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jueves, 4 de diciembre de 2014

CRISIS SIN PRECEDENTES CERCANOS


Alejandro Álvarez
Gente de diversas orientaciones e ideologías coincide en calificar el momento actual de nuestro país como de una severa crisis. Hago memoria –es un decir– para encontrar una época similar al menos en el último medio siglo. Francamente no la encuentro. Desde finales de la Revolución hasta los cuarenta se vivió un crecimiento estabilizador. Las crisis de finales de los cincuenta se restringió a la oposición sindical, más específicamente a la de los ferrocarrileros y maestros en contra de lo que se conocía como charrismo sindical oficialista. El saldo fue de unas docenas de líderes encarcelados; quepa de pasada un recuerdo a Valentín Campa, Demetrio Vallejo y Othón Salazar. A finales de la década siguiente la inestabilidad social tuvo como pilar al movimiento estudiantil que cuestionaba sin mucha claridad el autoritarismo gubernamental. Fui esencialmente un grito libertario juvenil en coincidencia con una ola mundial similar. El saldo fue otras decenas de encarcelados.  Pocos recuerdan entre ellos a Heberto Castillo, Pablo Gómez, Raúl Álvarez Garín, Luis González de Alba, Gilberto Guevara Niebla, y muchos más. En los setenta irrumpieron grupos guerrilleros que fueron liquidados con relativa rapidez por las fuerzas de seguridad legales e ilegales del gobierno federal, al mismo tiempo que se diseñaba la primera reforma política que traería consigo la legalización del Partido Comunista Mexicano. En los ochenta la crisis fue esencialmente económica con inflación, devaluaciones y un crecimiento brutal de la deuda externa. Más cercana a nuestros recuerdos está la crisis devaluatoria de los noventas en la transición Salinas-Zedillo y la crisis política del agotamiento del priísmo a fines de los noventa para dar lugar a dos sexenios de gobierno panista. Al presidente Calderón se le conocería casi únicamente por la “guerra contra el narco” de la cual apenas ahora se calibra la gravedad de problema que ya entonces se percibía desde la presidencia.
La situación actual  es diferente a todo ese pasado. La incompetencia y corruptelas de todos los partidos políticos se exhibe en toda su magnitud. No bien los líderes políticos festinaban sus logros parlamentarios iniciados con el Pacto por México cuando les estalló en la cara el suceso de Iguala con todas las consecuencias que conocemos pero de las cuales no se ve todavía fin. Corrupción, ilegalidad, narcotráfico, impunidad, son hilos que cruzan de un partido a otro sin distingos de colores tejiendo una red de complicidades donde todos están atrapados. La partidocracia sigue pasmada y grotescamente se deslinda aventando la papa caliente a quien se ponga a modo. El PRD que gobierna Guerrero e Iguala ahora exige que el gobierno federal esclarezca los hechos del infame homicidio colectivo, como si no tuvieran ellos mismos, los perredistas, responsabilidad alguna en ello. Igual que en Michoacán, donde la mancuerna corruptora fue PRI-PRD. Mientras los puritanos panistas contratan prostitutas con dinero público para bailar rítmicamente una quebradita a nivel nacional y en horario triple A antes de compartir la intimidad con las sexoservidoras que amenizan sus reuniones de trabajo parlamentario. Todo ello después de salir de misa.
Sumemos ahora a este cuadro los más bajos precios de la mezcla mexicana del petróleo –cuatro de diez pesos del presupuesto nacional proceden de las ganancias petroleras–, una marcada devaluación del peso ante el dólar y el último ajuste a la baja del crecimiento del PIB ahora fijado en un magro 2.1 por ciento. Recordemos que el año pasado se creció apenas 1.1 por ciento. En este apretado recuento obviamos referir el evidente fracaso de la flamante reforma educativa, al menos en los estados  que urgentemente la requerían como Guerrero, Oaxaca y Michoacán. Así como el fracaso de otra flamante reforma, la fiscal apuntalada por cierto otra vez por el dúo PRD-PRI.
Lo peor de todo es que no hay a la vista partido ni dirigentes que den muestra de tener la capacidad ni la ética para sacar al país de hoyo. Malos augurios para el futuro inmediato nacional. No hay lugar para el optimismo, desgraciadamente.Alejandro Álvarez

