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lunes, 30 de agosto de 2010

CARLOS FUENTES:Nueva propuesta contra las drogas

REFORMA                                


Fracaso de las políticas vigentes



La Comisión Global sobre Políticas de Drogas es encabezada por los presidentes Fernando Henrique Cardoso, César Gaviria y Ernesto Zedillo, e incluye a personalidades como Javier Solana, Amartya Sen, Graca Machel y William Perry.

El primer informe de la sección latinoamericana de la Comisión Global indica de entrada que la política contra la producción, el tráfico y la distribución de droga, criminalizando al consumo, ha fracasado si consideramos que en América Latina han aumentado el consumo, la violencia y el crimen organizado, conduciendo a la criminalización de la política, a la politización del crimen y a la creación de múltiples vínculos que favorecen la corrupción de funcionarios y policías y la infiltración del crimen en las instituciones.

La comisión Cardoso-Gaviria-Zedillo pide que en primer término se reconozca el fracaso de las políticas vigentes y se propongan nuevas políticas más seguras. Ello no implica —importante inciso— desconocer las políticas actuales, sino ofrecer estrategias alternativas, subrayar los temas de la prevención y el tratamiento, aunque aplicando acciones represivas cuando sean necesarias.

Las políticas prohibicionistas de los Estados Unidos y las europeas de reducción de daños no lograron ni reducir los mercados ni reducir el consumo: ambos han aumentado. Colombia primero, México hoy, se convirtieron en epicentros de un negocio que depende de la demanda de los consumidores. Se trata, en consecuencia, de disminuir la demanda: ¿Cómo? Convirtiendo el consumo, de actividad criminal, en problema de salud pública y a los adictos en pacientes, en vez de compradores. Con ello, se reduciría la demanda y bajarían los precios. La solución “carcelaria”, por así llamarla, de los Estados Unidos, no puede funcionar en la América Latina. Contamos ya —Brasil y México son amplio ejemplo de ello— con una superpoblación carcelaria, sistemas penitenciarios anticuados, extendidas redes de corrupción, como lo demuestran los hechos recientes de la cárcel de Gómez Palacio, Durango, en México, en la que la dirección permitía a un grupo de reclusos salir de noche, perpetrar crímenes y regresar al amanecer a la penitenciaría.

El simple prohibicionismo no ha reducido ni la producción ni el consumo. Las políticas en vigor han atacado la oferta más que el consumo. Nos hemos dado cuenta, en otras palabras, que eliminar la oferta no elimina la demanda, y la demanda se traduce a menudo en muerte por sobredosis, y transmisión de infecciones. Doscientos cincuenta millones de seres humanos, globalmente, usan drogas. Sólo veinticinco millones son dependientes lo cual, en sí, indica que el tratamiento es más importante que el castigo. La Comisión piensa que así como las campañas contra el tabaco, el alcohol y las enfermedades de transmisión sexual han tenido éxito, lo tendría una campaña preventiva que se dirija a la demanda tanto como a la oferta.

Resulta claro que hay que multiplicar las campañas de información y de prevención, dirigidas sobre todo a la juventud que mayoritariamente es el mercado de las drogas. Hay que hacerles entender a los consumidores —sobre todo a los jóvenes— que la drogadicción afecta el poder de decisión, la inteligencia y el trabajo, y a la sociedad en su conjunto, pedir la cooperación contra la violencia, la corrupción, el lavado de dinero, el tráfico de armas y el control de territorios, hechos que nos afectan en la vida privada y en la vida social y nacional. ¿Cómo se mide, al cabo, la infiltración del crimen en todos los niveles de la vida política de un país, en gobiernos municipales, estatales y aun nacionales? Si esto no se puede ni saber ni atacar frontalmente, entonces aumenta la importancia de lo que sí se puede hacer, por modesto que sea.

Otrosí. América Latina en su conjunto, y México muy particularmente, tiene una población juvenil extensa que se plantea problemas de futuro profesional. Muchos escogerán el camino fácil, del crimen y la droga, si nuestras sociedades no les ofrecen horizontes mejores en países en gran medida democráticos pero estancados en cuanto a su dimensión social de servicio. Tenemos una población juvenil y de trabajo que puede poner al día las infraestructuras, la educación, la salud, las comunicaciones a menudo inservibles o anticuadas de la América Latina.

(Otrosí: Demás de esto, además.)

martes, 24 de agosto de 2010

MIGROHISTORIAS: TOMEITOS CON ESPINAS



La primera vez que procedentes de San Diego aterrizamos en un PSA  en el San Francisco International  Airport, me esperaba una sorpresa  entre las familias de la Bay Area que habían venido a recoger a su   respectivo Embajador de La Paz.
  
 Era un muchacho elegantemente vestido, de saco y corbata, y peinado a la  moda beatle, que eufórico se me acercó con una pregunta a todo volumen en  un español quebradizo:


   -Hey, Youme, ¿trahístes de esos tomeitos con espinas que hay en el fil de  Baja?


   Hasta cuando lo tuve de a cuartita reconocí al Urbano Bouscieguez, el  Bano, a quien había conocido el verano pasado en los muelles de Sausalito,   en el bote de los señores William, unos viejos amigos con quienes había ido a pasar  unos días luego de  concluir El curso de verano en la Robert Louise Stevenson School, de  Pebble Beach.
   
