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viernes, 10 de diciembre de 2010

LA REVOLUCIÓN MEXICANA Y SU LITERATURA

EL MOVIMIENTO ARMADO DE 1910 DA PERSONALIDAD
PROPIA A LA NARRATIVA MEXICANA


Por Manuel Murrieta Saldívar



manuelmurrieta@orbispress.com



Con la “Narrativa de la Revolución” las letras mexicanas alcanzan verdadero carácter propio y se colocan en posición distinguida dentro del espectro literario universal. Fue un salto cualita­tivo, brusco, de la tradición narrativa nacional cuyos orígenes se remontan hasta los primeros años de vida independiente. Es decir, la novela revoluciona­ria contrastó con las obras del siglo XIX que en mucho se esforzaron por imitar y continuar estilos europeos acomodándolos, más o menos logradamente, a veces super­poniéndolos, a la realidad mexicana. El costumbrismo, el rea­lismo, el naturalismo y el roman­ticismo dominaron las concepcio­nes estéticas de los literatos decimonónicos del país producien­do narraciones que, aunque recrean atmósferas nacionales, no dejan de emanar olores europeos. Así, El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), publicada por entregas en 1816, primera novela en Hispanoamérica, retoma las aventuras de un mestizo cuestionador de la sociedad novohispana; temática que hace recordar a la tradición picaresca española y a la corriente neoclasicista de la ilustración francesa por los innumerables mensajes pedagógicos y morales que contiene. En La Parcela (1898) de José López Portillo y Rojas (1850-1923), de las primeras novelas con tema campirano, hay una visión ensoñadora de la situación rural donde se enfren­tan dos poderosos terratenientes por un insignificante pedazo de tierra; el perdón produce la restauración de una amistad romántica afectada por la disputa del predio el cual retorna a su dueño "legal" mientras que los peones y jornaleros—despojados, vejados y explotados en la realidad porfiriana—escasamente son mencionados.


Estas producciones significati­vas, la primera por representar el punto de partida de las letras nacionales e incursionadora en la crítica social, y la segunda por estrenar el conflicto por la tierra y evasora de la terrible situación de injusticia del peón y del campesinado, proporcionan sin em­bargo ejemplos de la evolución literaria de México. Junto con otras de la misma centuria, muestran los intentos y aciertos que se dieron para encontrar, crear y cuajar el estilo y características propias de la palabra escrita en lengua española mexicana. La mayor parte de estas obras hay que entenderlas y explicarlas en función, pues, de que representan "un necesario aprendizaje de un país joven que buscaba ser” y porque fueron producidas por "autores de una literatura de imitación" (La crítica 7).



El cambio cualitativo, el salto intempestivo en el estilo y temática aparecido durante y después del movimiento armado del 910, estrictamente no fue repercusión de las creaciones que le antecedieron. Como lógicamente podría suponerse, el proceso de perfección formal y la tendencia a dominar y actualizarse respecto de los movimientos literarios europeos que se observa en la narrativa mexicana, no influyeron determinantemente en su maduración. La novela de la Revolución no fue obra de los seguidores de corrientes extranjeras, de los sectores más cultos de finales y principios del siglo como los "científicos", simpatizantes del porfirismo, o de "los más altos ingenios que se habían reunido en el Ateneo de la Juventud -Guzmán y Vasconcelos aparte- quienes en general ignoran la Revolución; su mejor ejemplo: Alfonso Reyes" (La crítica 61); tendencia que seguirían más tarde, de 1920 a 1940, los "Contemporáneos". Los escritos del movimiento armado no brotaron preponderantemente de estos círculos intelec­tuales, unos por afinidad política-ideológica al régimen dictatorial, otros por el "afrancesamiento casi obligado", por simple ausencia de compromiso social, o "por el escamoteo de lo vernáculo (que era) algo muy parecido a una maniobra política" (La crítica 52).

Sucedió así que los intelectuales de cultura más refinada evadieron y optaron por concepciones estético filosóficas—romanticis­mo, positivismo—que les impidie­ron enfocar y criticar la generalizada situación de atraso y explotación que la administra­ción de Porfirio Díaz, muy lejos del "ya estamos como en París", mantuvo en las mayorías populares. ¿Problemas?:



Existían, claro está; pero eran problemas rutinarios, apenas suficientes para que la tarea de los gober­nantes y de los intelectuales que les daban sombra tuviese algún matiz de dificultad y lucha. La cuestión agraria, la gran cuestión de las comunica­ciones, la ingente cuestión política, no eran dignas de mención especial. México tiraba y tiraba bien, montado sobre los anchos rieles de la paz de treinta años en todo el país (La crítica 52).


