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jueves, 23 de diciembre de 2010

PARA FINALIZAR EL AÑO

Alejandro Alvarez



No hay ni por dónde empezar. El mosaico de expresiones indeseables para el país es diverso y abundante en malas noticias, y malos signos, para concluir el año. La nota más reciente es la explosión de un ducto de Pemex en San Martín Texmelucan, Puebla. Seguramente rebasarán la treintena de decesos, la mitad de ellos menores, y pueden ser más de medio centenar los heridos. Los daños materiales afectan principalmente a sectores empobrecidos. Los daños ambientales pueden ser muy graves. Las primeras explicaciones revelan una posible toma clandestina de combustible como la causa del siniestro. No sería nueva la noticia del robo de gasolinas a Pemex si no fuera por la desgracia que ahora enluta a esa comunidad poblana. Pero el hecho pone al descubierto enormes problemas de nuestro funcionamiento social. San Martín Texmelucan en tamaño puede equipararse a La Paz. Si un grupo de delincuentes se dedicaba a robar gasolina u otros combustibles perforando oleoductos no lo hacía para venderlos por litro, ni por cubeta, debió emplear varias pipas de miles de litros de capacidad lo cual involucra a muchas otras personas en la red de compra venta ilegal de combustibles. También debió ser de amplio conocimiento la oferta de combustibles a precios sensiblemente más bajos que los del mercado oficial. Si no fuera así el negocio no sería atractivo. Todo ello no puede pasar desapercibido para las autoridades en una ciudad de ese tamaño. En este caso, como en otros que azotan la seguridad pública, hay un componente de complicidades con la delincuencia organizada cuyo radio de acción es enorme. Unos por participación directa o indirecta, otros por omisión, otros por miedo, otros más por indiferencia, pero muchísimas personas seguramente conocían del ilícito pero convivían con él, como conviven con el narcotráfico, el secuestro, el robo, pensando que nunca les tocará pagar las consecuencias de esa complicidad. La sociedad es penetrada por la descomposición de forma silenciosa pero inexorable como una naranja acaba pudriendo todo el costal, si no es descubierta a tiempo.

Apenas unos días antes fue asesinada en la ciudad de Chihuahua la activista Marisela Escobedo frente al palacio de gobierno, quien desde hacía dos años exigía justicia por el homicidio de su hija. El homicida confeso de su hija, Sergio Rafael Barraza Bocanegra, luego de ser arrestado aceptó haber cometido el crimen y llevó a la policía hasta el lugar en el que prendió fuego al cuerpo. Durante el juicio el juez consideró que tales declaraciones carecían de validez probatoria y fue dejado en libertad. Otros dos jueces procedieron de forma idéntica. Y ahí empezó el calvario para la señora Escobedo hasta que un tribunal lo consideró culpable y lo sentenció, pero para entonces el homicida ya se encontraba prófugo. Marisela Escobedo investigó por su cuenta y logró ubicar a Barraza en Fresnillo, Zacatecas, de donde volvió a escapar el criminal. Una de las últimas mantas que alcanzó a colocar frente al palacio de gobierno chihuahuense sentenciaba: "Justicia: privilegio del gobernador. ¿Y para mi hija cuando?". El sistema judicial está descompuesto, ya lo sabíamos, cuenta además con un medio social que es indiferente ante la evidencia de la corrupción, empezando por los máximos tribunales.

También hace pocos días se fugaron una centena y media de reos de un penal de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Apenas en septiembre se habían fugado cerca de cien del penal de Reynosa y en marzo fueron otros cuarenta de Matamoros, todos en Tamaulipas. Ahí en ese mismo estado asesinaron en junio al entonces candidato a gobernador Roberto Torres Cantú. ¿Cabe alguna duda de que ese estado norteño está en manos de la delincuencia y de que sus tentáculos cruzan todo el tejido social de la entidad?

Aquí en Sudcalifornia sigue impune el asesinato en marzo de Jonathan Hernández Ascencio y la desaparición desde octubre de la niña Liset Salinas Soto. Hay motivos para estar preocupados, muy preocupados. Mientras, cientos de caritas sonrientes, como quien asiste a una fiesta, piden el voto y prometen mucho en discursos vacíos.

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