El Bano acababa de desembarcar en el Pelican Harbor procedente de los sudpeninsulares palmares de Abaroa. Había pasado a formar parte de   la tripulación en el bote de los Wells, unos gringos que solían  pasar largas temporadas en La Paz y eran clientes de los astilleros  y el fondeadero donde el Bano se iniciaba como remozador y aún no  conocía lo que eran unos zapatos bien puestos.


  Quería conocer al paisanito recién llegado al Windy y atemperar esa   nostalgia que le ponía los ojos llorosos cuando menos lo pensaba.  El Bano era un tipo guero, de ojos verdes y complexión atlética, un  clásico patasalada del barrio bravo del Manglito, pero con el garbo desvaído por los efectos emocionales de su traumático trasplante a la  Bay Area.
Pavorosa había sido la transformación de los Wells a medida que se alejaban del Puerto de Ilusión y  se adentraban en las frías y tenebrosas aguas del Pacífico Norte.


 La señora Williams no pudo contener las lágrimas al escuchar la   patética historia contada por el pobre de Bano: Nada quedaba de la  cordialidad y de la generosidad de los esposos Wells que había conocido en el Palmar de Abaroa. Ahora lo trataban como un apestado::


"Hey you, Baja Bug!"
   
      
 San Francisco, Marin County,  eran  una realidad   horripilante y el Bano no quería saber nada de dólares ni de aprender   inglés.  Ya quería regresarse a casa, a pie o nadando si fuera posible.

 Pero la benevolencia de los Williams, una pareja de hermosos  sesentones, hizo el milagro de retenerlo : lo acogieron en el Windy y lo trataron como al hijo  que nunca habían tenido, mientras Bano empezaba a desplegar una  personalidad cosmopolita y diversificaba sus contactos  sociales, culturales y emocionales.

   
 El Bano del aeropuerto de San Francisco que vestía de saco y corbata  y peinado a la beatle, y que me salió con aquella sorprendente  pregunta de los tomeitos con espinas, vulgo pitahayas, ya vivía con una familia de San Rafael y al parecer había olvidado buena parte de su  pintoresco español de los palmares de Abaroa.

 Había ingresado a la High School,  donde pronto se hizo popular   por sus habilidades atléticas que le habían llevado a ganar varias  competencias de velocidad y a convertirse en la estrella del equipo de foot ball como pateador,  méritos que le habían valido una beca para que concluyera sus estudios.

  
Cada verano que regresábamos al  Area de la Bahía, las noticias sobre el  Bano eran cada vez más sorprendentes. Si el atleta superdotado  había conquistado sendas preseas en competencias de pista y campo, el latin lover ya le había quitado la esposa al   señor Brogg  y vivía  a cuerpo de rey en un yate propiedad de la madurona y adúltera   dama en Tiburón, a bordo del cual organizaba parties con personajes estrafalarios que se colgaban medallones de la Era de Acuario, se dejaban   crecer la greña más larga que los
 Beatles, fumaban yerba, se metían  sunshines y winodow panes y libaban vino  de Mendocino en botas de cuero con grabados sicodélicos..
     
El Bano había convertido el bote de la señora Brogg  en una especie de  Plaza Viña del Mar flotante  con todo y sus beat nicks.
        
Los Beatles habían ido quedando atrás y ahora el ex beach boy del Palmar  de Abaroa prefería a The Cream y a Jefferson Airplain, a la Janis y a   Led Zeppelin, a los que había ido a ver y a escuchar al Filmore West, al  Winterland y al Lyon Share.
    
En la medida que el Bano se transformaba en todo un flower children, sin dejar las pistas deportivas ni las aulas, se iba alejando cada vez más del grupo del Tícher Carmona, el Mexican Junior Peace   Corp, el de la biblioteca John F. Kennedy, la de 5 de Mayo y Malecón,  que verano  tras verano llegaba a Marin County a ejercer su representatividad  como emisario de buena voluntad por la paz universal.

Ya casi no se le veía en las fiestas donde solía cantar La Bamba y Guantanamera con voz desafinada pero con una entrega total. Escenarios que aprovechaba para presumir su español cada vez más quebrado, sustituido  por un inglés  aderezado con un amplio repertorio de slangs  californianos: "! Groovy!" "! Out of side!" "!Your blowing my mind!".

Sin ser parte del grupo, el Bano había conquistado por su cuenta  un espacio privilegiado dentro del american way of life, y miraba hacia el sur,  hacia Baja, con una nostalgia velada  que lo hacía contemplarse a sí mismo como al otro que pudo  haber sido si no decide embarcarse en  aquel velero en el que paulatinamente fue  padeciendo la sorprendente metamorfosis del matrimonio Wells.

Había resistido, sobrevivido al bautizo de fuego, de odio, y ahora era un triunfador, un self made man,  toda una lección para quienes aspirábamos a ser hombres y mujeres de nuestro tiempo, el de las nuevas fronteras kennedianas,  mientras verano tras verano jugábamos a la diplomacia cultural como orgullosos miembros del  Mexican Junior Peace Corp..

IN MEMORIAM


Sin palabras!
En memoria !


Proyecto del día en el hogar judío de ancianos de Florida era "tratar de crear algo de memoria".  
 
 

 

lunes, 23 de agosto de 2010

Afectados por el síndrome Slim -


REFORMA                           23 de agosto de 2010

Denise Dresser

México atrofiado. México con síntomas preocupantes. México con características alarmantes. Presa de aquello que la revista “Newsweek” —en un número especial sobre los mejores países del mundo y las razones de su éxito— llama el “Síndrome Slim”.

