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martes, 19 de abril de 2016

Desayuno en Mi abuelita



Desayuno en Mi abuelita,  una fondita muy popular del centro de Hermosillo, especializada en "comida regional sonorense"; donde tienen platillos como el caldo de queso que, efectivamente, me remiten a la cocina de mi propia abuela.
Llegan dos hombres jóvenes, altos, fornidos, muy morenos, bien vestidos, con botas  de punta de puñal, sombreros que no se quitan ni a la sombra, relucientes relojes y con sendas tabletas de última generación.

Uno de ellos hace  una llamada y empieza hablar en una lengua  extrañamente familiar.

La meserita que llega con la machaca con huevos advierte mi desconcierto y me confirma la sospecha: "Es yaqui.."

La lengua del indómito pueblo al que pertenecía mi abuelo paterno, nativo de Guaymas, plomero de día, pianista de noche, en el bar del Hotel Alexandria, allá en  Los Angeles de los años 20,ciudad donde murió a los 33 años y está enterrado.

En una tumba y en un cementerio(Evergreen) que sus desmemoriados descendientes no sabemos si aún existen.

Platicaba mi abuela que una vez viuda, regresó a México con sus dos hijos, un bebé de seis meses y una niña de dos años, y se fue a trabajar como maestra a Santa Rosalía, desde donde tomaba uno de los barcos de la legendaria dinastía Korrigan para llevarle flores al amor de su vida.
Años después, ya radicados en Ensenada, a tres horas por carretera de la urbe angelina, solo volvió en dos o tres ocasiones  a la ciudad de sus más tristes recuerdos.

Decidió guardar al amado en los pliegues más íntimos de su corazón.

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