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martes, 23 de agosto de 2016

CONTINGENCIAS


Ya era de noche cuando salí del Cafélix hacia el estacionamiento.

 Un terreno en declive ubicado en la parte posterior  de la palapa con barra y asadero anexa al café.

Como procuro hacerlo siempre que voy a Todos Saikos, había pasado por unos tacos de filete de pescado a las brasas, especialidad de la casa, antes de regresar a LP.

Llevaba mi "morralito jipi"(como le llama mi amiga Paola) colgado al hombro, un galón de agua en una mano, y  el cel  que  no dejaba de timbrar en la diestra.

Bajo la húmeda y densa intemperie nocturna,  llegué al borde de la terraza,busqué el primer peldaño de la escalinata con el pie derecho, y me hundí en las sombras.

Caí como los gatos, parado en cuatro patas, con el morralito jipi amortiguando el impacto bajo mis rodillas, el galón de agua reventado,  y el cel todo despanzurrado  a un ladito.

Cuando me quise levantar, sentí un dolor intenso en la rodilla y el tobillo de la pierna derecha.

Con gran esfuerzo pude  recoger mis pertenencias, llegar a mi van y treparme.

Habiá dado un paso en falso de cuando menos un metro y medio de profunfidad.
 Olvidé que  la escalinata era más pequeña y estaba centrada sobre el muro, dejando  dos pequeños abismos a cada lado.

La gravedad existe.

 A medida que  lograba controlar el dolor en el pie, ya  sobre el acelerador en el camino de regreso, empecé a entrar en el terreno de los "si hubiera..."

Afortunadamente no me había encontrado con  ningún objeto peligroso en el lugar de la caída, algún filoso  cactus, varillas, vidrios, piedras...

 Me recorrió un escalofrio que desplazó el dolor , y hasta me hizo abrocharme el cinturón de seguridad y aminorar la velocidad.

Un mero accidente.  Seres accidentales,  contingentes  somos  y en el camino andamos.
Efímeros juguetes del azar.

 Más  todos los lugares comunes que suelen acumularse  en esta clase de sacudidas. El miedo conjugado en pretérito pluscuamperfecto.

Fue un viaje muy tenso, bajo una pertinaz llovizna.

Sobre todo en el último tramo antes de entrar a la zona urbana de La Paz, al bulevar  Forjadores.

Unos dos o tres tenebrosos kilómetros, boca de lobo , con las líneas de los carriles despintadas, sin fantasmas o algun otro tipo de señalamientos fluorescentes en los flancos, y un pavimento plagado de enormes baches.

Imposible no caer en la trampa de uno de tantos cráteres y sentir que por un momento pierdes el control del vehiculo ,  y del dolor, mientras  en el  espejo escarchado del retrovisor lateral se difumina la encandiladora luz de un trailer que se te empareja y te rebasa  a toda velocidad por el carril izquierdo.

Al llegar a casa, casi a rastras, pude apreciar  el daño . Una  gran  hinchazón alrededor del tobillo, de la rodilla al pie.

Llegué al día siguiente con las luces encendidas. Aprendiendo a moverme brincando en un solo pie, en una versión muy personal del cortazariano juego de la  rayuela.

Una imagen que  me hizo  sonreir, y terminar riéndome de mi mismo.

La verdad había corrido  con suerte. Así que para qué  tanto drama.

Con este renovado ánimo "positivo", abrí  Facebook  y,de entrada, me topé con la noticia de la muerte del escritor mexicano Ignacio Padilla.

A sus 48 años,  Padilla había fallecido en un accidente automovilístico.

Aunque no tuve oportunidad de tratarlo personalmente, y no estoy muy familiarizado con su obra, sentí una tremenda empatía por la víctima, por Nacho, como le llaman sus amigos.

Impotencia y rabia ante esa  muerte absurda,  injusta. De un talento en pleno despliegue de sus  potencialidades creativas.

Volvieron los "si hubiera..."

Las infinitas posibilidades de la contingencia