Y no acuña el término para celebrar su existencia sino para criticarla. No elabora el diagnóstico para aplaudir la salud del paciente sino para subrayar cuan mal está.

En el ámbito de la medicina, un “síndrome” es la asociación de varios rasgos clínicamente reconocibles que ocurren de manera conjunta. Fuera de la medicina, el término se aplica a una combinación de fenómenos que se asocian entre sí.

Y para muchos economistas, el “Síndrome Slim” es aquel que describe la relación causal entre economías oligopolizadas y bajo crecimiento. Es aquel que caracteriza al “capitalismo chueco” (crooked capitalism) y los peligros que produce para economías emergentes como la de nuestro país. Ese tipo de capitalismo sub-óptimo, donde el éxito de empresarios selectos se alcanza a costa del dinamismo económico. Ese tipo de capitalismo disfuncional donde no necesariamente ocurren transacciones ilegales, pero donde la concentración de poder y la riqueza lleva a que muchos hablen de México como un lugar “dispuesto a perder un par de puntos de crecimiento del PIB”, en palabras de Raghuram Rajan, co-autor de “Saving Capitalism From the Capitalists”.

El “Síndrome Slim” describe contextos en los cuales hay empresas con ganancias descomunales y consumidores obligados a pagar precios exorbitantes; sitios con ventajas insostenibles para algunos y altas barreras de entrada para todos los demás; países como México, Rusia e Indonesia con economías cada vez más pesadas en la punta, con corporaciones cada vez más políticamente influyentes, con oligarcas cada vez más atrincherados.

Aquí, ante los efectos crecientemente perniciosos del “Síndrome Slim”, ha surgido lo que ciertos sectores del gobierno y algunas voces dentro de la Comisión Federal de Competencia consideran un antídoto eficaz. Un tratamiento milagroso. Una forma de encarar la enfermedad y aliviar sus efectos.

La terapia idónea —argumentan— es fortalecer a otro conglomerado para que tenga el peso y la fuerza suficiente para competir contra el Sr. Slim. El remedio ideal —insisten— es darle ventajas a otro grupo para que logre subirse al “ring” y enfrentarse al hombre que controla el 70 por ciento del mercado de telefonía celular.

Esa es la lógica detrás de todos los favores que se le han hecho a Televisa en los últimos tiempos. El visto bueno de la Cofeco para su compra de compañías cableras a lo largo del país.

La exención de impuestos —avalada por el Congreso— para nuevas compañías de telecomunicaciones cuyo beneficiario obvio es la televisora. Y ahora, la venta de espectro radioeléctrico a precios increíblemente bajos. De lo que se trata es de engendrar otro monstruo capaz de contener al que el gobierno lleva 20 años —desde la privatización de Telmex— engordando. Pero el debate público sobre este tema no debería centrarse en si Televisa recibió otro privilegio, ya que es obvio que así fue. La pregunta central es si la política gubernamental para fomentar la competencia es la correcta o no. Si la estrategia Televisa vs Telmex —o sea Alien vs. Terminator— va a ser la mejor para los consumidores y para el crecimiento o no. Y lamentablemente parecería que la respuesta es negativa. A pesar de que estaba abierta a ellos, inversionistas internacionales no quisieron participar en la licitación del espectro porque saben algo que es evidente. El juego está amañado, el mercado no está bien regulado, el gobierno no hace lo que debería para asegurar la competencia real entre múltiples jugadores.

Al contrario, la decisión de darle todo a manos llenas a Televisa revela la persistencia de una mentalidad estatista/corporativista en la SCT, en la Cofeco, en la Cofetel. En vez de crear las condiciones para la competencia verdadera, el Estado determina quienes serán los ganadores.

En vez de generar un ambiente regulatorio que provea certidumbre para la inversión, el Estado nuevamente concentra bienes públicos en un par de manos privadas. La mejor manera de lidiar con el “Síndrome Slim” no es creando otros como él, sino cambiando las condiciones que permitieron su surgimiento. Y eso entrañaría tomar las decisiones correctas y difíciles con respecto a Carlos Slim y Televisa: romper el control monopólico de Telmex sobre la red, imponer sanciones multimillonarias y penales a prácticas anti-competitivas, obligar a Televisa a compartir sus contenidos, permitir la competencia en la televisión abierta mediante una tercera cadena nacional, y aprobar una nueva ley de radio y televisión para mejorar la regulación.

De lo que se trata es de abrir, nivelar, innovar, competir, con el objetivo de impulsar el dinamismo económico. Pero lo que ha hecho el gobierno en tiempos recientes es totalmente lo contrario: regalar, subsidiar, apuntalar y proteger, con el objetivo de mantener los cimientos del “capitalismo chueco”.

