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sábado, 17 de enero de 2009

BICENTENARIO DE EDGAR ALLAN POE... (Suplemento Laberinto, de Milenio diario)

A dos siglos de su muerte, recordamos a quien logró demonizar la literatura norteamericana, cosmopolizarla, estetizarla y emputecerla, como afirma el autor del siguiente ensayo, al que acompañan un texto de José de la Colina y otro de Ramón Gómez de la Serna.
2009-01-17•Reportaje
Poe pertenece a la primera gran generación de la literatura norteamericana que figuró en el mundo, la que en el breve lapso de dos décadas (1835-1855) vio surgir obras tan importantes como Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838) y Cuentos de lo grotesco y arabesco (1840) de su propia autoría, los Ensayos (1841) de Emerson, Walden (1845) de Thoreau, La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne, Moby Dick (1851) de Herman Melville y Hojas de hierba (1855) de Walt Whitman. Poe murió en 1849, pero con el descubrimiento que de él hiciera Charles Baudelaire su influencia empezaría a ramificarse fuera de su país natal, de modo que para 1852 existía ya una traducción de sus cuentos completos con lo cual su nombre cobró fama internacional y su obra ingresó como parte del canon universal pues, sin duda, de toda esa brillantísima generación Edgar Allan Poe es pionero, precursor, preceptor y paradigma. Poe, Melville y Hawthorne se conocieron en vida y se leyeron. En el año de 1842 Poe fue uno de los primeros en escribir sobre los cuentos de Hawthorne y reconocer su gran talento. Lo llamó “hombre de genio”, pero no por ello dejó de hacerle notar algunas fallas, como el uso excesivo de sus alegorías. Melville también escribió sobre Hawthorne (ambos eran amigos y vecinos) así como James Rusell Lowell sobre Poe. Es decir: se trataba de un cerrado grupo de creadores que tuvo la suerte de compartir una época dorada de la cual Poe se erigió como figura emblemática.
¿Pero por qué y cómo, me pregunto, logró convertirse en uno de los hitos de la literatura universal y ha podido seguir vigente hasta nuestros días? Permítanme decirlo: porque, como artista, logró, de manera inconsciente, “demonizar” la literatura norteamericana, “cosmopolizarla”, “estetizarla” y, también, por qué no decirlo, “emputecerla”. ¿Cómo? Rompiendo, acaso inconscientemente, con los prejuicios inherentes a la tradición puritana de las colonias de las cuales Estados Unidos era, sin ser totalmente consciente, víctima. ¿Sus principales influencias? La Biblia, Shakespeare, Bacon, los poetas ingleses del romanticismo y muy particularmente Coleridge que, en el prólogo a Las baladas líricas, había establecido su predilección por los temas sobrenaturales — que eran parte de la sensibilidad de ambos: Coleridge y Poe— como complemento al temperamento de Wordsworth, que se había inclinado a describir el sentir y el vivir cotidiano de la gente común de Inglaterra. ¿Cuáles han sido entonces los méritos literarios de Poe? Fue el creador del cuento o Short story tal y como lo entendemos hoy en día, al elegir premeditadamente el punto de vista de la primera persona (el “yo como protagonista”), dejando atrás la solemne omnisciencia editorial de los viejos “tales” para inyectarle verosimilitud y actualidad a sus narraciones. Poe fue el primero en mencionar que había que darle particular énfasis al efecto final que todo texto de creación —cuento o poesía— debe buscar conscientemente en el lector. Por supuesto, desde Chaucer existía ya el género conocido como “tale”, pero él y Chéjov le imprimieron concisión, contundencia y punch line.
