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viernes, 22 de febrero de 2013

PEMEX Y EL DESPRECIO A LOS GOBERNADOS



Alejandro Álvarez

Han transcurrido más de tres semanas desde la explosión en uno de los edificios administrativos de Pemex en la Ciudad de México. Ha sido demostrada por especialistas en temas de gases y de explosivos la endeble estructura de la versión oficial; no hay explicación ni sobre el origen del gas, ni sobre su composición. Ni qué decir sobre los contratos millonarios de mantenimiento que debieron detectar o reportar alguna anomalía previa al siniestro. Menos sobre los sistemas de vigilancia del complejo administrativo. En Internet circulan mil versiones producto de supuestos no demostrados pero indudable y morbosamente atractivos: que si un autoatentado, que si los zetas, que los que quieren vender Pemex, que si los que no lo quieren vender, que si documentación archi recontra secreta ha desaparecido, que si las computadoras, en fin. Especulaciones para dar y prestar. El tiempo opera a favor de la imaginación popular y las autoridades parece no preocuparles mayor cosa. Da la impresión de que a solas dicen los gobernantes: que piensen lo que quieran; incluyendo las opiniones técnicas que han puesto en un predicamento la historia del gas metano y la chispa misteriosa que lo encendió.
Todo apunta a que el asunto se dejará podrir con uno que otro manoseo alrededor de lo mismo, para  no hacer olas a pesar de aquel concepto jurídico básico que obliga a deslindar responsabilidades donde quiera que exista una muerte violenta. Para estar a tono con la tónica gubernamental, se puede estar cocinando una buena birria de chivo expiatorio.
Sin embargo la pieza del desastre de Pemex y su secuela no está tan fuera de lugar en la atmósfera creada en el poco tiempo de este nuevo gobierno. La presión a los ministros de la Suprema Corte para dejar libre a la francesa secuestradora, el perdón a las deudas millonarias de los municipios, la aparición de grupos armados de autovigilancia “popular”, la reforma apresurada de leyes para logar la liberación de vándalos  que destruyen la vía pública o que se apoderan de centros educativos, o que les prenden fuego y luego exigen una mesa de negociación siempre y cuando, claro, no se les haga ninguna demanda judicial. Ese es el tejido de la “nueva” política priísta, no muy diferente de la panista, ni de la perredista en los estados que los amarillos han gobernado. Baja California Sur sin ir más lejos.
Una sola frase sintetiza la “nueva” política: el desprecio por los gobernados. Los partidos ya se pusieron de acuerdo, ya les dijeron y se dijeron: pa’ todos hay, nomás bien alineaditos. Y efectivamente, ahí están azules, rojos, amarillos, y los colores que resulten, tendiendo la mano para recibir su rebanada de poder en una “civilizada sociedad democrática” en la que “pa’ todos hay”. ¿Entonces para qué es el Pacto?
Ah! y en el reparto no puede faltar la sociedad civil encarnada en las organizaciones no gubernamentales que no hace mucho se desgañitaban queriendo llevar a juicio a Calderón por las miles muertes violentas de las cuales según ellos era directo responsable el presidente Calderón y ahora están muy calladitos sin que asome para nada lo que sería la nueva cantaleta de “los muertos de Peña” ante el desfile de ajusticiamientos del crimen bien organizado que no ha visto en el cambio de gobierno motivos suficientes para cambiar de estrategia. Mala señal.

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