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viernes, 28 de enero de 2011

La travesía de Samuel Ruiz


Carta de viaje

Carlos Tello Díaz

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  • 2011-01-28•Política
Samuel Ruiz tenía ya más de 40 años cuando tuvo lugar la conversión que lo habría de llevar a ser quien fue. Había nacido en Irapuato, en el corazón del Bajío, donde creció en el seno de una familia que comulgaba con el sinarquismo. Realizó sus estudios en el Seminario Conciliar de León y, más adelante, en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, lugar en el que perfeccionó sus conocimientos del griego, el hebreo y el latín, necesarios para la vocación que siguió: la exégesis de la Biblia. Al retornar a su país fue profesor de teología, examinador del sínodo, censor de libros y confesor de religiosas, así como delegado para los procesos de beatificación de la diócesis de León. Tenía fama de ser un hombre de carácter conservador, marcado por un sentimiento de hostilidad hacia la Revolución y el Estado, como toda su familia en el Bajío. En 1959 ascendió al obispado de Chiapas, que cambió su nombre por el de San Cristóbal. Allí tuvo lugar la conversión. “Cuando llegué”, decía, “veía las iglesias llenas de indios, pero sólo después me di cuenta del sufrimiento de esa gente, de la triste realidad, suscitando un proceso de conversión dentro de mí” (La Jornada, 13-05-1994).
Don Samuel participó en el Concilio Vaticano Segundo y luego en la Conferencia Episcopal de Medellín, la cual corroboró los planteamientos renovadores y fundacionales del concilio. En el otoño de 1974 convocó en San Cristóbal al Congreso Indígena, en el que comenzó el proceso de organización de las comunidades de Chiapas. Un año más tarde, durante la Primera Asamblea Diocesana, proclamó solemnemente la opción por los pobres, que lo habría de llevar a la teología de la liberación que entonces surgía con vigor en América Latina. La teología de la liberación estaba comprometida con el cambio de la sociedad por medio de la lucha al lado de los oprimidos. Era distinta de la opción por los pobres no sólo por hacer una lectura más ideologizada del Evangelio, desde el marxismo, sino por justificar en casos extremos el recurso de la violencia, de acuerdo con la tesis de la guerra justa heredada de Santo Tomás. Era distinta, también, por no contar con el aval del Vaticano, como lo supieron y sufrieron muchos de los sacerdotes más comprometidos con la lucha por la justicia en Latinoamérica.
En uno de los estados más pobres y más rezagados del país, don Samuel asumió la defensa de los indígenas de los Altos y la Selva. A mediados de los 70 tuvo contacto con dos organizaciones maoístas surgidas a raíz de la represión del 68 —primero Unión del Pueblo, luego Línea Proletaria— con las que trabajó para organizar a las comunidades de Chiapas. Los sacerdotes y los maoístas llenaron así el espacio que había dejado ahí sin atender el Estado. Trabajaron con éxito hasta que las diferencias los separaron a finales de los 70. En 1980, para suplirlos, don Samuel impulsó la creación de Slop (Raíz, en tzeltal), un grupo dirigido por agentes de pastoral que trabajaban con sus propios recursos en la promoción de proyectos de desarrollo en las comunidades, en el que participaban los catequistas y tuhuneles más prominentes de la parroquia de Ocosingo. La revolución acababa de triunfar en Nicaragua, podía triunfar también en Guatemala y El Salvador. En ese contexto volvieron a Chiapas las Fuerzas de Liberación Nacional para fundar, a fines de 1983, el EZLN. Sus líderes tuvieron contacto con Slop, donde prevaleció la postura de quienes creían en la necesidad de respaldar a la guerrilla para contribuir a la liberación de los habitantes más pobres de México. El EZLN era una guerrilla católica, no protestante, asentada en la zona de los dominicos y los maristas, aunque no en la de los jesuitas.
Slop rompió con el EZLN en 1989. A partir de entonces, sobre todo durante 1993, al ser conocida su decisión de pelear, don Samuel intensificó sus acciones para impedir la guerra en Chiapas. Quería evitar una tragedia. Luego del levantamiento, al cesar el fuego, aceptó mediar en el diálogo del gobierno con el EZLN. Había culminado su travesía, pero sin romper del todo con su pasado, pues su conversión fue política, no moral. “Pese a sus opciones sociales apasionadas en defensa de la justicia y de los pobres, Samuel Ruiz fue conservador en el terreno de la moral”, afirmó Bernardo Barranco, quien evocó hace unos días su travesía paraLa Jornada (25-01-2011). Fue una travesía larga y compleja, en la que causó resquemores en unos y otros, pues siempre, en todas sus etapas, tuvo el valor de luchar por lo que creía.
ctello@milenio.com

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