataleona le pide que le bese en la boca y con un rápido movimiento de
piernas se deshace de las pantaletas. Arnaut la cubre con su cuerpo
semivestido y le besa en la boca. Su miembro roza la pelambre y el borde
de los labios vaginales. Ella abre un poco más las piernas; él se baja un
poco más el pantalón y apoya las rodillas desnudas en el áspero cemento
del piso de la última azotea.


En el cristal de la botella de Rioja ha quedado atrapado un fragmento de
luna y de algunos otros astros conjurados por el estiu mediterráneo.
Al poeta le apetece un trago y va por él; le pasa la botella a la
Cataleona que después de beber vuelve a asir a Jordi y lo atrae hacia
ella.

En el brusco movimiento la rodilla de Jordi-Helios tropieza con una
piedrecilla o tal vez un pedazo de vidrio porque el dolor es agudo.
Jordi-Helios sofoca un grito y se aferra heroicamente al cuerpo que le
exige entrar,­!pero ya!, en la recta final del largo ritual amoroso.


Jordi-Helios coloca lo que queda de la erección en la boca del lobo feroz;
presiona, pero el miembro resbala, dramáticamente, hacia abajo. La rodilla
vuelve a tropezar con el pedazo de piedra o vidrio. Intenta otra
embestida, pero ya no hay esperanza. La Cataleona ha dejado de gemir y de
besar el pecho del vate en plenilunio y extiende los brazos en cruz.



Invadido por un inédito sentimiento de verguenza, la sombra del amante
hunde su frente en el vientre de la desencantada hembra. La brisa ha
dejado de soplar sobre los cuerpos sudorosos y un espeso silencio se
extiende en la intemperie de la altísima madrugada.

Jordi tiembla y su angustia no necesita lágrimas para ser un llanto
terrible. Su miembro fláccido, derrotado, yace sobre un muslo de la
Cataleona que ha empezado a fumar y a sonreír con un aire de insoportable
superioridad.

­Pobre pollita que medita sobre el misterio de su dualidad orgánica y
espiritual. !Qué huevos de cabrón!.


El miembro de Jordi, pájaro abatido en la cúspide del vuelo por el
absurdo azar de una piedra o un vidrio perdido en el suelo de la última
azotea, cae, pero al caer emite su última nota, su postrer estertor.
Nuestro héroe eyacula en la fría pierna de la Cataleona y ella le propone
otro sorbo de vino y le llama "gilipollas."




************************** ****************** *******************


-¡Pinchi Helios!- gritó Jordi, el niño de Morelia de regreso a la Catalunya de sus mayores, al oído siempre atento del poeta Lontano-.Siempre tan aticlimático, tan aguafiestas, tan hijo de puta.

Yo les hubiera regalado un final feliz- balbuceó Axel con la mirada perdida en las líneas testimoiales de su Fragmentario.

¿Otro lugar común?

Una fosa común.