domingo, 22 de agosto de 2010

El Bicentenario, celebración de agravios

Héctor Aguilar Camín


El historiador, narrador y periodista dice: la izquierda mexicana no existe, tenemos una prensa provinciana, todos los logros que ha tenido el país a lo largo de su historia nos parecen poca cosa, porque estamos de mal humor… Comenta muchas otras cosas, algunas de ellas seguramente polémicas y sin embargo necesarias cuando se pretende discutir la realidad que vive México.
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  • 2010-08-21•De portada
Fotos: Pascual Borzelli Iglesias
A los periodistas, a los intelectuales no nos gusta México –dice Héctor Aguilar Camín, quien critica la manera como se están llevando a cabo los festejos del Bicentenario y explica las razones del conflicto del PAN con la historia oficial del país, “de una fuerza extraordinaria, pero también llena de omisiones y mentiras”. Durante la entrevista, realizada en la oficina que ocupa como director de la revista Nexos, habla de las cualidades y defectos de la prensa mexicana y del papel de los intelectuales ante el poder, aborda su conflicto con una izquierda que responde a la tradición socialista estalinista y comenta que la historia es una conversación entre generaciones.
¿Cuál es su opinión sobre el Bicentenario?
Que lo estamos conmemorando mal, sin un proyecto común, incluyente, de lo que ha sido nuestro trayecto como nación. Es una fecha de extraordinaria fuerza simbólica, pero me parece que los gobiernos del PAN no han sabido cómo hacer las paces con la historia del país, que está muy marcada por los ejes establecidos durante la hegemonía del PRI.
México tiene una historia oficial con una fuerza extraordinaria, que es a la vez jacobina, llena de omisiones y mentiras. Establece, por ejemplo, que el año de nuestra Independencia es 1810, y eso es falso: el año en que México pacta y declara su Independencia es 1821. Olvida, por otra parte, que en las primeras décadas del siglo XX en el país hubo dos guerras civiles; sólo reconoce la que transcurre entre 1913 y 1917 y a la otra, la que va de 1926 a 1929, la llama despectivamente la Cristiada, como si esos campesinos que se rebelaron contra el estado revolucionario hubieran sido sólo un sucedáneo de la voluntad de los obispos.
Por otra parte, tenemos este Bicentenario en medio de la discordia política, con los pelos parados de punta, con la violencia, con falta de metas comunes entre el gobierno y la oposición. Tenemos pluralidad e intereses particulares, pero no metas nacionales. La gran celebración que estamos haciendo, es la celebración de nuestras carencias, de nuestros agravios, de nuestros miedos. Lo dije recientemente en un artículo, esto es como si uno celebrara su cumpleaños porque piensa que su vida ha sido perfecta, y no más bien para darse un respiro en la imperfección de la vida.
¿Qué le impide al PAN avenirse con nuestra historia?
El Partido Acción Nacional nació en contra del presidente más consagrado por la historia oficial: Lázaro Cárdenas. Y fue parte de la gran coalición de 1940 que condicionó que Cárdenas no pudiera dejar en el poder al candidato más radical que era Francisco J. Mújica, sino al conciliador Manuel Ávila Camacho, cuya primera frase célebre como presidente fue: “Yo soy creyente”.
Con esta historia oficial, el PAN nunca ha podido congeniar como gobierno porque como movimiento político nació en gran medida para combatir a sus dueños.
Como consecuencia, el gobierno de Vicente Fox se desinteresó del tema del Bicentenario; en el fondo era una celebración que le resultaba ajena o que apelaba sólo a una parte de su nacionalismo, de su visión histórica del país. Nombró jefe de las celebraciones del Bicentenario a un hombre que tiene la paz hecha absolutamente con la historia oficial de México: Cuauhtémoc Cárdenas, y de ahí para acá todo han sido bandazos, titubeos, cambios, equívocos.
Creo que desperdiciamos un momento simbólico como país, de revisión de nuestra historia, de orgullo por las cosas que, en medio de todos los errores y desviaciones, hemos conseguido, entre ellas el hecho de ser una nación. En 1848 no estaba claro que fuéramos a serlo y Lucas Alamán empieza su Historia de México diciendo que la escribe por si algún día desaparece la nación mexicana, para que ahí el lector pueda ver cómo se pierden los mayores dones de la naturaleza.
¿Fueron mejores las celebraciones del Centenario de la Independencia?
El Porfiriato celebró extraordinariamente el Centenario. Sería interesante ver de cuánto fue la inversión entonces del gobierno de Díaz en obra pública, en kioskos, plazas, hospitales, publicaciones, y hacer la comparación con lo que se ha hecho ahora, ver la proporción, digamos, país contra país. En 1910, México era un país de 15 millones de habitantes; tenemos ahora un país ocho veces mayor. Es otro país. Esta es una de las cosas elementales que debió haberse pensado para el Bicentenario, la increíble transformación de México.
El siglo XX mexicano empezó en 1910 con la Revolución, con una elección protestada, con la exigencia de que hubiera elecciones libres y efectivas, y terminó con una elección libre y efectiva. Pero eso nos parece poca cosa.
Estamos en un país con una potencialidad increíble, que se ha modernizado a un ritmo extraordinario; y si bien no ha dado el salto a la prosperidad, sí lo ha dado hacia la constitución de una nación de una gran resistencia, de una gran identidad, de una gran diversidad y de una gran riqueza. Pero esto nos parece poco, todo nos parece poco porque estamos de mal humor, porque tenemos un litigio muy serio con México. A los periodistas, a los intelectuales no nos gusta este país, nunca nos ha gustado, hemos construido una épica de la crítica que se aproxima mucho a la derogación, cuando no a la quejumbre, y la verdad es que nos fuimos para el otro lado: pecamos de optimismo oficial, de ceguera ante los problemas durante la hegemonía del PRI, y ahora pecamos de estrabismo crónico para ver nuestras cosas: siempre las vemos feas, incompletas.
Ante este panorama, ¿cuál sería la labor de los intelectuales?
