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martes, 18 de febrero de 2014

NUESTROS BENDITOS PROTECTORES


Alejandro Álvarez

Seguramente desde los más remotos tiempos ha habido personas o grupos que se han presentado como protectores de algo o alguien, de cosas o causas o gentes. Contemplando nuestro pasado más reciente podemos hacer una lista de algunos de ellos.  Hay quien o quienes se autoproclaman protectores de la naturaleza, del ambiente, de los animales –o de algunas especies de ellos-, de edificios, de barrios, de nombres de calles, de industrias, de los consumidores, de los productores y hasta de la moral y las buenas costumbres. 
Quien se asume como protector toma una aparente ventaja de inicio ¿alguien se atrevería a atacar o criticar a la persona que ha enarbolado la tarea de amparar o ser un escudo contra alguna amenaza? Se ve difícil, pero luego van apareciendo cosas que no son tan automáticas, loables y razonables como se esperaba. Veamos algunos ejemplos.
Entre los productores de diversos bienes y servicios privó por muchísimos años la idea de proteger la economía nacional de los productos extranjeros. Bajo el cobijo de un discurso nacionalista o regionalista lo que realmente había era la política de mantener un mercado cautivo aislado de la competencia con el exterior.  Los empresarios nacionales estaban contentísimos, vendían a los consumidores al precio y con la calidad que se les antojaba. La apertura económica nos demostró que en otros países se producía a menor precio y con mejor calidad. Nuestros “protectores” de la economía nacional desaparecieron discretamente luego de que fueron descobijados.
Entre los que se dicen protectores de la naturaleza y el ambiente no son pocos los que no ven contradicción entre sus dichos y el hecho de que les encanta despachar en oficinas con aire acondicionado de varias toneladas de capacidad de enfriamiento, trasladarse hasta para ir a las tortillas en su carro de modelo reciente –si es una pick up de máximo cilindraje con el logo de su ONG, mucho mejor-. Hay otros que no ven tampoco contradicción entre repudiar la actividad minera y usar los últimos modelos de teléfonos móviles, computadoras, televisiones y relojes elaborados con metales extraídos por la actividad minera. Unos más se desgarran por la transformación del paisaje producto de la actividad económica pero le piden a papi que compre la casita de campo en el nuevo fraccionamiento que deforestó cien hectáreas de vegetación nativa para instalar “molls’, hoteles, campos de golf y, desde luego, su casita de campo de acceso restringido. Muy defensores del “paisaje”, si como no.
Los protectores de animales ponen el grito en el cielo por el sacrificio de un toro en la feria taurina, pero no le hacen el feo a un filete mignon o a un pavo relleno o a una langosta o un robalo relleno . Y tampoco les duele mucho poner veneno contra roedores o usar insecticida a granel contra cucarachas e insectos diversos. Esos no son animales, seguramente, o son animales “de segunda”.
También se escandalizan porque en regiones del país comen chango y en otras –¡virgen santísima!- comen tortuga y sus huevos, chapulines, gusanos, hormigas, tapires, jabalíes y ratas de campo. Para ya no hablar del consumo de perros y gatos en países del sureste asiático. Cuando desde la comodidad de una oficina y con un ingreso  de varios dígitos se condena el trato de varios animales “exóticos” como fuente proteínica en realidad lo que se exhibe es la ignorancia de un hecho incontrovertible: cuando hay hambre de verdad se puede comer cualquier cosa. No hace muchos años un grupo de deportistas que se accidentó en los Andes chilenos se vieron obligados a comer carne de sus compañeros muertos en el accidente. Nuestros antepasados prehispánicos comían la carne de una raza de perro que engordaban para tal fin y practicaron el canibalismo con los cuerpos de las personas que previamente eran sacrificadas en las ceremonias en que se ofrecía a los dioses el corazón de las víctimas.
Donde unos ven unos simpáticos polluelos otros imaginan un pollo rostizado. En algunos lugares se venden perros como mascotas en otros se venden para restaurantes exclusivos.
Pero de todos nuestros “protectores” destacan unos especialmente perversos, los que protegen la moral y las buenas costumbres. Veamos el caso de Adriana Manzanares, una indígena de la etnia nahua, que fue detenida en 2006 y condenada a 22 años de cárcel luego de ser acusada de abortar a los cuatro meses de embarazo. La “justicia popular” casi la linchó antes de ser puesta en manos de un ministerio público acusada de homicidio. La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) resolvió hace pocas semanas, por unanimidad, otorgarle un amparo debido a que la mujer no tuvo un debido proceso penal, los “usos y costumbres” no contemplaban establecer pruebas fehacientes de las acusaciones contra Adriana, bastaba con el dictado “popular” que es al parecer la forma de “proteger las tradiciones, usos y costumbres”.
Otro caso es el de la menor Alma Delia que fue vendida en Tijuana por sus padres en 65 mil pesos quienes alegan que en realidad es un asunto de entrega de la “dote” y corresponde a “usos y costumbres” del lugar de origen de la adolescente. El caso trascendió porque Alma Delia huyó de sus compradores y se refugió con una vecina. Florentina, madre de Alma Delia, justificó la solicitud y entrega de dinero a cambio de su hija por tratarse de una “costumbre” prevaleciente de una comunidad cercana a Chilpancingo, Guerrero, de donde provienen, y que consiste en donar un dinero como recambio para proceder a la unión matrimonial, aunque la transacción se realizó en Tijuana. Se ve que los protectores de los usos y costumbres no conocen fronteras regionales para realizar su defensa de las “tradiciones” de cuyas barbaridades se podrían llenar varias páginas.
En varios países musulmanes de África y Asia tienen la “tradición y costumbre” de practicar la mutilación genital femenina consistente en extirpar el clítoris y los labios mayores de la vagina, en un acto ritual que por lo general se realiza sin anestesia y con primitivos  instrumentos de corte. La explicación de esta salvajada según los “defensores de la tradición” es que las mujeres no deben tener deseos ni satisfacción sexual. Sólo los hombres, desde luego.
Diversos especialistas en derechos humanos han establecido que gran parte de los “usos y costumbres” en todo el mundo (junto con sus radicales defensores), representan flagrantes violaciones a los derechos humanos y que en el fondo lo que realmente propician es perpetuar la condición de sometimiento, cacicazgo y atraso de las comunidades.
Así que cuando se le presente uno de tantos de los benditos protectores que dicen ser los únicos y verdaderos conocedores de lo que nos conviene, póngale las cruces.