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viernes, 14 de enero de 2011

ANULAR EL VOTO, UNA OPCIÓN


Alejandro Alvarez

Una campaña prolongada y costosa advierte a los ciudadanos que “si no
votan, no cuentan”, la simplificación es falsa y tramposa. Al menos en
nuestro país los ciudadanos tienen décadas votando y, para fines
prácticos, sus opiniones se las han pasado por el arco del triunfo los
partidos de un color y de otro, del centro, de la derecha y de la
izquierda –si a es cosa se le puede llamar izquierda–. No hablemos ya del
negro túnel de gobiernos ininterrumpidos priístas, sino de lo que
esperanzadoramente se tituló la “transición democrática” con la llegada de
Fox y sus amigos al poder federal y aquí en el estado la llegada de Leonel
y sus parientes. El prometido desmantelamiento del edificio priísta fue
una tomadura de pelo más–charros sindicales por miles, corrupción
galopante en las empresas estatales y en los gobiernos estatales y
municipales, burocracia ineficiente, bofa y obesa, clientelismo en
colonias populares, ambulantaje ilegal, Congreso inoperante bueno para el
espectáculo, pésimo para legislar, y un larguísimo etcétera–. Decíamos
que ese carcomido edificio priísta no sólo se mantuvo sino parece que le
dieron una podadita esos nuevos gobiernos de la “alternancia” porque la
construcción tricolor ya amenaza con volver a ser la sede de los poderes a
nivel nacional. Aunque a decir verdad, el priísmo nunca en realidad ha
dejado de gobernar aunque lo haga a través de otras banderas partidistas,
sus militantes han estado presentes haciendo tragar la engañosa píldora de
un supuesto “cambio”.
En el año 2009 apareció a nivel nacional de forma relativamente espontánea
la promoción del voto nulo cuyo lema central era: “para políticos nulos,
un voto nulo”. Sin ningún tipo de organización ni presupuesto, pero con un
enorme campo fértil para buscar una forma de protestar contra la
partidocracia esa campaña tuvo un éxito enorme si se considera el uso de
recursos públicos extraordinarios y el peso de todo el aparato de los
partidos para ocultarla y tacharla de los peores pecados. Si los
partidarios del voto nulo hubieran estado organizados se habrían
convertido en algunos estados en la segunda fuerza política. Y es que no
es para menos, revisemos sólo someramente la oferta que hacen los partidos
para las elecciones del próximo febrero.
La disputa principal para la gubernatura la escenifican dos ex camaradas,
el proceso para elegir candidato en su partido de origen (PRD) fue un
fiasco, una burla para su militancia y para la ciudadanía. El candidato
desplazado descubrió, como iluminado por un rayo de lucidez, que el
partido y el gobierno al cual sirvió (que lo hizo presidente municipal
primero y diputado federal después) era corrupto e ineficiente y descubrió
con igual rapidez que su destino eran los colores albicelestes del PAN
cuyo proceso de elección de candidatos fue otra muestra de desprecio a su
militancia que se habían tragado completito el elefante rosa de una
elección “democrática” de candidatos. Una de dos el flamante candidato
panista, o es de lento aprendizaje o es un oportunista con una sed de
poder insaciable.
El abanderado del partido en el poder pierde su tiempo y recursos
deslindándose de un pasado que carga como lastre llevando un acta de
nacimiento como su único escudo; además ahora ofrece aplicar mano dura
contra los invasores de predios que durante su gestión en Los Cabos
gozaron de protección y abrigo. Otro cínico.
Del pequeño dinosaurio poco se puede decir porque nada se le conoce,
excepto un discurso regionalista que hace recordar a lo más rancio del PRI
basado en la explotación de un apellido y una sudcalifornidad anclada en
los chopitos y la machaca de pescado. Es todo lo que ofrece.
¿Eso representa la mejor oferta de los partidos a la ciudadanía? Que se lo
coman con su pan y sus tortillas. El ejercicio del voto es un derecho, no
es una obligación. Anular el voto o simplemente no acudir a las urnas
porque los candidatos no satisfacen nuestros ideales no es un delito, es
una opción más para expresar el descontento con la impunidad rampante de
los partidos. En cambio obligar a los ciudadanos a votar, como hacen los
partidos acarreando electores como si fueran ganado o como hacen los
chantajistas engañabobos, sí es un delito que desafortunadamente no se
castiga. Sinvergüenzas.


Alejandro Alvarez Arellano
Profesor Investigador
Universidad Autónoma de Baja California Sur
tel (612) 123 88 00 ext. 4284

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