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viernes, 12 de abril de 2013

LOS INDIGENTES




Conejo sin Orejas

La Indeco es una colonia que ha de tener unos treinta años de vida. Cuando la conocí era una serie de arroyos envueltos en unas cuantas casas a medio construir, que rápidamente se llenaban de hierbas y algún vagabundo. Recuerdo nítidamente las diferencias evidentes que encontrábamos entre el excremento de los perros en las casas abandonadas y el excremento de los vagabundos. La mierda humana se vuelve negra rápidamente. Cuando se defeca al aire libre adquiere una personalidad aun más repulsiva, el hecho de que esté ahí me insinúa una circunstancia desagradable, como el olor. Al menos en el caso del excremento que encontrábamos en las casas abandonadas, esa circunstancia previa se podía adivinar, o inventar.
A veces entrábamos y encontrábamos una cobija vieja, percudida hasta el cansancio. De qué lugar vendrían, a dónde irían los vagabundos, eran cuestiones que nos proporcionaban cierto entretenimiento. Un poco de mierda junto a la cobija era una historia contada en retazos. Nos tocaba a nosotros, niños, ir hilando la cobija percudida, la plasta oscura, el grueso del polvo en la casa, algún pedazo de comida, lo que hubiera.
El excremento humano es inconfundible. Es menos noble. Es el resultado de una tragazón promiscua, de una mezcolanza de alimentos que nos embutimos en el estómago y procesamos sin discriminar. No puede salir nada bueno de una alimentación de ese estilo. Al menos las vacas abonan el campo. El nuestro abona a la cloaca máxima.
No sé de qué manera,  pero cuando veo el excremento humano abandonado en una banqueta, siento una repulsión por mi propia raza, que está acompañada por mi nostalgia, en la que recuerdo aquellos días de casas solas. En la ciudad, ¿qué situación puede llevar a un hombre a defecar en la banqueta, si el símbolo de la civilización occidental es el escusado? Debió haber estado muy desesperado, o abandonado, o miserable, para no poder acceder a los cientos de retretes que hemos colocado en nuestro mundo moderno.
Aquí es donde recapacito y recuerdo que vivo holgado como un lobo marino. Se me olvida que hay ratas que habitan la ciudad, y que hay hombres que han sido convertidos en ratas y no les queda otra que comportarse como los animales que fuimos y que seguimos siendo, aunque nos maquillemos o localicemos vía satélite. Con tanta distracción se me había olvidado que no todos pueden vivir defecando en los retretes, y que la presencia de esos individuos en un Sanborns significa, para muchos, una forma de excreción, una manera de defecarla.
El olor de los indigentes tiene un alcance que nos hace voltear la cabeza y alejarnos. Su aspecto, generalmente, ahuyenta a quien se quiere acercar y las capas de cochambre que los cubren nos incitan a pensar que están locos, por más sensatos que sean. Las ratas son más que una metáfora. Las ratas son físicamente parecidas a ellos, en tanto van adquiriendo los gestos del animal que espera hallar una hamburguesa en el bote de basura.
La moda de los indigentes varía mínimamente. En las ciudades frías se ven obligados a ir vistiendo ropa sobre ropa. Se ponen tantos trozos encima que adquieren el aspecto de las palomas o de las lechuzas manchadas por el tizne y el smog. Detrás de esas capas de tela, y rodeados del tizne, todavía quedan los ojos, que siguen conservando el matiz humano. Algunas veces ese matiz se pierde en una cordura descompuesta, averiada por la falta de alimentos nutritivos, como una burger, unos tacos de longaniza o un caldo de res.
La cordura descompuesta de los indigentes es menospreciada por nuestra locura funcional. Sobre todo, me parece, la presencia del indigente es un atentado contra lo que queremos creer que es el orden. Su estancia debajo del puente, entre cajas vacías de cartón, sorprende en un principio y repugna, y con el tiempo se adhiere a las paredes, o al pavimento, como parte del paisaje. Actualmente su existencia nos parece una tristeza. Pero, en general, la vida es triste. Sería una pena, sin embargo, enfocarme demasiado en lo general de la vida y dejar pasar la felicidad de sus esporádicas particularidades.
