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domingo, 25 de mayo de 2014

MARCO MUÑOZ Y SU PERSONAJE




A principios de los ochenta, recibí en mi casa de La Paz la inesperada visita nocturna de uno de esos amigos no por poco frecuentados menos estimados, cotizado sex symbol de la farándula porteña. 

Traía entre manos un legajo de cuartillas con la historia de un personaje que soñaba con ser actor.

Quería terminar esa novela, ser escritor, pero también y sobre todo, encarnar en la vida real a su personaje, el actor.

A la vuelta de los años, caminaba por la calle de Balderas, en el centro de la ciudad de México, hacia el café La Habana, cuando me topé con una inusitada escena banquetera.

En el centro de un círculo de fotógrafos y curiosos, un galán que nos daba la espalda tenía bien apergollada y besaba alevosamente a uno de los símbolos sexuales femeninos del cine mexicano del momento, la acrtiz Leticia Perdigón.

Cuando llegó la voz de corte! y el galán  se despabiló y paseó la mirada sobre el público, nos reconocimos con ese gusto tan especial de encontrarte azarosamente con un paisano amigo en el centro de la megalópolis.

Sin reparar en los requerimientos del set, de la maquillista, el galán se me acercó con un  sonoro «¡Quíhubole cabròn!», y nos fundimos en un cálido abrazo.

¿ Qué andaba haciendo por ahí?

Le dije que trabajaba en la vecina  revista Claudia, allá en la esquina del Novedades, y que iba al Café La Habana. 

¿Vamos?.

Y previa plática con el director de la fotonovela,  nos fuimos a compartir un cefecito y una sabrosa charla en la que mi amigo me contó las dificultades para abrirse paso en el medio actoral mexicano, sobre todo en Televisa.

 En ese momento vivía al día, en un cuarto de servicio y no soñaba con conquistar a Angélica María.

Tiempo después, cuando ya era un popular actor de telenovelas, me lo volví a encontrar en La Paz, y ahora él me invitó un café en la terraza del Perla.

Unas bellas "morritas" que pasaban en carro a vuelta de rueda por el malecòn lo reconocieron al grito de "¡ Miraaaa, ahí está el del Maleficio!!".

(¡Trágame tierra!)

Me vienen estos recuerdos porque hace un rato Marco se me volvió a aparecer cuando ya  me estaba preguntando dónde andaría.

Fue en la pantalla de un restaurante chino, muy en su entacuchado papel en otra telenovela, con sus emblemáticos hoyuelos en los cachetes y una que otra canita y arruguita que acentúan el sex appeal del galán otoñal.

Ahí estaba  el personaje de la pretendida novela juvenil de mi amigo cumpliendo con su sentencia literaria.

Ahí estaba, siempre fiel a sí mismo, un actor llamado Marco Muñoz.

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