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viernes, 22 de marzo de 2013

EL CREADOR Y LOS PECADOS DE LA CRIATURA



Alfonso Muñoz Cáñez

En su libro La Libertad, Schopenhauer advierte que los filósofos antiguos no deben ser seriamente consultados, porque su filosofía, todavía en estado infantil, no se había formado una idea adecuada de los problemas más graves y profundos, como el del libre albedrío, el de la realidad del mundo exterior o la relación entre lo ideal y lo real.
       Para apoyar su afirmación, el filósofo alemán hace el comentario de que San Agustín, en De Libero Arbitrio, se opone a conceder al hombre el libre albedrío, temiendo que el pecado original, la necesidad de la redención y la libre elección a la gracia queden suprimidos y pueda al mismo tiempo el hombre, con sus propias fuerzas, llegar a ser justo y merecer la salvación.
        Schopenhauer agrega que el IV libro de los Macabeos, en la Biblia de los Setenta, es en cierto modo una disertación sobre el libre albedrío, puesto que se prueba en él que la razón tiene fuerza suficiente para vencer todas las pasiones y todos los afectos.
       En otra parte San Agustín escribe: “si el hombre siendo de otro modo sería bueno, y siendo como ahora no lo es, y no puede serlo, ya no siendo como debe ser, ya viéndolo sin poderlo lograr, no hay duda de que semejante estado es una pena y un castigo”.
       Después de ofrecer al lector ese pasaje, Schopenhauer advierte que tres motivos inducían a San Agustín a defender el libre albedrío: su oposición contra los maniqueos, la ilusión natural (que confunde lo voluntario con lo libre), y la necesidad de armonizar la responsabilidad moral del hombre con la justicia divina. San Agustín no dejó de percatarse de un problema tan difícil de resolver, como lo demuestra en el siguiente planteamiento: “Puesto que creemos a Dios principio de todos los seres, nos cuesta trabajo comprender cómo es posible que cometiendo el alma pecados y creadas las almas por Dios, no se le atribuyan a El esos pecados”.
       Fogosamente contra el libre albedrío, Lutero advierte: “Dios lo ha previsto todo y nos guía por un consejo y virtud infalibles e inmutables”.
       Vanini, a principios del siglo XVII, en su libro Anfiteatro de la Eterna Providencia, razona de la siguiente manera: “Si Dios quiere el mal, lo hace porque está escrito; ha hecho cuanto ha querido.  Si no lo quiere, hay que decir que Dios es imprevisor, o impotente, o cruel, puesto que no sabe o no puede realizar su voluntad, o no se ocupa en hacerlo. Pero algunos filósofos rechazan esta doctrina porque dicen que si Dios no quisiera acciones impías, le bastaría con mover la cabeza para aniquilar el mal hasta en los últimos confines del mundo. ¿Quién podría resistirse a su voluntad?  Entonces, ¿cómo se comete el mal a pesar suyo, cuando da a los culpables las fuerzas necesarias para evitarlo?  Y si el hombre peca contra la voluntad divina, ¿será Dios inferior al hombre que combate contra El y se le resiste?  Infieren de todo ello que el mundo es como Dios lo desea, y que si lo deseara mejor, mejor sería”.
       En uno de sus libros Jorge Luis Borges recuerda que en el siglo IX, Juan Escoto Erígena negó la existencia sustantiva del pecado y del mal y declaró que todas las criaturas, incluso el diablo, regresarán a Dios. 


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