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jueves, 22 de noviembre de 2012

UN PUERTO DE DEPÓSITO EN EL PACÍFICO




¿Estuvo en la Península de Baja California, particularmente en La Paz, Ignacio Ramírez, El Nigromante, uno de los próceres liberales de la generación de la  Reforma? Todo parece indicar que así fue, cuando el escritor, periodista, académico, político y hombre de acción que combatió a los franceses en Mazatlán, afirma en este articulo(publicado  en El Correo de México el 14 de noviembre de 1867, y recopilado en sus obras completas por el Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo,AC),que su conocimiento del tema, es también "por experiencia propia".



Ignacio Ramírez, El Nigromante

Desde la Independencia germinan en la mente de los hombres conocedores muchos proyectos, que se recomiendan por la novedad de su aplicación, y que, en caso de ser realizables, se proclamarían como una mejora positiva; en el número de esas tentativas que se seducen, contamos la formación de un puerto de depósito en la Bahía de La Paz, en la Baja California: proponemos esta cuestión como un estudio.

Lassepas describe así la bahía: “El fondeadero está situado al remate de la bahía, a orillas de una bolsa o canal largo de ocho a nueve millas, y una de ancho, formado por una lengua de tierra angosta, arenosa, baja, llamada Mogote, y un banco que rompe y descubre a las bajas mareas, y se extiende de la extremidad de esa lengua de tierra a la Punta Prieta, llave del canal. 

“La profundidad de éste, varía entre tres o cuatro brazas; el fondo es de arena; en los cardonazos, los buques arrastran sus anclas, y se ven arrojados a la playa…Los vientos reinantes son: el noroeste que sopla de noviembre a mayo, y el sudeste en la estación del verano. Las colladas del primero, se parecen a los nortes del Golfo de México; las brisas del segundo, conocidas con el nombre exótico de Coromuel, cuya  significación ha escapado a nuestras investigaciones, refrescan la temperatura y se oponen a la entrada de las embarcaciones, las que, en este caso, anclan en la Punta Prieta.

“El bajo y la península del Mogote, defienden  La Paz de las fuertes marejadas que sublevan las colladas.-Un fondeadero mejor que el de La Paz , y enteramente seguro, es el que presta el puerto de Pichilingue, situado a cinco millas y media de distancia hacia el norte, así llamado, según la tradición vulgar, por corrupción de la palabra inglesa freebooters, porque se cuenta que los aventureros que infestaban el Pacífico en los siglos XVII y XVIII, se refugiaban en él. La islita de San Juan Nepomuceno, forma y abriga por el oeste a este puerto frecuentado de las armadas del buceo y buques de guerra extranjeros; una media luna de estériles montañas lo circunvala y protege al oriente. La boca ancha de un y media milla, está entre el sur de la isla y la Punta Colorada. La sondelesa da de cuatro y media a siete y media brazas.

“Por la boquita septentrional pasan únicamente lanchas y canoas, a la causa de su estrechez y poca profundidad.

“La gran bahía de La Paz tiene dos entradas. Los buques extranjeros, tanto por su calado , como por no ser sus capitanes prácticos en la costa, prefieren y toman siempre de la de San José. Entre ésta isla y la del Espíritu Santo: los nacionales que remontan el Golfo, penetran en la de San Lorenzo, entre Espíritu Santo y la Península que se delinea entre el puerto de La Paz, el arroyo del Rosario, frente a Cerralvo, y el Cabo de San Lorenzo.
“Esta entrada reconoce dos canales: fondo de tepetate, dos brazos de altura. Existen otros abrigos en la  bahía, y son el puerto Balandra y la Ballena.-El puerto Balandra está situado a la entrada del canal de San Lorenzo, en tierra firme. El fondo enteramente de arena blanca, tiene entre una y dos brazas. Las pequeñas embarcaciones solo pueden refugiarse en él. El fondeadero de la Ballena está situado en el banco occidental de la isla del Espíritu Santo.”

    
Después que escribió Lassepas, se han hecho nuevos estudios y reconocimientos sobre la bahía y los terrenos comarcanos; conocemos algunos de los primeros aunque no se han publicado, y así por ello y por experiencia propia, podemos asegurar que durante muchos años, el puerto de La Paz no seguirá en progreso  sensible si no se le habilita como puno de depósito.
La Península de California tiene varios golfos importantes, pero ninguno llama la atención como el primero si no es el de La Paz, porque situado a cien leguas de los últimos cabos, forma en la franja inmensa de terreno que se llama la California, una especie de garganta no separándose sino por treinta leguas de no alta serranía, las aguas del golfo de las del Pacífico.
Es el centro del comercio, de la pesca de perlas, del embarque de metales y de la vida política de la península. El puerto puede situarse en el fondeadero donde está La Paz o en Pichilingue; La Paz tiene la ventaja de una población establecida, posee un muelle y magníficos almacenes; no carece de agua y está convidando al ensayo de pozos artesianos. Pichilingue, más inmediato a la entrada del golfo, posee el fondeadero más profundo y abrigado. La salubridad en estos puntos es proverbial en las costas del Pacífico.
 
Una aduana establecida en este golfo,  abriría sus almacenes a todos los efectos del mundo, no cobrándoles sino el derecho correspondiente de almacenaje. Al salir los efectos para las costas fronteras, pagarían todos los derechos que previene la ley o darían una fianza de satisfacerlos en México, a los plazos señalados. Esta disposición por una parte, y por otra la facultad que se debe conceder a las aduanas marítimas para que tomen por cuenta del erario lo efectos que juzguen fraudulentamente apreciados en los manifiestos, todo este sistema bien combinado, simplificaría las operaciones, pondrá un límite a los malos manejos y disminuirá el aliciente y las ocasiones del contrabando.

Es un nuevo modo de existir, más animado que el antiguo, en que entrarían Guaymas, lo que se llama la Tierra Colorada, Altata, Mazatlán, San Blas, el Manzanillo y Acapulco, y acaso el mismo Tehuantepec. No sería menor la animación en las otras poblaciones marítimas de la Península californiana.

No vemos otro camino para aumentar la población la agricultura, la minería, la industria, el comercio de aquella tan vasta extensión de terreno, que si bien posee codiciadas riquezas en sus mares,  en sus montañas, en su vegetación, por la escasez de agua necesita un fomento extraordinario con el objeto de la bahía de La Paz sirva de núcleo a donde se vayan aglomerando y de donde se vayan extendiendo las empresas de los particulares y las especulaciones del capital extranjero. El comercio de cabotaje será el primer ramo que contemplaremos floreciente.

No basta que en un país existan grandes riquezas y garantías para explotarlas; la Baja California, repetidas veces ha hecho un llamamientos los extranjeros, manifestándoles, por aquí mármoles exquisitos, por allá ricas azufreras; en algunos puntos admirables criaderos de sal; al pie de algunas montañas de peñascos escarpados, el cobre, el oro, la plata, y en el fondo de los mares, peces  y perlas: sus quesos, sus dátiles, sus higos y sus vinos, son estimados  y susceptibles de un extendido consumo.

Una vez no más la industria norteamericana probó fortuna en la parte sur de la Península; en tres años hubo movimiento mercantil y minero; La Paz tomó el aspecto de una bonita ciudad; San Antonio renació con rasgos europeos, y los minerales inmediatos conservan todavía en obras mineras, en edificios y en maquinaria, capitales inmensos.

Faltaba alguna cosa para hacer perpetuo ese fugitivo movimiento:  nuestro ver, lo que falta es el puerto de depósito.       
  


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