Recuerdo a un indigente que encontré en el bulevar Colosio. Me pidió unas monedas para comprarse un aguardiente y nos fuimos juntos a brindar al bordo. Me sorprendieron sus conocimientos de Kafka, de los Hermanos Karamazov, del rey burgués, de Úrsula, de Las mil y una noches, del pescador y su alma, y el aderezo de su antigua profesión como fabricante de anillos, y sus truncados estudios antropológicos. Me di cuenta de que nadie está exento de la indigencia, y mucho menos un hombre con esa clase de ocios y oficios.
Esa noche nos terminamos el aguardiente (que era poca) y regresé a casa contento. Después, pensé que mi encuentro había sido afortunado, pues no con cualquier persona podía compartir una misma afición, que en este caso había sido la afición por unas cuantas letras. Ese tipo de encuentros me ha mantenido en un estado favorable para desconfiar de cualquier orden que luche por inmovilizarnos, o por zangolotearnos a su gusto, aunque pierdo repetidas luchas.
 Recuerdo que esa noche yo venía de la casa de una ex novia, cuya reacción ante beber de la misma botella que un indigente hubiese sido ridícula, luego exasperante. Se hubiese preocupado por la serie de hipotéticas enfermedades que pudiera tener en la boca el difuso individuo, sin atender demasiado (en esos días) a la serie de enfermedades que pudieran rodear mi glande.
Aquél indigente lector había acordado conmigo vernos al día siguiente, lo cual me pareció una excelente oportunidad para diferir un poco del cotidiano comportamiento que el sol soporífero nos provoca. Por la mañana, por desgracia, no pude levantarme a tiempo, y le agregué una decepción más a aquel sujeto.
Hay indigentes exquisitos, como he dicho. Aquel era víctima de un alcoholismo poco más grave que el que tenemos en casa, aunque menos ofensivo. El alcoholismo de ese hombre, según quiero creer, ofendía el olfato y el pudor de algunas personas, pero sólo eso. Sin familia, sin hijos a quiénes darles un buen ejemplo, sin esposa a quién hacerle el amor con una aceptable erección y una voz sin balbuceos, ese sujeto estaba libre de los gritos de la casa, de las faltas al trabajo, de los regaños del jefe y la constante sensación de que, a pesar de seguir funcionando, hemos fracasado en varias direcciones. Este hombre, acaso, estaba completamente seguro de sus fracasos y errores, de la pérdida absoluta de sus familiares y amigos, y más bien tenía, como las moscas que mueren cada día, que afrontar su pequeña existencia roída por la ciudad, por los aventones en la madrugada, por el frío y por el pedazo de jamón de la basura.
Recuerdo que me dijo que él venía de Guanajuato, y que había viajado mucho. En comparación con él, mis sueños de viajar me sonaban ridículos, y también mi estilo de vida, que se parecía más al de un perro que no sale de casa porque una cadena imaginaria lo ata a su tierra. El hombre de esa noche parecía un perro, un perro callejero, sarnoso un tiempo y curado de la sarna con aceite para motor, empanizado de tierra mientras revive. Su cadena imaginaría, que seguramente alguna vez le había rasgado el cuello, se destruyó en alguna parte de su ser, por necesidad, por aventura, por un rompimiento marital, por abusar de las dulces sustancias, por ganas de vivir algo más que este panteón prematuro. Nadie está exento de la indigencia.
Ése era un  indigente errante, nómada, cazador recolector de vasos a medio llenar. Pero hay otros que palpitan dentro de la ciudad por vías bien definidas, repitiéndose a sí mismos para no olvidar ni dejarse caer. No me refiero a nosotros, los camarones de cultivo. Me refiero a los que fueron camarones de cultivo, y las dulces sustancias, el mucho pensar, o el no pensar, han desorbitado y sacado de las cuencas a sus ojos domésticos.
