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sábado, 6 de marzo de 2010

LOS INTELECTUALES Y EL PRI

REFORMA

Humberto Roque Villanueva

Ahora que resurge el temor para algunos de que el PRI regrese a la Presidencia de la República en 2012 y que se convoca a alianzas electorales estatales para combatir al enemigo común, sacrificando ideologías y principios, conviene recordar con qué facilidad y simplismo se puede juzgar la historia política del país.

Un buen ejemplo de este simplismo es ignorar la relación entre el PRI y los intelectuales. Si tendemos un puente entre la creación del Colegio Nacional en 1943 que convocó a lo mejor del mundo del arte y de la ciencia en México para integrar, entre otros, a José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Diego Rivera, Clemente Orozco, Manuel Sandoval Vallarta, Antonio Caso, Mariano Azuela e Ignacio Chávez y el voto razonado que anunciaron destacados intelectuales y científicos en favor de Adolfo Ruiz Cortines candidato del PRI a la Presidencia de la República en 1952, podemos encontrar una línea histórica poco comentada.

Hablar de la elección presidencial de ese año no nos lleva a la imagen de un partido hegemónico que no tuviera problemas para refrendar su vocación mayoritaria. Por el contrario, en ese año se presentó la división de una corriente cardenista que impulsó la candidatura de Miguel Henríquez Guzmán, al tiempo de que el Partido Acción Nacional postulaba a Efraín González Luna con amplia aceptación en determinados grupos católicos; por su parte, el Partido Popular resultó abanderado por Vicente Lombardo Toledano con ideología de izquierda y con sólida preparación intelectual. Todo lo anterior abona el valor de la definición política que decidieron asumir prominentes mexicanos de los campos científico y humanista de la cultura nacional.

Los personajes que decidieron hacer pública su preferencia electoral responden a diversas trayectorias de neutralidad política o incluso de franca oposición a los gobiernos revolucionarios. En el primer caso destaca la figura de Alfonso Reyes que, como señala él mismo en su carta publicada en el periódico Excélsior, su deseo de no mezclarse en la política interior de México proviene de “las amargas experiencias de mi infancia y de mi primera juventud”. No olvidemos que el destacado literato fue hijo del General Bernardo Reyes quien murió frente a Palacio Nacional en la rebelión antimaderista. Con estos antecedentes resulta de mayor valor que él afirmase en esa ocasión: “con todo el respeto que me merecen los hombres señalados por los distintos criterios nacionales para ocupar la Presidencia de la República durante el próximo sexenio, y tras un detenido examen de sus cualidades y de la conveniencia determinada por las circunstancias y por el momento histórico es decir: razones intrínsecas y razones exteriores y circunstanciales-, no vacilo en escoger al candidato Don Adolfo Ruiz Cortines”.

Así como Alfonso Reyes de la neutralidad política pasa a la definición de preferencias electorales, es de destacarse el caso de José Vasconcelos que, como lo demuestran sus libros autobiográficos, tuvo radicales diferencias con distintos gobiernos procedentes del PNR. Es conocida la penetración intelectual de su campaña por la Presidencia en 1929. Independientemente del juicio que cada quien quiera hacer sobre la figura de José Vasconcelos, nadie podrá negarle su destacada tarea como educador, su recia formación filosófica y su pasión política. Es en este contexto que aparece la abierta preferencia del distinguido filósofo por el candidato del PRI.

No concluye con este episodio la relación entre los intelectuales y el PRI; fue fructífera la participación de Jaime Torres Bodet, Agustín Yáñez y Jesús Reyes Heroles en la cartera de Educación Pública en distintos gabinetes presidenciales. De igual manera habría que resaltar figuras como la de Pedro Ramírez Vázquez, Gustavo Baz y Jesús Kumate en la administración pública federal. Por lo que se refiere al servicio exterior, no podemos dejar de señalar a Carlos Fuentes y Octavio Paz. Es importante aclarar que la participación de estos últimos no implicó sujeción política alguna.

Sirvan éstos ejemplos, que seguramente no son todos, para evidenciar algunas luces en el largo periodo de la hegemonía priista que, por supuesto, no está exento de sus respectivas sombras. Lo que ahora nos interesa destacar es que no resulta fácil descalificar a un partido político por los años que se mantiene en el poder.



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