Él también es el inventor de la novela detectivesca en donde el protagonista (Chevalier C. Auguste Dupin) resuelve sus casos a través de métodos deductivos basados en el poder de observación —que después aplicaría Connan Doyle en las célebres aventuras de Sherlock Holmes— sirviéndose de un narrador, también en primera persona, que actúa como testigo presencial de las hazañas detectivescas del propio monsieur Dupin, con lo que le imprime la verosimilitud de la “mirada ajena”; en este género es también el primero en plantear los dilemas inherentes al “recinto cerrado” en las historias criminales. Y se erige también como el gran decodificador de enigmas y códigos secretos bajo la asunción de que si un hombre es capaz de inventar un lenguaje, por críptico que resulte, siempre habrá otro(a) capaz de descifrarlo.
Poe fue uno de los antecedentes y precursores de lo que hoy conocemos como “ciencia ficción” gracias a obras del tipo de Las aventuras de Arthur Gordon Pym (el menos exitoso de sus libros, por cierto), que desciende directamente del poema narrativo La canción del viejo marinero de Coleridge y que intenta describir imaginativamente un presunto viaje al Ártico.
Incursionó asimismo en el campo de la poesía, y aunque su producción fue un tanto exigua, poseía un temperamento esencialmente poético, y algunas de sus obras como “El cuervo”, “Ulalume” y “Annabel Lee” reflejan una extraordinaria musicalidad y logran concentrar líricamente las obsesiones narrativas que tan bien explorara en su ficción breve. He aquí la versión de los primeros versos de “El Cuervo” que tradujera el poeta mexicano Enrique González Martínez:
Una medianoche lóbrega, abismado en la lecturaDe raros libros de oscura y trasnochada cultura,Por el cansancio los ojos entornábanseme ya,Cuando oí, de pronto incierta, tenue llamada a mi puerta.“Un visitante —me dije— que está llamando a mi puerta;esto es sólo y nada más”
Fue además autor de dos magníficos ensayos teóricos, “La filosofía de la composición”, aguda y lúcida reflexión sobre el arte de la narrativa breve, en muchos sentidos vigente hasta nuestros días, y “El principio poético”, excelente acercamiento a la poesía de sus contemporáneos. Fue también un gran editor de publicaciones periódicas a través de las cuales dio a conocer no sólo sus propios cuentos sino también sus importantes ensayos y reseñas sobre Hawthorne, Longfellow, Dickens, Shelley y Tennyson, inaugurando con ello la tradición norteamericana de la revista literaria que ofrecía, número a número, cuentos y críticas para solaz de los lectores a través de publicaciones como The Saturday Evening Post, The Gentleman´s Magazine, Graham´s Magazine y The Penn Magazine, entre otras.
Pero sin duda alguna su mayor aportación fue convertirse en uno de los más destacados escritores románticos y góticos que se adentraron en la exploración de las ambigüedades y entretelas de la psique, que va de la mano de los oscuros nexos entre realidad e ilusión, lo racional e irracional, el cuerpo y la mente, la lucidez y la locura y la vida y la muerte. Él se aventuró a escribir sobre los anhelos y frustraciones inherentes al ser humano: la constitución múltiple, compleja y desdoblada del aparato psíquico (William Wilson), los enigmas parasicológicos —metempsicosis, telepatía, mesmerismo, comunicación extrasensorial. También exploró los territorios oscuros y prohibidos de la necrofilia, el incesto, la pedofilia, el alcoholismo, la drogadicción (opiomanía), la histeria, la perversidad, la locura, el miedo, la enfermedad, la hipocondría, la paranoia y el asesinato mismo, así como la atracción por la sangre, el vampirismo y la morbidez por la muerte.