Algunos de ellos han entrado a mi casa, con la confianza que le puedo brindar a un fumador de cristal que habita la calle, y me han brindado conversaciones que envidiarían algunos lectores (que buscan el asombro en los libros). Las cuadras de las ciudades pequeñas suelen ser simples, de arquitecturas sin profundidad. Pero la mente nunca es simple ni las relaciones que las mentes establecen entre sí. La mente de alguien que no ha dormido en dos días puede guardar mejores historias que la de aquellos que dormimos tan tranquilos para no soñar dormidos ni despiertos. Estos fumadores, que llegan de vez en cuando a mi casa a tomarse unas cervezas, a compartir su loquera en la sala, narrando la forma en que han conseguido la sustancia de hoy o recordando la edad de oro en que se les torció el corazón en las colonias más viejas de la ciudad, han captado  más mi atención que no pocos libros ni pocos maestros o gobernantes.
¿Qué se puede esperar de esa gente? Me contestaba al borde del paro un maestro que cree que el mundo sin lenguaje no existe. Y argüía a Wittgenstein, a Gadamer, o a algún otro respetable y prescindible pensador. La exquisitez de ciertos vagabundos no sólo se encuentra en algunas novelas, o en los fortuitos encuentros que podamos tener en las mil y una noches o en Bocaccio. Ya que veo a dios sólo intermitentemente, más me vale buscarlo en los copos de esta bola de nieve que hizo rodar.
En las ciudades grandes la arquitectura se torna compleja, las personas te hacen zigzaguear por una calle recta, pero la mente sigue siendo compleja en los más simples terrenos, incluso en la simpleza de una habitación acolchonada, donde su único habitante se imagina un mundo que el de la bata blanca no alcanza a mirar.
Los pocos indigentes que con frecuencia visitan mi casa son cronistas, reporteros parciales sin periódico y sin pudor. Generalmente defecan fuera del escusado. Al llegar a la puerta, como los vampiros, se detienen hasta que los invito a pasar, y ya que se acomodan en los sillones y comienzan a rolar las cervezas, vomitan, intercalando algunos silencios nerviosos, algo de lo que han vivido. Si los perros hablaran competirían con ellos en ser narradores de sus propias peripecias, y de muchas ajenas.
 Vienen sucios, a veces con una pequeña mochila llena de cristales curiosos, otras veces oliendo al cobre que han robado, temblorosos, llenos de un pánico infundado o de una clarividencia que les da horror. Uno que otro no pierde la correcta modulación de la voz, que hace que sus historias suenen como las de un cuenta cuentos. Otros hablan tan aceleradamente que su aspecto y su narración encajan y nutren el ambiente morboso de la noche y de mi casa. Todos tienen algo que decir. Todos tenemos algo que decir a fin de cuentas.
Me interesa del repertorio de los vagabundos el aspecto visceral, la crónica involuntaria, que narra las partes genitales que continuamente se humedecen en la ciudad. Muchos de nosotros, por lo regular, nos contentamos con leer Naná o alguna poesía, mientras sentimos que nuestros lentes necesitan una nueva graduación, o memorizamos un buen verso para colocarlo en internet. Y no habría por qué estrellar nuestro cráneo contra la pared. Lo fracturamos poco a poco, a pesar de nuestra tranquilidad y del camino amarillo por el que caminamos. Por las tardes salimos, vemos al vecino, entramos, volvemos a salir, abrimos el refrigerador, prendemos la tele, checamos nuestra otra vida, y especulamos mínimamente sobre el día de mañana, que se acerca mientras se cae el sol y una luna de poetas mira sombría a la noche sin amantes.
Alguien entra a mi casa desesperado, hambriento, y aunque no podría envidiar su condición, para mí es un secreto su forma de vida. Abre la boca para decir algo y veo pocos dientes, gruesos y flojos. Él busca en la calle. Yo ya no sé si busco en alguna parte, ni lo que busco. Tampoco sé si es mi decisión buscar o no, o si esta comodidad que acolchona mi soledad me ha impuesto estar inmóvil, pensativo y repitiéndome. 

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