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sábado, 8 de agosto de 2015

MENCHITO, CHAPO y PIOJO


Alejandro Álvarez

“¡Vuelven a decirle un apodo a alguien y verán cómo les va en la casa!”, así nos decía mi jefecita en la calle cuando escuchaba que saludábamos al Jeringa (un flaco y alto), al Tripa (también flaco y alto pero blanco de piel), al Tachuela (el más bajito del grupo) o al Lobo (el que ya se perfilaba como peludo) y otros alias más o menos objetivos. La recriminación maternal seguía: “Sólo los rateros y otros delincuentes se hablan con apodos”. En lo sucesivo cuidábamos en extremo, volteando la cabeza de un lado a otro, emitir un sobrenombre por más inocente que fuera, por ejemplo el Güero, el Pestañas o el Pecas; ni esos podían pronunciarse. La orden era para acatarse total y absolutamente. No tardó mucho tiempo en que comprenderíamos la profundidad de la lección. Efectivamente, los que a la postre identificaríamos como granujas o, como señala el barroquismo verbal mexicano, “pequeños infractores” (antecedentes de los grandes malandros) no dejaron de llamarse con apodos que luego sufrirían modificaciones conforme avanzaban en edad. El Tachuela pasó a ser el Tapón, luego el Chapo. Y no me refiero al conocido líder internacional del cártel de Sinaloa, que Chapos hay muchos.  La enseñanza con la que inició esta nota tiene una vigencia sorprendente. Cuando las páginas periodísticas se llenan de alusiones a personajes por sus apodos algo no anda bien en esa sociedad. Que ni qué. El Zeta 40, la Barbi, la Tuta, el Barbas, y por ahí pueden hacer una cadena de decenas de delincuentes con sus alias que es como mejor los identifican los medios de información y por supuesto los lectores o audiencia de esos medios. Pierde sabor la nota si sólo dijera: “Recapturan al ciudadano Rubén Oseguera González en posesión de armas exclusivas del ejército y de substancias ilícitas”. Hay que darle el toque criminal: “Atrapan al Menchito, hijo del Mencho líder del cártel Jalisco Nueva Generación, peligrosa organización relacionada con decenas de ejecuciones y trasiego de drogas”. Así ya cambia y la nota “jala”. Si el señor Mencho y su retoño, el junior Menchito, pasaron de moda en un mes sólo se debe a que otros maleantes peores les ganaron la noticia: La fuga de Joaquín Guzmán Loera alias el Chapo a través de un prodigio de ingenio, sagacidad e inmensa corrupción apoyado logísticamente por un ejército de colaboradores expertos en cuanta cosa, empezando por sobar la mano con fajos de billetes. Es seguro que todo el equipo participante en el escape debió tener su alias (el Tuercas, el Mofle, el Panzón, el Roñas, la Ladilla, la Licuadora –que también aquí aplica la equidad de género- y un largo etcétera). Para quien hubiera creído que con esa nota del Chapo nos la pasaríamos meses de reportajes, filtraciones, detenciones y revelaciones, pues les falló. Su lugar en los diarios cedió ante el empuje de otro delincuente: el Piojo Herrera, dizque entrenador en jefe de la dizque selección de fut bol nacional. Confieso que tanto un entrenador deportivo como un médico obesos me despiertan inmediatamente la desconfianza. Podría casi asegurar que un entrenador gordo es un impostor. Y es el caso, precisamente   del Piojo (lo del ejemplo del doctor gordo queda para después). Su fulgurante carrera de entrenador surgió al hacer campeón al club América en el torneo de clausura 2013, en una liga MX en la que priva la mediocridad y cualquier equipo puede ser campeón, así esté en peligro de descenso. Su mérito no fue ese sino ser parte de la mafia –Televisa- que controla el futbol nacional que lo nombró director técnico de la selección inmediatamente. Lo más destacado a partir de ahí fueron sus contratos para hacer publicidad, incluido el moche que le otorgó un partido dizque ecologista para hacer campaña fuera de tiempo. Uno para el otro. Del papelón en la copa América y copa de Oro ya ni hablar. Simplemente se confirma que la Concacaf en un nido de maleantes con un nivel futbolístico de tercera.  Así, en menos de dos meses se conformó lo que podría ser el Dream team (Equipo de ensueño) de la delincuencia mexicana posmoderna. El intelectual Chapo, el de las ideas y poder financiero de “gran calado” –como dicen los legisladores que hacen sus leyes-, audaz y corruptor sin límite, luego la familia de Menchos, los operadores, quienes ejecutan sin misericordia las órdenes por más espeluznantes que sean, y para concluir, el brazo legal –es un decir-, el institucional, el payaso, el que sale en la tele: el Piojo.