Gente de diversas orientaciones e ideologías coincide en calificar el momento actual de nuestro país como de una severa crisis. Hago memoria –es un decir– para encontrar una época similar al menos en el último medio siglo. Francamente no la encuentro. Desde finales de la Revolución hasta los cuarenta se vivió un crecimiento estabilizador. Las crisis de finales de los cincuenta se restringió a la oposición sindical, más específicamente a la de los ferrocarrileros y maestros en contra de lo que se conocía como charrismo sindical oficialista. El saldo fue de unas docenas de líderes encarcelados; quepa de pasada un recuerdo a Valentín Campa, Demetrio Vallejo y Othón Salazar. A finales de la década siguiente la inestabilidad social tuvo como pilar al movimiento estudiantil que cuestionaba sin mucha claridad el autoritarismo gubernamental. Fui esencialmente un grito libertario juvenil en coincidencia con una ola mundial similar. El saldo fue otras decenas de encarcelados.  Pocos recuerdan entre ellos a Heberto Castillo, Pablo Gómez, Raúl Álvarez Garín, Luis González de Alba, Gilberto Guevara Niebla, y muchos más. En los setenta irrumpieron grupos guerrilleros que fueron liquidados con relativa rapidez por las fuerzas de seguridad legales e ilegales del gobierno federal, al mismo tiempo que se diseñaba la primera reforma política que traería consigo la legalización del Partido Comunista Mexicano. En los ochenta la crisis fue esencialmente económica con inflación, devaluaciones y un crecimiento brutal de la deuda externa. Más cercana a nuestros recuerdos está la crisis devaluatoria de los noventas en la transición Salinas-Zedillo y la crisis política del agotamiento del priísmo a fines de los noventa para dar lugar a dos sexenios de gobierno panista. Al presidente Calderón se le conocería casi únicamente por la “guerra contra el narco” de la cual apenas ahora se calibra la gravedad de problema que ya entonces se percibía desde la presidencia.
La situación actual  es diferente a todo ese pasado. La incompetencia y corruptelas de todos los partidos políticos se exhibe en toda su magnitud. No bien los líderes políticos festinaban sus logros parlamentarios iniciados con el Pacto por México cuando les estalló en la cara el suceso de Iguala con todas las consecuencias que conocemos pero de las cuales no se ve todavía fin. Corrupción, ilegalidad, narcotráfico, impunidad, son hilos que cruzan de un partido a otro sin distingos de colores tejiendo una red de complicidades donde todos están atrapados. La partidocracia sigue pasmada y grotescamente se deslinda aventando la papa caliente a quien se ponga a modo. El PRD que gobierna Guerrero e Iguala ahora exige que el gobierno federal esclarezca los hechos del infame homicidio colectivo, como si no tuvieran ellos mismos, los perredistas, responsabilidad alguna en ello. Igual que en Michoacán, donde la mancuerna corruptora fue PRI-PRD. Mientras los puritanos panistas contratan prostitutas con dinero público para bailar rítmicamente una quebradita a nivel nacional y en horario triple A antes de compartir la intimidad con las sexoservidoras que amenizan sus reuniones de trabajo parlamentario. Todo ello después de salir de misa.
Sumemos ahora a este cuadro los más bajos precios de la mezcla mexicana del petróleo –cuatro de diez pesos del presupuesto nacional proceden de las ganancias petroleras–, una marcada devaluación del peso ante el dólar y el último ajuste a la baja del crecimiento del PIB ahora fijado en un magro 2.1 por ciento. Recordemos que el año pasado se creció apenas 1.1 por ciento. En este apretado recuento obviamos referir el evidente fracaso de la flamante reforma educativa, al menos en los estados  que urgentemente la requerían como Guerrero, Oaxaca y Michoacán. Así como el fracaso de otra flamante reforma, la fiscal apuntalada por cierto otra vez por el dúo PRD-PRI.
Lo peor de todo es que no hay a la vista partido ni dirigentes que den muestra de tener la capacidad ni la ética para sacar al país de hoyo. Malos augurios para el futuro inmediato nacional. No hay lugar para el optimismo, desgraciadamente.

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