Los intelectuales tenemos que pensar en nuestro país con seriedad, tenemos que hacer nuestra tarea con mayor humildad y rigor. Por lo demás, no sé si todavía existen los intelectuales como existieron en otro tiempo, cuando tenían un peso en la vida pública; tengo la impresión de que ese peso se ha desplazado mucho hacia los medios.
Pero sí existe una relación de los intelectuales con el poder…
Es una relación muy deformada, en la manera como se le ve y en la importancia que se le otorga. El intelectual que realmente pretenda tener una influencia en el gobierno, lo que debería hacer es meterse a la administración pública, lo otro es un asunto mediático, de imágenes, porque la verdad es que los gobernantes no necesitan ideas de los intelectuales, tienen una enorme cantidad de información precisa, de especialistas, de colaboradores frente a los cuales las ideas generales, las prédicas morales de un intelectual, pues son interesantes, una parte de la conversación, pero no me parece que sean fundamentales en la toma de decisiones.
En este sentido, ¿qué importancia tiene la información que ofrecen los medios?
Los medios tenemos una responsabilidad muy seria, estamos obligados a decir la verdad, ese es nuestro trabajo, no difundir lo que a nosotros nos parece la verdad; nuestro trabajo es ir a preguntar y ver hasta dónde se pueden reconstruir los hechos.
Cuando uno sale de México y tiene la oportunidad de tratar con periodistas, da entre tristeza y rabia ver la imagen que proyectamos del país. La imagen que ofrece la prensa extranjera no es sino reflejo de la prensa que nosotros hacemos. En California, en Nueva York, en Chile, en Argentina, en España, me preguntan: “¿Y usted, cómo sale a la calle?” Les respondo que normal y me dicen: “¿Y la guerra?” Cuál guerra, les contesto. “La guerra que hay en México, que hay en Ciudad Juárez”. Bueno, Ciudad Juárez es importante, pero representa el uno por ciento de la población del país, y la violencia que hay en México es la mitad de la que existe en Brasil.
¿Cómo mira en este momento a la prensa mexicana?
La encuentro muy próspera, plural, competida, libre, y al mismo tiempo un tanto irresponsable, poco profesional, dominada con frecuencia por el facilismo, cuya expresión mayor es la declaracionitis, tomar los dichos por los hechos, eso me parece su primera y mayor limitación. La segunda es su provincianismo, la enorme dificultad de enterarse —con cierto rigor— por la lectura de un periódico de lo que pasa en el mundo, aun en el mundo más cercano, en Centroamérica, donde dos o tres estados están desapareciendo a manos de los narcotraficantes, de las bandas —ahí sí están desapareciendo. O en Estados Unidos, donde tenemos 20 millones de mexicanos, nueve de ellos indocumentados, y tampoco sabemos lo que pasa. Ya no digamos en Europa o en China… Pienso que México es menos provinciano que su prensa.
Yo tengo una lista de columnistas que leo todos los días, una lista de reporteros y cronistas y realmente la prensa mexicana que leo es muy buena, pero hay que hacer una antología.
Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) es director de la revista Nexos, autor de ensayos como <em>La frontera nómada</em>, <em>Sonora y la Revolución Mexicana</em> y <em>La tragedia de Colosio</em>, y de novelas como <em>La guerra de Galio</em>, <em>Morir en el Golfo</em> y <em>Mandatos del corazón</em>. Es también colaborador de <em>MILENIO Diario</em>, donde publica la columna <em>Día con día</em>
Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) es director de la revista Nexos, autor de ensayos como La frontera nómadaSonora y la Revolución Mexicana y La tragedia de Colosio, y de novelas como La guerra de GalioMorir en el Golfo y Mandatos del corazón. Es también colaborador de MILENIO Diario, donde publica la columna Día con día
¿Y el periodismo cultural?
Es una desgracia que el periodismo cultural, que tenía tanta vida y era parte fundamental de toda idea de un periódico en 1970-80, esté desapareciendo. Es una desgracia también que hayan desaparecido géneros —la crónica, el reportaje— que exigen precisión y calidad en la escritura, que van más allá de la declaración, de enervar a quién sabe qué político y transcribir y redactar. Incluso ha desaparecido la entrevista como una manera de realizar el perfil del entrevistado.
Usted es periodista, historiador, narrador, ¿cómo concilia los intereses y las exigencias de cada uno de estos oficios, de estas actividades?
El eje que marca las fronteras es el tema de la ficción y la no ficción. El historiador puede, debe usar su imaginación, lo mismo que el periodista, pero tiene que estar ceñido a los hechos. El novelista es pura imaginación, porque si se ciñe a los hechos va a perder la parte más interesante del espacio de la ficción. Yo diría que el historiador imagina a partir de la realidad y el novelista llega a la realidad a través de la imaginación.
Cuando uno empieza a seguir un hecho con propósitos periodísticos o históricos, tiene que trabajar mucho para obtener poco, tiene que ir a entrevistar, leer, estudiar, investigar, para llegar a veces a cosas muy poco concluyentes.
Todos sospechaban que Calles y Obregón había mandado matar a Villa; era un rumor, pero nadie podía afirmarlo con rigor histórico hasta que Friedrich Katz encontró en un archivo un indicio muy claro de que el asesino de Villa le había avisado a Joaquín Amaro, secretario de Guerra de Calles, sus intenciones de cometer el crimen. Una y otra vez le dijo cómo lo iba a hacer y Amaro, en las cartas que le envió, nunca, por lo menos, lo disuadió de hacerlo. En cambio, después lo ayudó para que tuviera un juicio rápido y saliera libre. No es prueba contundente de que Calles y Obregón hubieran mandado matar a Villa, pero sí es una pista sólida de que les gustó la idea de tener un voluntario para hacerlo, y lo protegieron. Hasta el descubrimiento de Katz, lo repito, no se podía afirmar esto con rigor histórico, como después ya se pudo.
En cambio, Martín Luis Guzmán toma ese mismo momento y situación e inventa en torno de hechos reales cosas que nunca sucedieron y que, sin embargo, a la vuelta del tiempo acaban diciendo más de la verdad profunda de esa época que una crónica puntual de los hechos. A través de la imaginación, Martín Luis Guzmán llega a la verdad, y a través de los hechos, constatados en el archivo, Katz llega a imaginar lo que falta en el escenario para darle coherencia y explicación a la muerte de Villa. Uno inventa y descubre la verdad, el otro descubre la verdad y potencia en la condición de un hecho, de una fuerza convincente, de una fuerza que cambia la manera de ver la historia a partir de entonces.
