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jueves, 29 de agosto de 2013

EL EXTRAÑO ENCANTO DE LA INSURRECCIÓN


Alejandro Álvarez


Por lo menos desde el siglo XIX, con la tragedia de la Comuna de París, ha latido en los grupos que se dicen revolucionarios la idea de la insurrección como vía de la transformación social. El sacrificio, la heroicidad, la entrega sin límites al “salvamento de la patria”  tienen en el logro de la insurrección la meta más anhelada, la cristalización de los más caros anhelos revolucionarios.
La realidad es totalmente diferente. El quiebre violento de las sociedades ha propiciado penurias infinitas a los países que han experimentado estas revoluciones, empezando por la referida Comuna, siguiendo por la mexicana, la rusa, la china, la nicaragüense y terminando si se quiere por las más recientes del mundo árabe. Sobre las cenizas de las insurrecciones más antiguas algunos países han logrado reencauzarse a base de superar los traumas y taras dejados por ellas. Otros siguen sumidos en las injusticias, el atraso y la falta de libertades después de décadas. Eso sí, con las imágenes de los líderes revolucionarios llenando los anuncios espectaculares y sus frases (generalmente vacías) escritas con letras de oro en los edificios públicos.
La trampa ideológica del sacrificio “por el bien de los demás” debe tener raíces religiosas, mesiánicas, retomadas por líderes políticos sin el más mínimo escrúpulo para engatusar a sus fieles seguidores que se tragan completito el discurso revolucionario “en aras del futuro luminoso”. El estado de desesperación y la falta de salidas visibles a la miseria en que se debaten las abundantes y numerosas clases oprimidas son caldo de cultivo excelente para los discursos “liberadores”, no hay pierde: promete comida al hambriento y te seguirá ciego. En un país con carencias sobrarán siempre recursos para darle cuerpo al discurso mesiánico y sobrarán también líderes inescrupulosos urgidos de explotarlos. Prometer el paraíso en condiciones terrenales a una masa desesperada sólo requiere de una buena dosis de descaro y cinismo, el tema es lo de menos. Pero no es suficiente. La otra parte, no menos importante, es quebrantar las instituciones vigentes como los cuerpos de seguridad, los órganos de justicia, las cámaras de representantes, las autoridades gubernamentales de todos los niveles y, sobre todo, dividir profundamente a la población entre “los buenos y los malos”. El resto es relativamente rápido y sencillo. Se ejecuta un golpe de estado al que se le llamará pomposamente “revolución” , se tolerará el sacrificio -por medio de una turba violenta-  de dos o tres personeros del “viejo régimen” y se instalará a lo más nefasto del “viejo régimen” para asesorar a los “nuevos líderes revolucionarios” en la construcción del “nuevo sistema”.
Numerosos grupos de individuos entre los que predominan algunos que se dicen profesores de educación básica tienen en jaque al gobierno federal  y al del DF jugando a la insurrección con el pretexto de invalidar la reforma educativa. Pero mañana será la reforma energética y pasado mañana  la fiscal. El tema es lo de menos, ya dijimos. Sus logros al momento no son menores. Ya ridiculizaron a los diputados y senadores a quienes llaman ahora “congresistas en fuga”, ya le tundieron duro y macizo a la policía, en algunos estados de donde provienen esos grupos ya ensayaron desarmar y secuestrar a grupos de soldados, de lo más común es que bloqueen carreteras estatales y federales, ya instalaron en muchos municipios sus propios cuerpos de seguridad –en algunos casos presididos por secuestradores o miembros de otras organizaciones criminales–,  gobiernos locales, como el oaxaqueño, los financian sin ningún problema, y finalmente ya empiezan a polarizar a la sociedad. Aderecemos el coctel con una crisis económica no calculada por los estrategas del gobierno y tendremos un panorama nada alentador. Hasta ahora sólo una minoría ha advertido de la perversa dinámica de los hechos referidos. La clase política en su totalidad (de izquierda a derecha) está auténticamente paralizada con las corvas doblándoseles. A lo más que han podido llegar es a advertir que su tolerancia “tiene límites”, aunque no se sabe qué tan lejos están esos límites. ¿Podría haber un reparo para seguir la melodía del dulce canto de la insurrección, como en el cuento de ‘El flautista de Hamelin’?
Posdata: ¿Y quienes nos gobiernan en Baja California Sur tienen alguna idea, aunque sea vaga, de lo que sucede en el país? Sería bueno saberla.



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