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martes, 4 de febrero de 2014

IZQUIERDA ESCALOFRIANTE


Alejandro Álvarez

Todavía hace treinta  años la arquitectura del edificio de la izquierda nacional tenía rasgos muy claros en su configuración. Como parte de su doctrina estaba la abolición de las clases sociales, el desmantelamiento del estado “burgués” con todo y sus instituciones más sobresalientes (ejército, tribunales judiciales, parlamento, etcétera) para instaurar un estado “obrero” que ejercería el monopolio de la economía y la política (partido único, gobierno como propietario único de la tierra, de las fábricas y de los servicios públicos, etcétera). Suena escalofriante quizás, pero esa era parte de la filosofía y principios que unía a una gran diversidad de grupos. Los autores clásicos eran desde luego Marx, Lenin y Engels (los grandes gurús) y luego las capillitas de los trostkistas, maoístas, castristas, titoístas, guevaristas, kimilsungistas, hochiministas, y otro largo etcétera. Suena también escalofriante, pero para todos había un motivo de diferenciación.
El funcionamiento u operación de esa izquierda era también muy peculiar. La base de las organizaciones era la “célula” integrada por tres o hasta diez miembros aproximadamente. Sesionaban al menos una vez por semana. En el orden del día siempre había un punto para el análisis de la situación, la discusión al respecto podía durar horas. También se realizaba el estudio de algunos de los textos sagrados de los autores arriba referidos. Se regían por el “centralismo democrático”, una especie de dictadura de la cúpula sobre el resto de la organización bajo el pretexto de la importancia de la disciplina militar para el logro de los más altos anhelos. Cada año realizaban una “escuela de cuadros” donde los camaradas más aventajados en la teoría revolucionaria aleccionaban al resto en encerronas que podían durar tres o cuatro días. Para sostener a la organización e incluso pagar un magro salario a los principales dirigentes se pagaban cuotas. Una especie de diezmo obligatorio. Quienes no cumplían podían ser sujetos a sanciones escalonadas hasta llegar a la expulsión vergonzosa. Escalofriante también ¿no?
Por más pequeño que fuera el grupo imprimían su periódico. Los más sencillos eran dos o tres hojas tamaño carta mimeografiadas (casi siempre muy manchadas) y engrapadas. Los más formales eran tabloides de imprenta con muchas letras abigarradas. En brigadas se iban a escuelas, fábricas o la vía pública a vender su producto editorial. A tirones y jalones se autofinanciaban esos periódicos que eran “la herramienta ideológica principal de la organización”.
Siempre había motivos para dividirse y subdividirse por una interpretación especial de las sagradas escrituras o por una diferencia en la interpretación de las medidas a tomar para “agudizar las contradicciones sociales y propiciar la revolución”. Los camaradas que coincidían en ideas se constituían en “tendencias” o “fracciones” –algo parecido a las “tribus” actuales- que casi siempre terminaban expulsados o se escindían para formar otra organización. Entre el grupo “madre” y sus derivados era común la acusación mutua de “traidores a la causa”, “agentes de la burguesía”, “revisionistas”. Suena escalofriante pero así de tajantes eran las ideologías de las sucursales de la matriz marxista.
Como los medios de información masiva estaban cerrados para estos grupos la manifestación callejera era la forma más común y casi única para hacerse oír. La cantidad de asistentes a las manifestaciones era la medida indiscutible de la influencia e importancia de las organizaciones convocantes. Antes no era raro que una manifestación terminara con garrotazos contra los manifestantes a los pocos minutos de iniciada. Ahora los manifestantes agarran a garrotazos a la policía, destrozan cuanto se les pone enfrente, toman posesión de edificios públicos y escuelas  y exigen de inmediato una “mesa de negociación” ante la mirada atónita de las “fuerzas de seguridad”. Lo que también da escalofríos.  Las manifestaciones actuales de los grupos sindicales o sociales es un vestigio prehistórico casi irreconocible de épocas pasadas.
Que se sepa no existe ninguna formación ideológica de los miembros de la izquierda actual, ni leen textos de algún ideólogo y sus ideólogos ya no escriben algo distinto a los discursos contra el “neoliberalismo”. Tampoco tienen una estructura de organización. Su lugar lo ocupan organizaciones “populares”, que mantienen una relación clientelar con los partidos de izquierda. Mas o menos lo mismo que inventó el PRI hace un chorro de años.
Si la izquierda se caracterizó en el siglo pasado por cautivar a los jóvenes quienes constituían la gran mayoría de su membrecía hoy se caracteriza por ser el rescoldo de personas de edad más que madura y que vienen de militar en el PRI. Ejemplos, Cuauhtémoc Cárdenas de ochenta años, que por cierto le ruegan y le ruegan para que acepte ser el “nuevo” presidente del PRD. Porfirio Muñoz Ledo de ochenta y un años ha brincado como pocos en el espectro político nacional, proveniente del PRI   ha militado en todo aquel partido que le ofrece una curul o por lo menos una embajada como con Fox. Pese a todo se sigue diciendo “hombre de izquierda”. Ifigenia Martínez de ochenta y tres primaveras, salió del PRI junto con Cárdenas y Muñoz Ledo, desde entonces carga la etiqueta de “mujer de izquierda”. Manuel Camacho Solís de sesenta y ocho abriles junto con Marcelo Ebrard de cincuenta y cinco, fueron sobresalientes promesas de Carlos Salinas quien los cultivó hasta que después de un berrinche del primero por no ser candidato a la presidencia decidieron irse a la izquierda juntitos. Manuel Bartlett de setenta y ocho velitas en el pastel orquestó como secretario de gobernación de Miguel de la Madrid la “caída del sistema” mientras maquillaban las cifras que le darían el triunfo electoral a Carlos Salinas en contra de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988. Hoy es senador de izquierda del PT y se pasea en las calles junto a Cárdenas. En un reportaje reciente de la revista nacional Proceso tres ex policías señalan que Bartlett recibió de Caro Quintero varios miles de millones de dólares para su campaña como precandidato presidencial del PRI en 1984. También lo señalan como participante en la muerte del agente de la DEA Enrique Camarena. Si la izquierda de antaño daba escalofríos la actual no hace malos quesos.