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Con mi madre -que no era precisamente una devota de culto religioso alguno-, en la antigua Basílica de Guadalupe, allá en la primera Edad de la Inocencia.
No fuimos en ninguna peregrinación, ni hicimos viaje ex profeso.
Ella acudia cada verano a cursos magisteriales en la CdMx, con su Edipito a cuestas.
Nunca he vuelto a ese templo desde entonces.
No había necesidad.
El estremecimiento que me envolvió cuando estuve frente a la imagen de la virgen Morena, sigue intacto.
Un sentimiento religioso en estado puro.
Por lo demás, la piedra de la Basílica, era parte de la maravilla monumental, del nuevo y laberíntico mundo que se abría al paso del pequeño salvaje peninsular.
Epifanía de la Ciudad de México.
Primeros brotes de nostalgia.
Primeras luces de Itaca.
lunes, 12 de diciembre de 2016
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