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miércoles, 20 de mayo de 2015

MEXICAN MOMENTS



Finales de los 70...

Llegaron nuevos huéspedes a la residencia de Mazatlán 67: una pareja  argentina. Como tantos otros conosureños, venían  huyendo de las dictaduras militares y sus crímenes de Estado, en calidad de asilados políticos.
Cuando por primera vez  los llevamos a comer a nuestra “cocina económica” favorita de la Condesa,  y empezamos a entrarle a la salsa mexicana y a los totopos, exprimir limones y manipular saleros y pimienteros, nos percatamos que nuestros nuevos amigos nos veían interrogantes y antojados.
Los invitamos a que le entraran al botaneo, y preguntaron cuánto costaba todo aquello.
Gratis, respondimos.
¿¡Gratis!?, exclamaron sorprendidos.
Sí, gratis.
Albricias. En su país de origen la situación era muy distinta. Primera lección de la proverbial hospitalidad mexicana; avalada por  republicanos españoles, sandinistas nicaragüenses, el núcleo guerrillero original de la revolución cubana.
No teníamos conciencia de esa costumbre nacional tan generosa.
Claro, las devastadoras crisis económicas-y políticas- estaban por llegar.
Fue en Europa, en España particularmente, donde me acabó de caer el veinte.
En las "austeras" mesas españolas todo costaba.
 Hasta el agua, casi al mismo precio de los mismos mililitros de vino.
El contraste con el  derroche o generosidad mexicanos despertó en mi, en el "sudaca",  una nostalgia  hasta entonces desconocida.
Sentimientos contradictorios.
Contraste brutal y paradójico.  Un país estigmatizado por su miseria dándose esos lujos.
En el pecado- el despilfarro de una élite corrupta- habíamos llevado la penitencia.
Sobre todo después del llamado de López Portillo a "administrar la abundancia", que derivó en la promesa presidencial pasada por lágrimas de "defender el peso como un perro".

Recuerdo estos pasajes mientras disfruto de unos tacos de pescado en una nueva palapa vecina. 
En la mesa tienes varios botes de sustancias picantes, un gran pomo de plástico con la infaltable crema, catsup, totopos, paquetes de galletas saladas, limones.
Pero la barra de las salas, ensaladas, chiles toreados y capeados, rellenos de queso, las rajas con crema, los granos de elote, el chile de árbol en aceite de oliva con ajonjolí,  está en el centro de la monumental palapa, esperándote.
Me sirvo en un plato grande ensalada  de col con pasas y piña, mi favorita; rajas con crema,  elote, dos chiles güeritos capeados, y  preparo los tacos derramando una cucharada de salsa de árbol color caoba sobre la blancura de la crema.
¿Y de tomar?
No se me antoja la cerveza, ni el clamato, nada de alcohol; ni mucho menos una soda, agua de jamaica o de horchata.
Pido un vaso de agua natural grande.
Le exprimo unos limones, y ya está.
Devoro la ensalada de col, las rajas, los chiles, y voy por más.
El tercer taco me cabe a medias.
Para capotear la enchilada con la salsa de árbol, pido otro vasote de agua y repito la operación con los cítricos.
Qué rica limonada, sin azúcar. Qué deliciosa, sana, y balanceada comilona.
Salvo los tres tacos, ¡todo gratis!!
( Y que conste que no soy uno de esos  seres  que de tan ahorrativos terminan por ahorrarse la vida misma. )
En pleno "atorón" económico .  En realidad una historia ya vieja en un país sin crecimiento económico desde hace tres décadas con su consecuente crecimiento de la cifra de pobres.
Paradójico  “mexican moment”, difícil de entender para los extranjeros,  que en mayor o menor medida, sigue dándose en  la mayoría de las cocinas “económicas” mexicanas, particularmente en el centro y el sur.
Un rasgo cultural del pueblo mexicano(“Donde comen dos, comen tres”) que no se ha visto traducido en políticas públicas para una verdadera cruzada contra el hambre. Austeridad arriba, generosidad, solidaridad con los de abajo.
Cocinas económicas para todos.






http://jornadabc.mx/opinion/20-05-2015/mexican-moments