¿Para qué nos sirve la historia?
La historia es para aprender de la vida, de tu país, de otros países. No hay ningún lugar en donde sea posible entender tanto de la naturaleza humana como en la historia; no hay espacio mejor que la historia bien escrita, bien pensada, bien investigada. Yo diría eso, que la historia es para aprender cómo es la vida.
La historia es un universo muy grande, cada generación escoge o debería escoger el pedazo de historia que le es significativo y necesita para enfrentar su propio tiempo. No hay tal cosa como un pasado que está ahí y todos recogemos, el pasado es siempre una pulsión de las pasiones del presente y ahí, en el presente, es donde la historia se va haciendo útil, necesaria, nos muestra que el camino que vamos a emprender viene de algún lugar, del sueño que tenemos de la transformación del país; a través de los desafíos que presenta cada momento histórico hay algo así como una conversación de las generaciones.
¿Cómo ha conversado su generación con la historia?
Para nosotros, en los ochenta, el tema de la democracia era fundamental porque era la mayor aspiración que había, y un personaje como Madero era mucho más pertinente para esa tarea que alguien como Juárez o Cárdenas. En el momento actual, cuando parece haber la necesidad, la posibilidad de una conducción más liberal del país, de una liberalización mayor de su economía, de una integración mayor con Estados Unidos —nuestro adversario simbólico a lo largo del siglo XX—, Juárez y los liberales son un gran referente. Durante el gobierno de Juárez se firmó el tratado McLane-Ocampo, que es la iniciativa de integración territorial y económica más grande que se haya planteado nunca en México respecto a Estados Unidos.
Los grandes liberales del siglo XIX vuelven a tener una fuerza y un interés extraordinario, porque tenían dos cosas que ahora parecen lejanas para México: querían una sociedad de propietarios industriosos, ilustrados, activos, independientes, que podría describirse como un gran contingente de pequeñas y medianas empresas, y al mismo tiempo Juárez quería un gobierno fuerte, capaz de cumplir las tareas del Estado, de recaudar los impuestos necesarios, de aplacar a los poderes fácticos, que en ese momento eran fundamentalmente la Iglesia católica y los fueros del ejército.
Entonces, cuando tú vez el país que tienes enfrente, al que le faltan tantas cosas para ser próspero, hecho lo cual será una potencia mundial, Juárez y Ocampo y Mora adquieren una pertinencia mucho mayor que Porfirio Díaz diciendo: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, o que Lázaro Cárdenas colectivizando el campo, construyendo ejidos, organizando a los trabajadores en sindicatos que con el tiempo se ha vuelto grandes obstáculos.
Ahora más que nunca necesitamos nuestros linajes liberales. Cada generación es, de algún modo, un cruce de conversaciones entre las urgencias del presente y las tradiciones que pueden nutrir, inspirar las buenas decisiones; es un diálogo del pasado significativo para los desafíos que plantea el futuro.
En la actualidad, a los liberales se les asocia con la derecha.
Sí, así pasa. En la geometría un poco absurda y analfabeta de la política mexicana ser liberal es ser de derecha. No deja de ser un poco extravagante que ser liberal, como Juárez, como Ocampo, se haya convertido en México en una forma de insulto cuando se dice que alguien es “neoliberal”.
¿Usted se considera un hombre de izquierda?
A estas alturas, no sé qué sea en México un hombre de izquierda. No me identifico con la izquierda mexicana —que no es izquierda, o en todo caso es la izquierda del estatismo nacionalista, de la tradición socialista estalinista, prosoviética y procubana, que no ha aceptado el fracaso de aquello en que creyó y no puede imaginar el futuro que necesita construir sobre las lecciones de ese fracaso. Es una izquierda que repite —mejoradas— las prácticas clientelares. En el ámbito de las ideas, es una izquierda que no ha hecho su autocrítica y que, en el fondo, comparte las creencias fundamentales del nacionalismo revolucionario que el país ha dejado atrás, que el propio PRI ha ido dejando atrás. En el ámbito de la práctica, es un corporativismo de baja calidad para unos partidos cuyo proyecto es mover al PAN del gobierno o impedir el regreso del PRI. Entonces, pienso que en México no tenemos izquierda.
¿Tampoco una izquierda intelectual?
Tenemos una izquierda intelectual muy importante, pero que en su mayor parte está en una situación parecida a la mía: fuera de la izquierda partidaria, del movimiento social y del movimiento político de la izquierda, de sus cotos de poder. Intelectuales de primerísima calidad, como Roger Bartra, están en litigio con la izquierda. Luis González de Alba va a publicar en el próximo número de Nexos un ensayo espléndido haciendo el recuento de su itinerario, de su pleito con la izquierda. Y otro hombre crecido en la izquierda, irreprochablemente adherido a las grandes tradiciones, José Woldenberg, escribió en su libro El desencanto las estaciones, los momentos de ruptura que lo han llevado a ser estigmatizado y echado de los ámbitos de la izquierda.
Conclusión: yo estoy en el mismo lugar que estaba en 1968, cuando era un hombre de izquierda, un dirigente de izquierda, los que se han mudado a un lugar inaceptable son las gentes de izquierda que han hecho cosas tan notables como hacer senadora de la República a la célebre amante del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Entonces, sí hay un pensamiento de izquierda importante, hay intelectuales que son de izquierda, de ahí vienen, de ahí venimos, ahí aprendimos cosas fundamentales en materia de cultura política, de actitud frente a la parte pública, pero simplemente no podemos caminar juntos con la llamada izquierda mexicana; no podemos, vivimos en un litigio con esa izquierda en la que no hay espacio para la pluralidad ni para la libertad intelectual.
José Luis Martínez S.

