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lunes, 28 de julio de 2014

PESCA NOCTURNA



Huyendo del canto de las sirenas del bar vecino, donde más allá de la medianoche mis amigos del Santo Oficio ya habían pasado del juglar Sabina a la galaxia Pink Floyd, dejamos reposar el inefable engendro verbal de Nocturno del Tecolote, y tomando nuestros arreos de pesca cruzamos el malecón hacia el "muellecito de madera" que frente a las ruinas del hotel Los Arcos es otra sombra sobre el mar de sombras.

Y sombra entre sombras, como al entrar al cine cuando las luces ya se han apagado ( "Y el ritual del sueño ha empezado",.diría Fellini), poco a poco tus ojos se van "acostumbrando a la oscuridad", a las claridades nocturnas del héroe romántico (La Flor Azul), y descubriendo, paso a paso,el contorno y el rostro de sus criaturas.

Desde parejas que con los pies colgantes sobre el mar no necesitan llegar a la cópula para alcanzar el éxtasis, el grito ahogado de entrelazadas estatuas de sal ; solitarios que dejan a su paso un hornazo que evoca el que recorre las páginas del Auillido de Gingsberg; porteños que llegan en bicicleta a "tirar piola" con sardinas, calamar y cabrilla como carnada.

Dos de ellos ya son mis compitas, Sebastián y Hugo, que no son de aquí, donde residen desde hace años, sino de tierra muy adentro:  la ciudad de México.

Se conocieron en este mismo sitio, aprendiendo a pescar. Y el nuevo oficio/pasatiempo los ha recompensado con creces.

Vienen casi todos los días, a veces al amanecer, y otras al caer la tarde, y se quedan hasta estas horas de la madrugada.

Nunca se han ido con las redes vacías.

De pargos, cabrillas, mojarras, cazones y hasta botetes consiste la parte medular de su dieta y la de sus familias.

¿Botetes? ¿Venenosos botetes, cuyo hígado era utilizado por los nativos de Loreto/ Conchó para trampear y envenenar a la hambreada soldadera del  fundador Salvatierra?

Sebastián, el mayor de mis dos nuevos amigos chilangos pescadores, que llego a La Paz  con la diáspora del 85, siguiendo a un hermano que trabajaba en una fábrica de pinturas, cuenta que cuando cocinó su primer botete no sabía que estos peces dientones y de piel sin escamas, como de hule, representaran un peligro de muerte, como de las que luego se enteró.

Sebastián y los suyos salieron ilesos de su primer botete a las brasas, pero ya advertido, un amigo le enseñó a prepararlos, abriéndolos por "la espalda", de la nuca a la cola, y despellejándolos sin tocar la hiel y el hígado, tan letales como las del bagre.

Y entre plática y plática, un exquisito paréntesis de dialogantes sombras y silencios .De esas velas fantasmales, a la orilla desierta , la ciudad y  la aureola del sueño colectivo.

Hasta que vuelves a sentir el jalón de la piola entre tus manos, calcular el tamaño y forma de la criatura que ha mordido tu anzuelo, allá en el fondo del mar/sombra, por su manera de correrse, de resistirse, y cuya verdadera identidad no sabrás hasta el momento de traerlo a la superficie.

-Cuando quieras vamos a sacar callo de hacha- invita Sebastián, ya de despedida, al cuarto para las cuatro.

- ¿Callo de hacha? ¿Dónde?

- Allá- señala hacia el extremo norte del malecón-,frente al puentecillo del Esterito...En los bajamares.

- ¿ Todavía hay?

-¡¡ Uhh!!-exclama el defeño  sorprendido por la incredulidad del amigo que presume de ser nativo de ese barrio porteño.

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