Este, sin embargo, sufría, existía y era amplio fuera de la élite aristocrática de la política y la cultura. El país hervía y estaba por explo­tar. Alguien debía narrarlo. Padecía la dictadura y muchos quedaron callados. Y, aunque el porfiriato mejoró la economía "en un grado y una extensión nunca antes vistos—de 1877 a 1911 de un solo ferrocarril de 460 kilómetros pasó a toda una red ferrocarrilera de 19 mil—", la desigual repartición de la riqueza estaba muy marcada (Historia mínima 128-9). Las haciendas de nacionales y extranjeros, en 1910, abarcaban el 81 por ciento de todas las comunidades habitadas y habían crecido "devorando las tierras de los pueblos y englobando en su seno a los mismos pueblos" (Gilly 29). Don Porfirio Díaz reflejaba los intereses de la creciente burguesía y del capital extranje­ro que, por las facilidades concedidas, se apoderaba de las posiciones económicas claves. Y todo ello condujo "a la monstruosa concentración de la tierra en manos de un grupo de grandes latifundistas tanto locales como extranjeros, y despojó a los campesinos de casi todas sus tierras". Hasta que el desarrollo del país se deformó "y, por fuerza, la gran desigualdad social, las contradicciones de clase y políticas se agudizaron como nunca antes había sucedido" (Shulgovski 12).



Entonces ocurrió lo inminente: el estallido social. El país, se pudo comprobar, no sólo era la capital que soñaba en París. Se descubría el campo problemático, la mina deshumanizada, la provincia marginada; al obrero, al campesi­no y a las masas populares que empezaban a luchar. En principio demandaron democracia, "Sufragio efectivo no reelec­ción"—muy poco para su crisis—y después tierra, mejoras laborales y reformas sociales. Corrió la vida a caballo, a sangre y fuego, botín y rapiña, ojo por ojo, clamando justicia. El país verdaderamente era un gran mosaico que no podía ocultarse. Se expulsa a Díaz, Madero presidente es asesinado, se desatan nuevos combates de Villa y Zapata contra Obregón y Carranza. Triunfante este último, promulga nueva constitución que oficializa mejoras sociales pero, dominados los auténticos líderes populares, el caudillismo enérgico de Obregón y Calles impone su gobierno y terminan por consoli­dar las bases políticas y económicas del México contemporá­neo. Sin embargo, la lucha en sí, la lucha armada y violen­ta, "la lucha heroica del campesinado y de las masas trabajadoras por la tierra y libertad, que comprende los años 1910-1917 quedan como un recuerdo popular" (Shulgovski 23).



Esta fue la realidad novedosa, en potencia desde fines del siglo XIX, que demandó ser testimoniada. Y, en efecto, en la marea, en el núcleo de los acontecimientos, hubo quienes, aunque no dominaban una cultura profunda ni integra­ban las exclusivas élites de intelectuales y escritores de prestigio, supieron interpre­tar y reconocer la magnitud de 1os hechos que atestiguaron personalmente. Consecuentes, comprometidos y hasta obligados a narrar lo visto y sentido, no de una manera estilizada, no para buscar prestigio o belleza formal, o para experimentar corrientes literarias importadas, capturaron los conflictos, las intrigas, las pasiones, los sentimientos altruistas, la rebeldía y la lucha por la justicia social. Lo indispensable consistió así en aprehender, registrar, lo más verídicamente posible, con objetividad ferviente y emotiva, la crudeza de una realidad latente no presenciada jamás por ojos o literaturas anteriores. No se pensaba demasiado, incluso no había tiempo en seleccionar las técnicas y los recursos litera­rios más de moda, lo que importa­ba urgentemente era registrar la realidad tal cual y revertirla de nuevo al pueblo que ya se había liberado definitivamente del porfiriato.



Se tiene así pues que el cambio trascendental de la narrativa mexicana, no fue gestado directa­mente por miembros de los círculos de letras oficialmente integrados o por otros intelec­tuales de renombre. La transfor­mación se dio como consecuencia natural y necesaria de la lucha armada. Se puede afirmar, en lenguaje metafórico, que la misma realidad exigió que se le describiera con el máximo posible de fidelidad, por más cruda y terrible que fuese, evitando concepciones y esteti­cismos distorsionantes. La narrativa mexicana requería sus propios estilos y los produce, con personalidad distintiva, reflejando una esencia naciona­lista surgida de una realidad explosiva que clamaba por ser escrita.



La Revolución Mexicana, que cimbró a la nación en todos sentidos, ocasiona así "un gran adelanto en la evolución de nuestra narrativa al obligarla a tomar conciencia de los cambios económicos, sociales y culturales que trajo consigo" (La crítica 7). Los autores que produjo, sintieron "la necesidad de recrearla tal y como la estaban viviendo. Surge entonces una de las narrativas más vitales y origina­les del continente" (La crítica 7). Todos con vivencias directas en los campos de batalla, simpati­zantes de los próceres revolucio­narios más importantes—Madero, Villa, Carranza, Obregón—con una formación intelectual media y la mayoría ejercitados en el periodismo. Rafael F. Muñoz, narrador de este género, afirmó que la diferencia entre él y Julio Torri, poeta, miembro del Ateneo de la Juventud y profesor de Letras en la UNAM, consistía que éste había escrito sobre lo que había leído. El otro (F. Muñoz), sobre lo que había visto; uno, literatura del mundo; otro, vida de México: Uno, pensamiento, otro, acción. Uno, bellas letras; otro, la Revolución (Muñoz 193).