Sandoval contra Marcelo


Acentos

Jorge Medina Viedas

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  • 2010-08-22•Acentos
El cardenal católico jalisciense Juan Sandoval Íñiguez es de armas tomar. En la vida mundana busca causas y micrófonos que le permitan montar sainetes. No funda su vocación protagónica en verdades empíricas. Recurre a afirmaciones calumniosas. Miente. Vive en las fronteras del pecado.
Por puro gusto e interés es compinche del gobernador de su estado, Emilio González Márquez, a quien no se le puede tildar de manso. De esos es también el ex gobernador de Aguascalientes Felipe González González, que suele traer pistola al cinto. De González Márquez, el jerarca católico recibió 90 millones de pesos para obras eclesiásticas. Además de bravucones y deslenguados, aprovechados.
El gallinero de México, como le decía Calles a Guadalajara y parte de sus alrededores del Bajío, es tierra de conservadores ultramontanos de este talante. Queda mucho resabio histórico. De esa región, como se sabe, es el ex presidente Vicente Fox. Cuando éste en su campaña por la Presidencia de la República tomó de manos de su hija el estandarte de la Virgen de Guadalupe y gritó “muera el mal gobierno”, y dijo que “la Virgen me acompañará en mi campaña”, en clara violación de la Constitución y la Ley de Asociaciones Religiosas, el cardenal Sandoval Íñiguez salió en su defensa: “Es muy su gusto [el uso del estandarte] […]. Ya sé que está prohibido por las leyes, pero habrá que cuestionar si esas leyes son justas, están correctas o son una imposición que no va con el sentir del pueblo, pregúntele al pueblo a ver qué siente”.
Los políticos mencionados se congregan en el PAN y coinciden con el cardenal en su rechazo al condón y a la píldora del día siguiente; por supuesto que no están de acuerdo con la despenalización del aborto y condenan las sociedades de convivencia entre personas del mismo sexo y la adopción de las parejas de homosexuales.
Pero pertenecen a una corriente más amplia que a nivel de todo el país tiene al laicismo en estado de sitio. Seguirán insistiendo cuanto puedan en su exigencia de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Durante los gobiernos panistas, el sesgo católico religioso pasa por modos y estilos en la vida pública. Fox inició su andadura burlándose de Juárez y de las “tonterías del Estado laico”. A nadie le sorprende que los funcionarios del gobierno panista actual recurran a Dios para explicar los fenómenos de la naturaleza o de la sociedad y que en la difusión de la historia en los medios se recojan verdades históricas de las fuerzas conservadoras.
Coinciden además en la idea de que mucho de lo que está pasando tiene su origen en los medios de comunicación. Ventilándose con razón y críticamente en éstos los numerosos y conocidos ejemplos de la homosexualidad y la pederastia de algunos sacerdotes católicos, Sandoval Íñiguez no se contuvo: “Un tema puerco que traen los medios de comunicación a este Congreso Eucarístico, y que no debería ser tratado dentro del mismo”.
Deben haber sido de ese rasgo personal de intolerancia las expresiones —de baja estofa, impropias de su condición cardenalicia— contra la Suprema Corte de Justicia y el jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard.
Una actitud de Sandoval Íñiguez, que, políticamente, corresponde al comportamiento de cisma y de conflicto que no pocas veces han tenido los patriarcas católicos en la vida pública del país.
La Iglesia católica mexicana no se caracteriza por ser una institución conciliadora, constructiva ni confiable en términos de sus relaciones con el poder civil, cuyas leyes e instituciones han pasado por alto ad líbitum. Lo confirma el desafío a la legalidad del cardenal quien, por cierto, debería explicar también a qué obedece su actitud polarizante. ¿Qué se propone generando un conflicto que tiene mucho de banal, en un clima de tensión social como el que vive el país?
A los conflictos históricos, esta corporación poderosa ha ido sumando actitudes desafiantes y soberbias; pero de igual manera de conveniencia con los gobiernos priistas y con la misma izquierda en el Distrito Federal, cuando de parte de Andrés Manuel López Obrador recibió donaciones cuantiosas; de hipocresía en el conflicto en Chiapas; de oportunismo y de colaboración con los gobiernos panistas, pero del que sabrán desmarcarse si este pierde el poder en 2012.
Una corporación caprichosa que desde hace años se queja de todo, se pasa por alto la ley para que ésta se reforme a su antojo, que tiene muchos derechos y pocas responsabilidades sociales, que vive del próximo, que se atreve a desafiar a las instituciones, que tiene sus propios tontos útiles y que Marcelo Ebrard está aprovechando a la perfección.
(Los antecedentes declarativos de los involucrados intolerantes fueron recogidos del libro El Estado laico y sus malquerientes de Carlos Monsiváis.)
jorge.medina@milenio.com

