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miércoles, 16 de enero de 2013

TAMBORES DE GUERRA(fragmento)



Después de varias lunas de marcha perfumadas de inciensos del Magreb y rociadas de Rioja, la última velada con Naquicia había sido un reencuentro con el Espíritu de la Época, con ese interregno delimitado por la Caída del Muro del Berlín y el deadline de la Madre de Todas las Batallas.

Luego de la invasión iraquí a Kuwait, Occidente, particularmente la renovada Europa comunitaria, había pasado de la euforia a "una nueva cancelación del Futuro-diría el maestro Juliá- como porvenir re- humanizado."

Aspirábamos a ser ciudadanos de nuestro tiempo y aquí estábamos, respirando los humos de un nuevo naufragio; espectadores y protagonistas de un nietsczcheano ocaso de las vanguardias y crepúsculo de los ídolos.

Visceral certidumbre de la indefinición y el vacío de esa entelequia llamada posmodernidad. ¿Fin de la Historia y las Ideologías? Ya casi en la cumbre, Sísifo volvía a caer. ¿Lo intentaría de nuevo?

Recordaba las palabras de la estudiante del Centre de Estudis Internacionals de Barcelona como un efluvio
de volutas iridiscentes entre los retorcidos y penumbrosos callejones del Barrí Gótic, mientras un canto morisco emergía de las entrañas del Mons Taber.

En el norte de Arabia Saudí, entre mojones de piedras y pequeñas vallas, se preparaba una franja de tierra de dos kilómetros de largo por 1.6 de ancho, a la que se llega por una pista desde el hospital de campaña equipado con mil camas a un kilómetro de distancia.

Se trataba del proyecto macabro de un cementerio. Por el momento sólo era un rectángulo en pleno desierto rodeado por un muro de arena y un canal de desagüe. Su tamaño explica por qué la fuerza anti iraquí desea retrasar la batalla terrestre tanto como sea posible, aunque ese factor parece tener más peso entre los occidentales, para quienes la vida en esas circunstancias parece ser más preciosa.
Los ingenieros que preparan las tumbas dicen que se esperan 50 mil bajas. Los soldados de religión musulmana que mueran en la batalla serán enterrados aquí. Se han marcado ya distintas zonas para cada nacionalidad: saudíes, egipcios, sirios y kuwaitíes. Todos ellos serán mártires.
En la víspera de la Madre de Todas las Batallas- continuaba Naquicia susurrante y con la mirada clavada en las medievales piedras de la calle de Paradis-, los cuarteles generales de ambos bandos están enfrascados en una guerra de nervios.
 La coalición siente la tentación política de lanzar una ofensiva terrestre tan pronto como sea posible. Pero militarmente hace falta que las fuerzas aéreas concluyan su trabajo y eviten caer en la tela de araña de Saddam: Kuwait.  
Bush apuesta por la seguridad y pretende continuar con la ofensiva aérea. Saddam esta perdiendo la guerra en todos los campos, pero los aliados no la están ganando; incluso el general de brigada israelí, Nachman Shai, alaba la paciencia y sangre fría de los iraquíes bajo los masivos ataques aéreos.
La principal fuerza de Saddam está en la red defensiva que los ingenieros iraquíes han montado en el sur de Irak y Kuwait. Es ahí donde Saddam intenta atraer al enemigo, en un completo ataque frontal contra las posiciones fijas con el fin de desangrarles y alcanzar lo que en la historia reciente ha sido considerado como el Número Mágico de las 50 mil bajas, que debería minar el deseo estadunidense de aguantar la guerra y llevaría a un alto al fuego o a una conferencia de paz.
Cuando llegue el ataque frontal, Saddam utilizará seguramente armas químicas y artillería pesada y misiles modernos y muy eficaces; los iraquíes utilizarían más munición en un día que los aliados en una semana, ya que tienen  grandes almacenes en sitios que no han sido afectados por la interrupción de las comunicaciones.
Su experiencia en la construcción de bloques defensivos completa la estrategia del nuevo Nabucodonosor, inspirada por cierto en la batalla de Waterloo, en 1815, en la que el duque de Wellington, detuvo a la caballería napoleónica con bloques cuadrados, infantería en disposición cuadrangular que disparaba en todas direcciones, diezmando al enemigo, para utilizar luego su propia caballería y la prusiana para acabar con ellos.
En este escenario, Saddam utiliza triángulos fuertemente defendidos con ametralladoras y nidos de artillería en cada vértice y, como equivalente de la caballería moderna, la infantería móvil y unidades de carros de
combate, con la Guardia Republicana y los T-72 a la retaguardia.
Esta fue la respuesta al ataque frontal de iraníes hace algunos años. La araña espera que la mosca caiga en la red para saltar sobre ella, pero la coalición, carente de la ventaja numérica de tres a uno necesaria para el éxito de un ataque frontal, buscará movimientos en los flancos o de penetración en los que puedan lograr una superioridad local, después  de que estas posiciones hayan sido debilitadas por los bombardeos aéreos.
Con un servicio de inteligencia pobre y con el factor tiempo haciéndose cada día mas vital, parece como si el objetivo de Saddam  de desangrar a la coalición y proclamar una victoria psicológica dependiese de que el mando aliado conserve el sentido común.  
Bajo la sombra de Catedral, Naquicia entrelaza sus manos frías con las de la erizada sombra que navega a su lado, mirándole con un resplandor apocalíptico en sus pupilas.

 Era hora de la última copa en La Opera o Plaza Real.
Al amanecer, y como  parte de un grupo de observadores del CEIB, la joven internacionalista partiría rumbo a Estambul, a esperar, a orillas de la desengañada Europa, el desenlace de la Madre de Todas las Batallas.

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