Satanás


No es extraño que en su “Filosofía de la composición” declarara que para él no existía tema más poético en el mundo que “la muerte de una mujer bella”. Tras ser huérfano de madre (su padre abandonó por celos profesionales a su madre, la actriz Elizabeth Poe, y a sus hermanos y desapareció en 1810 para no volver jamás), Poe, a lo largo de su vida, se vio paradójicamente rodeado de mujeres tan bellas y talentosas como su propia madre, que lo prodigaron y le infundieron la imagen femenina que sería parte importantísima de su temática y su sensibilidad pero que, para su desgracia, murieron mayoritariamente jóvenes, incluida su joven esposa Virginia, su prima, con la que se casó en 1836, cuando ella apenas había cumplido catorce años (Sissy, su child wife), que fallece víctima de tuberculosis en el año de 1842. Su madre murió cuando él tenía cuatro años. No obstante, una pareja recién casada y sin hijos lo adoptó y, gracias a los buenos oficios de Frances, la esposa de John Allan, su padrastro, así como de Nancy, la hermana de su madrastra, Poe recuperó la imagen de su madre aunque fuera por sustitución. Sus heroínas, Berenice, Ligeia, Eleonora, Morella, Madeleine, Leonore y Eulalie son altas, hermosas y cultas. Sin embargo, no es el narrador, álter ego de Poe, quien las domina sino ellas quienes lo dominan. Sus héroes invariablemente sucumben a los encantos de sus heroínas aun cuando ellas mueran y Poe se las tenga que ingeniar para hacerlas volver de ultratumba, ya sea para cobrar venganza y retener a su hombre, como en el caso de Ligeia, o para volver de la muerte por su gemelo como hace Madeleine con Roderick Usher. Su cuento favorito hasta el fin de sus días fue “Ligeia”, el cual se remonta a sus experiencias de cuando se fue a vivir a Baltimore y que postula la fuerza del amor sobre la muerte. Su primer enamoramiento lo describe en su cuento “Eleonora” y es casi un augurio de la futura muerte de su esposa Virginia: “La amada de mi juventud, acerca de la que escribo ahora con calma y claridad estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre fallecida hace mucho tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora… Vio el dedo de la muerte posado en su pecho y comprendió que al igual que la efímera había sido creada perfecta en su belleza sólo para morir.” Lo mismo sucede con Berenice que es prima del narrador. Las mujeres serán pues, para Poe, la resurrección y la vida, aunque el hombre invariablemente tenga que inmolarse en aras del ser amado. Tal vez por eso Camille Paglia afirma que Poe sólo puede aproximarse a las mujeres que ya están muertas. Cuentos de lo grotesco y arabesco, su libro más famoso en vida, que incluía todas las piezas narrativas publicadas hasta entonces, salió a la luz en 1840 y contiene ya lo mejor de la producción de Poe, como “Ligeia”, “William Wilson” y “El hundimiento de la casa de Usher”. Pero en realidad la obra cuentística de Poe no tiene desperdicio. “Manuscrito hallado en una botella”, “Los crímenes de la calle Morgue”, “La carta robada”, “El corazón revelador”, “La máscara de la muerte roja”, “El gato negro”, “El escarabajo de oro”, “El hombre de la muchedumbre”, “El diablo de la perversidad” todas son piezas maestras de un escritor superdotado que, al mismo tiempo, o tal vez por ello, llevaba en sus íntimos adentros una profunda herida espiritual. Se le ha acusado de borracho, de opiómano, de loco. Pero en su cuento “El corazón revelador” él mismo escribe con impresionante objetividad: “¡De veras! Soy muy nervioso. Tremendamente. Lo he sido siempre; pero ¿por qué dicen que estoy loco?” Sus verdaderos conocidos y amigos lo defendieron en los siguientes términos: “Con todas sus fallas fue siempre un caballero, y esto es más de lo que se puede decir de aquellos que hacen suya la horrible tarea de injuriar la figura de Poe”. Su propia defensa fue más sencilla: “Mis enemigos atribuyen la locura a la bebida y no la bebida a la locura”. Sus cuentos combinan el terror y la belleza transfigurados a partir de sus experiencias personales y logran trascender lo patológico gracias a su enorme talento y a su depurada estética. Poe fue un cadete, un dandi, un caballero y un enamorado de la muerte. Su obra influyó directamente a la de Baudelaire y propició el inicio de la poesía conocida como “maldita”, auguró el movimiento simbolista, el esteticismo de Gautier y el decadentismo de Wilde; Cortázar se inspiró en él para idear sus textos simultáneamente cotidianos y fantásticos, breves y sorprendentes, imaginativos y macabros. Ambos, Baudelaire y Cortázar, se hermanan y se conjugan a través de haberse comprometido a traducir los cuentos de Poe en un acto de veneración, reverencia y comunión. Eso es lo que hoy recibimos como herencia.


Hernán Lara Zavala
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