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martes, 26 de mayo de 2009

LA EPIDEMIA QUE SÍ SE OCULTÓ...



Día con día
Héctor Aguilar Camín


2009-05-25•Al Frente. MILENIO DIARIO.

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Circula por internet la carta de un eminente médico venezolano, enviada al embajador de Cuba en Caracas hace cuatro años, a propósito de unos comentarios derogatorios de éste sobre el espíritu mercantil de la medicina, el cual, según el embajador, ha sido erradicado en Cuba, como lo demuestra la generosa presencia de médicos cubanos en tierras venezolanas.
El doctor Rafael Muci-Mendoza, maestro emérito de la Universidad Central de Venezuela, refirió su propia experiencia solidaria en Cuba, revelando, entre otras cosas, la forma como el gobierno de la isla se calló, por dos años, un brote epidémico.
Dice el doctor Muci:
He visitado Cuba en tres ocasiones. No lo hice por curiosidad o turismo, y le confieso que no conozco Varadero. He sido y he continuado siendo un invitado de sus médicos.
En mayo de 1993, cuando su gobierno al fin dio a conocer al mundo la epidemia que, a pesar de sus adversas consecuencias, había mantenido en secreto desde 1991 y amenazaba con dejar en la penumbra visual a más de 40 mil sufrientes, formé parte de una misión humanitaria que visitó la isla.
En compañía de colegas cubanos y de diversas procedencias, examiné personas afectadas, ayudé a definir el paciente-tipo y a esclarecer las causas de lo que se dio en llamar Neuropatía óptica cubana, y que en resumen —a despecho de que se haya invocado un factor multifactorial— fue trasfondo de miseria y hambre.
En cinco ocasiones me reuní con su Comandante para discutir estrategias diagnósticas de la epidemia, hoy por cierto trocada en endemia.
A pedido de su Señor, hice mi último viaje a Cuba. Les comuniqué todo cuanto sabía. Regresé con la satisfacción del deber cumplido y un rictus de dolor al recordar la mirada famélica de mis colegas, hambre biológica, pero también hambre intelectual al carecer de los instrumentos básicos para adquirir conocimientos: libros y revistas científicas.
Pude apreciar allí dos clases de médicos. Unos, “los olvidados” —a lo peor, distanciados del partido comunista—, que ocupan los escaños más bajos de la pirámide médica sin esperanzas de ascender.
La otra clase, que llamaré “la nomenclatura” tenían acceso a la escasa tecnología y eran celosos guardianes de los libros, depositarios del poder que da el conocimiento. Ésos, privilegiados del sistema, tienen acceso a los banquetes, y viajan al exterior con dólares olvidando a aquellos pobres colegas que se quedaron en casa.
La medicina de avanzada que ostentan, está apoyada en una ingeniosa propaganda, pero en realidad es una triste farfolla.

hector.aguilarcamin@milenio.com

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