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sábado, 21 de agosto de 2010

Adopción de menores: preferencia a matrimonios heterosexuales


Ramón Cota Meza

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  • 2010-08-21•Acentos
Hay una forma de mitigar las consecuencias de la ley de adopción de menores por matrimonios homosexuales: introducir una enmienda para que los matrimonios heterosexuales tengan prelación sobre los primeros. Es decir: ante toda solicitud de adopción de menores por matrimonios homosexuales se abriría la opción preferente para matrimonios heterosexuales.
La adjudicación a favor de matrimonios homosexuales sólo sería posible cuando no hubiera matrimonios heterosexuales interesados, o cuando, habiéndolos, no cumplieran los requisitos. Así se atendería el sentir abrumadoramente mayoritario y, al mismo tiempo, se mantendría el derecho de los matrimonios homosexuales a adoptar.
Una enmienda así pondría la ley en correspondencia con los hechos: la pareja heterosexual es el modelo ancestral de la personalidad del niño, mientras que el matrimonio homosexual es novedoso y extremadamente minoritario. Establecer el derecho de prelación heterosexual sería una prueba para que la mayoría demuestre los sentimientos que afirma tener. El tiempo pondría las cosas en su lugar.
La ley de adopción de menores por matrimonios homosexuales es una extrapolación del derecho a la no discriminación. Una cosa es sancionar la discriminación de las personas por su orientación sexual; otra muy distinta es estirar el precepto hasta contravenir el núcleo evolutivo de la formación de la personalidad. La ley supone una mutación antropológica inconmensurable en los parámetros actuales, un salto al vacío en perspectiva de la evolución humana.
La extrapolación revela que legisladores y jueces pensaron sólo en el derecho de los matrimonios homosexuales, no en la suerte de los menores así adoptados. Subrayar esta omisión no significa que los homosexuales sean malos educadores de niños. Quizá puedan dar tanto o más amor que las parejas heterosexuales. El problema es que privan al niño de su experiencia formativa fundamental.
Esta debería ser la orientación de la ley mientras no tengamos evidencia suficiente en contrario. No la tenemos porque el asunto cubre apenas una milésima de segundo en la escala de la evolución humana. Podría llegar el día en que los menores educados por parejas homosexuales no tuvieran problemas de adaptación en una sociedad heterosexual. Mientras tanto, no deben pagar por ello. Quienes deben pagar son los adultos, limitando sus demandas de realización personal al sentir mayoritario.
La convivencia homosexual influiría la conducta del niño, lo cual sería injusto. Para bien o para mal, aprendemos imitando a nuestros padres. “De la imagen parental surge el arquetipo propio de la persona adulta: una imagen del hombre, tal como la ha experimentado la mujer desde los primeros tiempos, y una imagen de la mujer como la que el hombre lleva dentro de sí desde siempre” (Carl G. Jung).
El niño aprende a sentir por su madre y a actuar por su padre, con todas las combinaciones posibles. La transformación moderna de los roles sociales no ha modificado esta orientación porque el hombre y la mujer siguen siendo Adán y Eva. Como el cardenal Sandoval, yo no tengo claro quién es Adán y quién Eva en una relación homosexual, menos claro lo tendrá un menor.
Los niños educados por parejas homosexuales se desenvolverían en un mundo heterosexual con todos los conflictos psicológicos resultantes. ¿Deben pagar así el deseo de realización personal de sus padres adoptivos? No podemos convertir a los niños en conejillos de indias de un experimento social.
El hecho de que muchos padres abusen de sus hijos, algunos de la peor manera, no es argumento para generalizar la práctica. Es como exigir la legalización de las drogas porque el alcohol es legal. Si el alcohol está en nosotros, hagamos lo posible por reducir su consumo, no lo usemos como pretexto para fomentar adicciones tanto o más destructivas.
—¿Y qué me dice de la resolución de la Corte sobre la adopción de menores por matrimonios gay?
—Bueno, la Corte ratifica su condición de ente burocrático movido por cálculos políticos según lo políticamente correcto. El voto por las adopciones gay refleja la ambición de la mayoría judicial por escalar peldaños, calculando el apoyo de cierto segmento de opinión pretendidamente moderno. Influye el deseo de no ser calificado retrógrada.
—Alguna razón jurídica deben tener…
—Sí, tienen la razón platónica de que el mundo sensible es un mal reflejo del mundo de las ideas (las leyes). En vez de prever las consecuencias de sus decisiones, rumian sobre la correspondencia entre sus sentencias y el ideal, lo cual es ridículo, pues el legislador, al establecer el derecho a la no discriminación, no pudo prever el caso que nos ocupa.
—Querrá usted decir que la norma constitucional es insuficiente…
—Lo insuficiente siempre es la estructura lógica de la ley en general. “La vida de la ley no es la lógica: es la experiencia.” (Oliver Wendell Holmes Jr.)
blascota@prodigy.net.mx