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lunes, 13 de febrero de 2017

PERFILES SUDCALIFORNIANOS: VIVIANNE MAHIEUX (Fragmento)

(Libro en preparación con semblanzas de personajes de diverso giro profesional, social, existencial )

Siempre me gustó leer. Soy hija única, de madre soltera, es decir una familia muy reducida a dos personas, por la mayoría de mi infancia y adolescencia. Pasaba mucho tiempo sola, lo cual me sigue gustando. La lectura formó parte de estos momentos. Leía en los tres idiomas, sin marcar diferencia entre ellos. Leía compulsivamente. En mi cuarto, en los carros, en el ferry, me escondía para leer cuando se suponía que debía estar haciendo otras cosas, como tender la cama. O la tendía muy rápido y me quedaba leyendo hasta que me llamaran para reclamarme lo lenta que era. A los 12 años había leído todos los Agatha Christies. Recuerdo claramente cuando se murió Hercule Poirot. Estaba en el carro, íbamos del entonces CCC de Palacio hasta la casa, en una camioneta datsun blanca de rejas. Estuve en shock el resto del día.
Ir de la lectura a la escritura no fue un paso tan directo. Siempre escribía cosillas y me divertían, pero en mi familia, y en la tradición de la educación francesa, siempre se ponía la ciencia muy por encima de las letras. Mi abuelo, ingeniero del Boleo en Santa Rosalía, siempre decía que la ciencia lo era todo, todo lo demás eran tonterías. Me iba bien en las clases de literatura, en las de ciencias menos, sobretodo matemáticas, física, química. Pero siempre quería comprobar que podía, y hasta el primer año de universidad pensé estudiar biología. Era en la universidad de California, en Berkeley, y tomé una clase de química que llamaban un curso “weeder”. No era weeder de weed (desafortunadamente!), sino de malas yerbas. El curso sacaba las malas yerbas para que quedaran sólo las buenas. Yo puedo decir, a mucha honra, que fui (que soy) mala yerba. Allí ya asumí que las letras eran lo mío, y me mentí a estudiar literatura comparada e historia.
Aunque leo mucha ficción, siempre me fui más por el lado del ensayo, de la crónica, de la historia, de la teoría y la filosofía. Cuando terminé la universidad, no sabía si seguir hacia un doctorado en literatura o meterme al periodismo. Me regresé a La Paz, sin saber muy bien qué hacer. Entrevisté en el Sudcaliforniano, a ver si había algún tipo de pasantía, o algo que pudiera hacer a ver si me gustaba. De regreso a mi casa, me chocó un taxi frente al mercado madero. Como era taxi, por supuesto, se determinó que fue culpa mía. Habrá sido una señal. Esa misma tarde me llamó un amigo de la UABCS, a decirme que a última hora había renunciado una maestra, que quedaban unas dos asignaturas sin nadie que las diera. ¿Me interesaba? Dije que sí. No tenía otra fuente de ingreso, ningún otro trabajo claro. Enseñar fue un shock y una revelación. Me di cuenta que no sabía nada (tenía muy poca formación en letras mexicanas o latinoamericanas), pero que pocas cosas me animaban más que hablar de libros, que analizarlos, detenernos en todos los detalles, que entusiasmar a otros. Después de un par de meses decidí que valía la pena seguir estudiando literatura. Solicité a programas de doctorado en Estados Unidos. Sabía que si me aceptaban sería con beca completa. Me tocó decidir entre Literatura Hispanoamericana en Harvard, o literatura comparada en la universidad de Nueva York. Me fui por la primera opción. El periodismo, de alguna forma, siguió conmigo. Por eso, quizá, me llamó tanto la atención la crónica, y llevo años trabajando sobre ella. Es el género perfecto para una indecisa.
