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domingo, 10 de noviembre de 2013

La maldición irlandesa


Por Juan Forn

El barrio londinense de Lambeth, sobre el lado “malo” del Támesis, era la letrina de la ciudad en la época victoriana. Se podía beber ajenjo hasta la madrugada, conseguir putas a bajo precio y traficar en todo lo prohibido entre los fétidos efluvios de las destilerías de cerveza, pero incluso allí el sonido de un balazo era motivo de estupor (las armas de fuego eran para la caza o para la guerra en Inglaterra, los bobbies británicos no portaban pistola por la calle hasta ayer nomás). Así que el barrio entero vio cómo se llevaba la policía a William Minor cuando éste bajó en calzoncillos a la calle en plena noche y mató de cinco balazos a un tipo que pasaba fatalmente por ahí (después de vaciar el arma contra su víctima, Minor no opuso resistencia al arresto; se limitó a decir: “Creo que maté al hombre equivocado”).
El asunto se volvió una papa caliente para las autoridades cuando se supo que el asesino era norteamericano, médico cirujano y oficial del ejército, veterano de la guerra civil entre el Norte y el Sur. También había estado internado en St. Elizabeth’s, el manicomio que años después albergaría a Ezra Pound. Minor había enloquecido durante la guerra, nomás llegar al frente como cirujano, cuando sus superiores lo sometieron a una prueba iniciática: el ejército del norte tenía muchos desertores, la mayoría eran inmigrantes pobres irlandeses que veían con creciente frustración que los negros liberados por el Norte se quedaran con los trabajos que antes eran para ellos, así que optaban por volverse a su tierra a pelear contra los ingleses, aprovechando la sed de sangre que les había despertado la guerra (la mitad de los nacionalistas fennianos eran veteranos del frente norteamericano). Para evitar las deserciones, el ejército marcaba con un hierro al rojo en la mejilla a los que intentaban fugarse. Esa fue la primera tarea de Minor en el frente: marcar a un hombre, que resultó ser irlandés, y que maldijo para siempre al joven médico que le desfiguró la cara.
Minor se pasó el resto de sus noches en la tierra perseguido en pesadillas por nacionalistas irlandeses que lo sometían a todo tipo de vejámenes. Mientras estuvo en el frente, disimuló su locura en el desmadre general, pero cuando terminó la guerra el ejército lo recluyó en St Elizabeth’s y sólo lo liberaron bajo promesa de abandonar el país en busca de cura en Europa. Minor iba a Suiza pero nunca llegó. Al desembarcar en Londres descubrió las putas de Lambeth y ahí se quedó hasta la noche en que, creyendo que hacía frente a una jauría de fennianos que venía por él, mató a balazos con su pistola reglamentaria del ejército a un pobre jornalero padre de seis hijos, que volvía de hacer doble turno en una destilería de cerveza. El cónsul norteamericano intervino y Minor se salvó de la horca: fue a parar al Asilo de Criminales Lunáticos de Broadsmoor. Imaginen una cárcel de piedra casi sin ventanas. Imaginen sus calabozos. Ahora déjenme describir el de Minor: le habían dado dos celdas interconectadas, una de ellas tenía chimenea, le dejaron poner estantes de piso a techo y también le dejaban comprar libros de Londres. Su familia se había hecho cargo de la viuda y los seis hijos de su víctima. La viuda había aceptado el perdón que pedía Minor y hasta accedió a ir a verlo a Broadsmoor, no una sino docenas de veces. En esas visitas le llevaba los libros que Minor encargaba a Londres. En uno de esos libros, el prisionero (cuyo comportamiento era ejemplar, se pasaba el día leyendo, aunque sus noches seguían siendo pavorosas) encontró la famosa convocatoria de voluntarios de James Murray cuando empezó a hacer el diccionario más inmoderado de la historia: el OED u Oxford English Dictionary.
Era una tarea ciclópea, un diccionario que contaría no sólo el significado sino el origen de cada palabra del idioma inglés. Cien años antes, el famoso Dr. Johnson lo había intentado (“No tenemos mapa ni brújula que nos guíe por el ancho mar de las palabras”). Pero la era de las gestas de un solo hombre pertenecía al pasado. La Academia Francesa ya tenía su diccionario; Inglaterra debía estar a la altura. Sólo que los ingleses carecían de esa idea colegiada de la cultura; Oxford parecía inventado para hacer de la excentricidad y la falta de organización una forma de vida, y en este caso dieron una muestra más de extravagancia: su diccionario sería obra de voluntarios, de legiones de voluntarios. Ninguno de los ilustres de Oxford quiso comandar empresa tan absurda; por eso cayó en manos del escocés James Murray, un autodidacta que nunca había pisado la universidad. Mientras trabajaba en un banco, Murray había aprendido solo todos los idiomas que se hablaban en las colonias de la Corona, además de dedicar sus ratos libres a las diferencias y semejanzas entre la lengua de los indios wowenoc de Maine, los antiguos celtas y las tribus del Indostán. Cuando pidió trabajo en el Museo Británico le dijeron que era demasiado autodidacta para ellos. Cuando la Encyclopaedia Britannica le encargó el capítulo dedicado a la influencia escocesa sobre el idioma inglés, el banco lo echó. Nadie salvo Murray habría aceptado la delirante tarea de hacer el gran diccionario inglés sólo con ayuda de voluntarios.
Minor se sumó a la aventura cuando el OED ya tenía ochocientos voluntarios trabajando y el número seguiría creciendo en los años siguientes, pero ninguno sería tan meticuloso y efectivo como el misterioso “Dr. Minor, de Broadsmoor”. Así firmaba sus envíos el recluso del asilo de lunáticos. Casi treinta años estuvo enviando sus colaboraciones al OED. Lo que al principio fue un goteo se convirtió en un torrente cada vez más caudaloso. En 1897, cuando la reina Victoria se decidió a apadrinar el proyecto, hubo un banquete en el Queens College para los seiscientos colaboradores más eficaces del diccionario, pero Minor no apareció, aunque según su remitente vivía a sólo setenta kilómetros de Oxford. De manera que Murray se subió a un tren y partió a conocer a su mejor colaborador. Cuando llegó a Broadsmoor y lo hicieron pasar a la oficina del director, tendió su mano al anfitrión diciendo: “Doctor Minor, ¡por fin!”. El director del asilo tuvo que aclararle el malentendido, antes de llevarlo a la celda del norteamericano loco.
Casi treinta años se quemó las pestañas Minor colaborando para el OED, y cada noche de esos treinta años peleó en sueños con irlandeses que querían vejarlo. Un día dejó de colaborar, sin explicaciones. Pocos días después, con un cortapapeles que le permitían tener, se cortó la pija y la arrojó al fuego. No se desangró, era cirujano, pero quedó ido desde entonces. Por petición de Murray, el gobierno inglés permitió su repatriación a América en 1910. Internado en St Elizabeth’s, no pareció registrar nada cuando le anunciaron en 1915 que Murray había muerto. Tampoco había irlandeses en sus sueños, ya. Murió durmiendo en 1920. Su lápida tiene un renglón, la redactó el propio Murray y está en el prefacio del OED, en la lista de agradecimientos, donde se lee en letra minúscula: “Las incansables contribuciones del Dr. Minor de Broadsmoor se encuentran en todas las páginas de este diccionario”.

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