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martes, 8 de octubre de 2013

RESTAURADORES


Alejandro Álvarez

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) confirmó hoy daños en casi cincuenta por ciento de la superficie de la escultura de Carlos IV, conocida como "El Caballito", debido al inadecuado proceso de intervención al que fue sometida por la empresa contratada por autoridades del gobierno del Distrito Federal, quienes actuaron sin el aval del Instituto (El Universal, 8 de octubre 2013).

Eran las diez de la mañana de la primera semana de septiembre, el funcionario del gobierno del DF bien perfumado, con su traje impecable y el pelo engomado se dirigía a la estatua El Caballito acompañado del jefe de restauradores de la compañía recién contratada. Ya al pie de la escultura se da la siguiente conversación:

Funcionario (F): – ¿Cómo la ve ingeniero, verdad que ya necesita su manita de gato la ‘estuatua’?
Restaurador (R): – ¡Puta! Que si no. Mire nomás como la tienen descuidada. Yo creo que nunca le han dado su mantenimiento de ley. Con perdón de usted pero está más cagada que un excusado de mercado ¿Hace cuánto tiempo dice que inauguraron a este jinete con su cuaco?
F: – Pues la mera neta ni sé, pero ya lleva sus añitos. Mire nomás cómo anda vestido el fulano este. Parece que estaba en un desfile de Carnaval.
R: – Pos le va a salir carito ¿eh? Se va a llevar un chingo de reactivos y mano de obra.
F: – Por la lana no se preocupe inge. Lo que queremos es que luzca, que brille reluciente para impresionar al mero-mero, ya sabe. Se va a ir pa’ tras cuando vea este caballito echando tiros.
R: –  Pos tiros no va a echar porque ni pistola trae este charrito montado pero me cae que si va a dar una mejoradota.
F: – Oiga y si no es secreto profesional ¿cómo le va a hacer?
R: – Mire licenciado, para usted no tengo secretos. ¿No la vaya a usted a agarrar por otro lado, eh? Bueno, hecha la aclaración ahí le va. Para estos fierrotes bien oxidados lo primero es darle una buena escobeteada con uno de esos cepillos de cerdas gruesas de acero. Tumbarle bien bien toda la costra que se pueda. Luego con detergente de esos que usan los mecánicos le damos su lavada y otra escobeteada. La dejamos reposar y ya seca la fierriza la chorreamos con un ácido bien chingón. Tenemos que usar máscaras de tan cabrón que está. Hasta se llegan a marear los maistros que traigo si están expuestos mucho tiempo a esos vapores.
F: – ¿No será muy agresivo el tratamiento para los trabajadores?
R: – ¡Nooo que va! Los tengo bien acostumbraditos a las chingas pesadas. Lo que sí las garras que traigan puestas quedan hechas tiras. No les queda ni un pedacito de tela buena. Y si les salpica en la jeta no le cuento las llagotas que se les hacen.
F: – ¿Y ya después de la restregada con el ácido ése queda chido y brillososo el metal?
R: – ¿Cómo cree que con eso nomás lic? El ácido disuelve bien el sarrito que le queda después del cepillón, pero queda opaco, sin lustre. Aquí viene después un par de compitas que son unas flechas en el maneo del esmeril con el que le dan una pulida a fondo a todísima madre. Tienen discos de distinto diámetro hasta unos chiquitines que parecen de joyero. Son tan cabrones mis chalanes que desbastan puntas y filos a todos los fierros hasta dejarlos bien lisitos y por lo que veo a este caballito le tienen que hacer mucha chamba porque lo veo muy rugoso, de plano burdo. Mire los huevotes cómo los tiene el caballo y los pelos parados del charro que lo monta. ¡Ah que licenciado es broma, no se fije, son dicharachos nomás!
F: – Ya veo que algo del caballito le encantó ingeniero. Bueno, entonces sin falta en un mes reinauguramos este jinete y su jamelgo. El jefe se va a poner re contento. Ora verá.


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