Cada lengua es un mundo diferente. Últimamente escribo y leo más en español e inglés, pero el francés fue la lengua en la cual descubrí mis primeras lecturas, ensayé mis primeros garabatos. Ahora me cuesta escribirla, pero me esfuerzo a hacerlo. No quedó mucho de Francia en Santa Rosalía. Edificios, restos, fantasmas. La cultura francesa se fue con los habitantes franceses que allí crecieron. Pero las tradiciones persisten. Los franceses de lejos son más franceses que los del continente. Lo digo por mi madre, nacida en la mesa Francia, que siempre me habló en francés, lo digo por mi abuelo que nunca quiso dejar el norte (ni BCS ni Sonora, donde murió), pero tampoco pudo pronunciar la R o comer picante. Mi madre siempre dijo que se sentía muy francesa y muy sudcaliforniana. No muy mexicana. Creo que la cultura de la península, sobretodo el aislamiento en medios, en transporte y su poca población se prestaban a ese sentimiento, hasta hace quizá unos 20 o 25 años. Ese sentido de exclusividad de la península va cambiando, para bien y para mal. Para mal, porque se pierde la memoria colectiva de lo que era ese aislamiento, sus riquezas naturales, sus idiosincrasias culturales. Para bien porque la población que llega ha logrado dejar huella en cuanto a su activismo, su capacidad de organizarse, de defender a viva voz los recursos que también otros de fuera quieren a toda costa desarrollar.
Yo me siento un poco como una combinación de esos dos mundos. Me siento de BCS, no puedo ser de otra parte, pero también reconozco que he siempre tenido el privilegio de salir. De salir y volver, salir y volver. En La Paz, en Todos Santos, la gente cree que no soy de allí, salvo los que me han conocido toda la vida. Pero tampoco soy de otra parte. Allí siempre ha estado mi hogar, mi espacio, mi mejores recuerdos. No lo vivo como una incertidumbre ni un dilema (eso era muy de los 90’s!). Más bien, y de nuevo reconociendo mi privilegio, lo veo como una forma de ser, de actuar, de sentir de intervenir como ciudadana. Es mi responsabilidad.
Últimamente he escrito sobre temas sociales y sobre cuestiones ligadas al turismo y al desarrollo en BCS, especialmente en Todos Santos. Creo que lo voy a hacer más y más. No sólo porque es un tema de suma urgencia en el estado—la hemorragia de mega-desarrollos/lavados de dinero parece incontrolable—pero también porque me doy cuenta que es un tema que siempre me ha interesado, en todas sus ramificaciones: los problemas éticos que atrae el turismo, cómo pensar el agua, los recursos naturales, el mar, el medio ambiente desde las artes, el lenguaje, la filosofía. La cultura es inseparable del lenguaje, y cómo hablamos de algo, como la naturaleza, verdaderamente condiciona la relación entre los humanos y el entorno. Es nuestra limitación: nos cuesta mucho como seres humanos pensar mas allá de las estructuras que nos impone nuestro lenguaje, si es que lo podemos hacer.
Llevo muchísimos años estando al tanto de muchos problemas ambientales en el estado. Se puede decir que la ONG local Niparajá se fundó en el comedor de mi casa, donde siempre había reuniones interminables. Desde siempre, recuerdo la sobremesa en mi casa, primero con mi abuelo, y luego con amigos, cubrir temas como el agua, le sequía, el arsénico, plantas medicinales (la damiana, ahora la moringa), la pesca, la contaminación, los planes de desarrollo. Iba absorbiendo esos temas, poco a poco, sin querer queriendo, aunque en un principio me proponía que mis temas fueran otros. La literatura, la historia, sobretodo en cuanto a la vida urbana en las grandes ciudades (he escrito sobre México, Buenos Aires), las vanguardias, las locuras de los trémulos años 1920’s. Pero ahora siento que, tras esa distancia quizá algo forzada pero necesaria, estoy aprendiendo a combinar esos saberes, los del entorno, de la academia, del periodismo. Y siento que va para largo. No sé aún en qué forma, pero para largo.
Mi literatura favorita. Qué larga lista cambiante. Rushdie, Rulfo (por esa sencillez y capacidad de evocar el vacío), Sada (de descubrimiento más bien reciente). Arredondo, Flaubert, Maupassant, Hugo. Conrad. Castellanos. Svetlana Alexievich (también reciente). Los cronistas sobre los cuales he escrito: Gutierrez Nájera, Martí, Novo, Arlt, Storni, Bonifant, Moreno. Me entusiasma también el buen periodismo, el que investiga, se detiene, reflexiona más allá de la noticia. Se encuentran buenos textos en revistas nacionales, desde las más reconocidas (Neos, Gatopardo, Letras Libres) hasta las innovadoras en la red (Horizontal). En inglés el estándar de excelencia a mi parecer sigue siendo el New Yorker.