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domingo, 19 de enero de 2014

LADY GARDENIA

Por Juan Forn
Esa mujer que parece una muñeca rota, del brazo de su lazarillo por los callejones de la casbah de Tánger, es Jane Bowles, conocida entre sus amigos y admiradores como Lady Gardenia (el sobrenombre se lo puso Tennessee Williams). Todos los amigos y admiradores de Jane, incluyendo a Paul Bowles, su esposo, creen que ese lazarillo, que es la mujer que vive con ella, su gran amor, la analfabeta Cherifa, la está envenenando de a poco. Es cierto que, de tanto en tanto, debajo del colchón o dentro de su ropero, Jane encuentra un manojo de vello púbico y sangre menstrual envuelto en hojas de cardamomo, pero también es cierto que Jane lleva veinte años bebiendo una botella de gin al día que, combinada con una supuestamente inofensiva medicación casera que toma desde la adolescencia, produce según los médicos un cóctel mortífero para el funcionamiento cerebral: es muy raro que la isquemia no ocurriera antes, pero lo verdaderamente asombroso es que la paciente haya podido habitar durante veinte años esa comarca mental sin perder la razón. La medicación era contra la tuberculosis, que le había atacado la rodilla a los doce y la dejó coja para siempre. Esa renguera la hacía doblemente irresistible en los bares de lesbianas que tomó por asalto a los diecisiete (busquen alguna foto suya de joven, vean qué beldad era y déjenme agregar que cuando salió el único libro que publicó en vida un fotógrafo de Life fue a su casa a retratarla, pero cuando ella le abrió dijo que tendrían que suspender la sesión porque venía “de una pelea de gatos”: tenía toda la cara y los brazos arañados). A cada escándalo suyo que llegaba a oídos de la familia, judíos millonarios de Park Avenue, ellos comentaban invariablemente: “Es por la pierna”.
Erika y Klaus Mann le presentaron a Paul Bowles en una incursión por Harlem. Paul era compositor, discípulo de Aaron Copland, crítico de música en el Herald Tribune y odiaba silenciosamente la vida que llevaba. Su único anhelo era irse, dejar todo e irse. “Es enfermizamente contenido, es siniestro, y es goy. Voy a casarme con él”, le comunicó Jane a su madre por telegrama. Tenía veinte años. El telegrama lo mandó desde el puerto de Nueva York, antes de subir a un barco que llevaría a la pareja a Panamá. Duraron poco en su primer destino, y lo mismo en Guatemala y en México. El se adentraba en la selva y ella en los bares prostibularios de los lugares que recorrían. Un día le mostró a Paul una novela que había estado escribiendo en secreto. A las frases les faltaban palabras, tenía horrores de ortografía y sintaxis, pero era tan extraordinaria que le hizo sentir a Paul que eso que él buscaba en la selva estaba en realidad en su embotellado y lacrado interior, si lograba declararlo zona liberada como ella. El libro de Jane se llamaba Dos damas muy serias y se publicó primero. La crítica la hizo trizas, la familia de Jane le dijo que “sólo había un párrafo decente en todo el libro, esa carta del marido abandonado, y seguramente la escribió Paul”, pero Tennessee Williams dijo que vendería el alma por los personajes femeninos de Jane Bowles y un adolescente de Alabama llamado Truman Capote se fue a dedo hasta Nueva York sólo para conocerla. Para entonces ella estaba en Tánger, adonde se había ido Paul a terminar su libro. El libro era El cielo protector. Jane lo leyó en el barco hacia allá; le llevaba los primeros ejemplares recién salidos de imprenta. Cuando bajó del barco en Tánger, le dijo: “Este libro es una profecía”. Es nada más que una novela, contestó Paul. Ella abrió el libro en el epígrafe de Kafka que decía: “A partir de determinado punto, no hay retroceso posible. A ese punto hay que llegar”. Y agregó: “Tú vas a morir aquí y yo voy a enloquecer en el desierto. Lo sabemos, cariño”.
Para entonces Jane llevaba cinco años tratando en vano de escribir algo nuevo mientras que Paul ya tenía terminada una segunda novela: Déjala que caiga. Ella no lograría terminar nunca nada que empezara a escribir, él no paró de publicar desde entonces. Aquella primera tarde en Tánger, Paul le hizo probar kif. A pesar de sus advertencias, Jane fumó hasta volarse la cabeza y salió a caminar sola por la casbah; volvió enamorada para siempre de una vendedora ambulante que vio en el mercado. Era Cherifa. “No sé si tendré que caminar detrás, delante de ella o por el otro lado de la calle el resto de mi vida, pero la seguiré hasta el fin”, dijo cuando volvió, y no paró hasta lograr su cometido. Cherifa fijó sus términos: por una noche, un cepillo de dientes; por dos noches, un par de medias; por una semana, una túnica; por diez días, una oveja; y nunca aceptaba quedarse más. Así fueron las cosas al principio: Paul abandonaba la casa cuando entraba Cherifa y, entre estadía y estadía de su amante, Jane participaba con él de las juergas de los emigrados (Cecil Beaton, Truman Capote, Aaron Copland, Peggy Guggenheim, Tennessee Williams). Pero la ecuación empezó a perder su delicado equilibrio cuando Jane determinó que sólo Cherifa con sus poderes podía hacerla escribir. “Al principio fue un amor normal, pero yo quería más”. Cherifa también: por mudarse con sus brujerías a lo de Jane el precio fue que la casa pasara a nombre suyo y quedara para ella a la muerte de Jane.
Cuando salía a la calle, Cherifa seguía usando velo y túnica negra, pero adentro de la casa andaba en jeans, camisa de trabajo, pañuelo al cuello y el pelo peinado hacia atrás con gomina. Nunca aprendió una sola palabra de inglés. Los pocos amigos occidentales que seguían visitando a Jane creían que era otra de sus humoradas (su frase favorita en los viejos tiempos era: “¿No es abyecto?”), pero se les erizaban los pelos de la nuca cuando ella les decía en voz baja que todo iba cada vez mejor, que Cherifa estaba envenenando de a poco al demonio paralizante que ella tenía adentro.
Entonces vino la isquemia y el traslado a Londres, para la recuperación, en base a electroshocks. Jane quedó sin visión lateral (“Camino siempre por un pasillo, eso es todo”), pero recuperó buena parte de sus facultades: por ejemplo, podía leer las cartas que recibía, y hasta podía escribir cartas ella misma, pero no podía leer lo que iba escribiendo. Es cierto que a las frases les faltaban palabras, y tenían horrores de gramática y sintaxis, pero la letra es perfectamente descifrable y los conceptos también. Son cartas emocionantes, la mayoría a Paul. En ellas le dice que vivió aterrada, al borde de la histeria toda la vida, aunque lo disimuló haciéndoles creer a todos que era “feliz como un cuchillo”. Le dice que él pudo empezar a escribir porque ella dejó de escribir (después de muerta Jane, en 1971, pasaría lo contrario: él dejaría de escribir porque, sin ella para leerlo, sencillamente no concebía interlocutor posible) y en un momento escalofriante, luego de preguntar con insistencia por Cherifa, repite las palabras finales de la inolvidable protagonista de Dos damas muy serias: “Me he desmoronado, que es algo que deseaba hace años, sé hasta qué punto soy culpable, pero he conseguido la felicidad, y la defenderé como una fiera”.