Los escritores de la novela revolucionaria más renombrados son Mariano Azuela (1873-1952), con más de quince obras de este tipo, destacando Los de abajo (1916); Martín Luis Guzmán (1887- 1976), con su clásico La Sombra del Cau­dillo (1929); José Rubén Romero (1890-1952), de producción menor que los anteriores con Desbanda­da, El Pueblo Inocente y Mi caballo, mi perro y mi rifle, las tres de 1936; Gregorio López y Fuentes (1897-1966), con Campamento (1931), Tierra (1932), sobre la revolu­ción en el sur; y Rafael F. Muñoz (1899-1972) con su novela ¡Vámonos con Pancho Villa! (1932) y más de una docena de Relatos de la Revolución.



Ellos, para algunos críticos, hicieron una obra universal expresando con precisión lo intuido, visto y oído. También, mientras que sus antecesores decimonónicos recrea­ron la realidad con recursos extranjeros, "dando inclusive un tono académico a sus obras", los escritores de la Revolución, sin amplios conocimientos, "sin el colchón inmunizante de la literatura, experimentaron ante sus ojos la violencia, el rostro desencajado, el arma que brilla... Ya no literatura de literatura, sino literatura de hechos y personajes reales. Hechos y personajes que el escritor habría de tamizar, pero de los cuales tenía que partir porque ellos se les imponían con una fuerza inobjetable e irresistible" (La crítica 60).



Un Disparo al Vacío de Rafael F. Muñoz, estremece, testifica, con una prosa naturalista, sin imposición autoral, hechos crueles, inverosímiles, pero ciertos, del cabecilla que ordena prender fuego a sesenta mujeres porque alguna de ellas intentó matarle; pero el disparo se va al vacío:



El humo fue elevándose. La leña, completamente seca, sobre la que soplaba un viento que iba concen­trando su fuerza en el ángulo del hoyo, ardió rápidamente. Quemáronse las ropas de las mujeres, los cabellos, y pronto olió a carne chamuscada. El cabecilla adelantó su caballo hasta el borde del horno y alargó las manos, poniéndolas a calen­tar. Su boca de perro de pre­sa sonrió ante el espectácu­lo, y las soldaderas que desde la pira, entre el humo y las llamas, pudieron verle, redoblaron sus disparos de voces violentas (Muñoz 160-1).


Luis Cervantes, joven personaje de Los de abajo, antes de acabar corrompido y desilusionado del movimiento armado, trata de concientizar a los guerrilleros de Demetrio Macías, el cabecilla de esta novela:

La Revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infeli­ces que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convierte en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los pobres... (Azuela 27)



Posición que contrasta con la profética revelación de Alberto Solís, revolucionario y amigo de Cervantes que se encuentran casualmente:


Lástima que lo que falta no sea igual. Hay que esperar un poco. A que no haya combatientes, a que no se oigan más disparos que los de las turbas entregadas a las delicias del saqueo; a que resplandezca diáfana como una gota de agua, la psico­logía de nuestra raza, condensada en dos palabras: ¡robar, matar!... ¡Qué chasco, amigo mío, si los que venimos a ofrecer todo nuestro entusiasmo, nuestra misma vida por derribar a un miserable asesino, resultásemos los obreros de un enorme pedestal donde pudieran levantarse cien o doscientos mil monstruos de la misma especie! Pueblo sin ideales, pueblo de tiranos!... ¡Lástima de sangre! (Azuela 72-73)

El ansia del poder absoluto, la traición a los ideales democráticos revolucionarios, se muestran claramente en el discurso refinado y realista de La Sombra del Caudillo:

Aquello fue a modo de señal para que los ánimos se enconaran y las pasiones se desbordasen. Hubo inmedia­tamente rumores de que el Caudillo estimaba el nuevo paso de los radica­les progresistas como un reto a su poder, como provocación intolerable para su aureola de guiador revolucionario supremo. Y se supo asimismo que Hilario Jiménez, furioso ante la lista de los 180 diputados y 38 senadores adictos a la candidatura de su contrincante amenaza­ba con ir a exterminar, en masa, las dos cámaras legisladoras (Guzmán 117).



los de esta nueva prosa vital, directa, buscando reflejar la realidad cualquiera que ésta sea respecto al movimiento social de 1910 y años siguientes, se localizan en todas estas obras que naturalmente se contraponen a la producida en el siglo anterior y a la de los escritores que no se compenetraron en la lucha.




OBRAS CITADAS

Azuela, Mario Los de abajo. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1960.

Gilly, Adolfo. La Revolución Interrumpida. México, D.F.: Ediciones El Caballito, 1978.



Guzmán, Martín Luis. La Sombra del Caudillo. México, D.F.: General de Ediciones, S. A., 1951.



Historia mínima de México. Varios autores. México, D.F.: El Colegio de México, 1981.



La crítica de la novela mexicana contemporánea. Antología. México, D.F.: UNAM, 1981.



Muñoz, Rafael F. Relatos de la Revolución. México, D.F.: Antología de SEP Setentas, 1974.



Shulgovski, Anatoli. México en la encrucijada de su historia. México, D.F.: Ediciones de Cultura Popular, 1985.

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