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martes, 27 de abril de 2010

EN CAMPAÑA...


REFORMA                               27 Abril 2010


FEDERICO REYES HEROLES

Bautizos, primeras comuniones, quince años, graduaciones, cumpleaños, bodas y sus aniversarios, cualquier pretexto es bueno. Los mexicanos festejamos todo en la vida, festejamos hasta la muerte. Y sin embargo aquí estamos, a unos cuantos meses del Bicentenario de nuestra Independencia y del centenario del movimiento emblemático de la Revolución y el ánimo de orgullo, de festejo no está aquí. Todo en exceso es malo, incluidos los festejos a los que somos tan afectos, pero en este caso el vacío de festejo que estamos viviendo es muy grave.
Se podría argumentar que lo mejor está por venir, que el 16 de septiembre los cielos de nuestras ciudades se llenarán de colores, que los mariachis inundarán las plazas, que en la principal avenida de la capital se construye un arco de luz o algo similar, que hay múltiples ediciones conmemorativas, que en las pantallas de las estaciones de estado aparecen sesudos programas, que las carreteras están inundadas de letreros que conducen a los sitios históricos, que hay puentes y vialidades muy importantes que ya se ostentan como producto de la conmemoración, que en fin, las acciones se cuentan por cientos y que de seguro correrá el tequila. Esa es la respuesta del oficialismo. El expediente está cubierto, punto.
También se podría argumentar que no son tiempos de festejos, que los estragos de la crisis económica están allí y se expresan en desempleo, en pobreza. Se podría incluso considerar impropio un gran festejo en un País en que los pobres extremos aumentaron en los últimos dos años y en el que además se vive una “guerra” en la cual los muertos se cuentan ya por decenas de miles. El argumento aquí es lo poco pertinente del festejo. Y sin duda hay bases para el razonamiento. Pero quizá la verdadera explicación sea aún más grave que la falta de grandeza en las acciones oficiales o la impertinencia del festejo. Quizá el vacío se explique por una terrible confusión y mezquindad en las elites políticas. Me explico.
¿Tiene México algo que festejar? Hasta la pregunta parecería ociosa y sin embargo hay senadores que la formulan en público. Por supuesto que hay muchos motivos lo cual no implica negar los pendientes que también son muchos. Hace dos siglos la integración del País se tambaleaba. Tan fue así que habríamos de perder la mitad del territorio. La península de Yucatán y la de la Baja California no tenían nada en común, pertenecían a mundos diferentes. Las guerras intestinas y la inestabilidad eran asuntos de todos los días. Ni los gobiernos locales ni el central, que terminaría constituyéndose como Federación, tenían la capacidad para conducir al País. La miseria más profunda abrazaba a casi toda la población. La ignorancia era la regla y los ilustrados una pequeñísima porción. Para todo fin práctico México no existía en el concierto internacional. Los tropiezos durarían décadas. En la desesperación importaríamos a un emperador. La gestación de la república costaría mucha sangre. Eso no se puede olvidar.
Hace un siglo más del 90% de la población era analfabeta, la esperanza de vida era inferior a los cuarenta años, no había electricidad, ni carreteras, ni aeropuertos, ni escuelas a lo largo y ancho del País, tampoco hospitales, ni universidades, ni institutos de excelencia. Festejar, por supuesto. ¿Cómo es posible que nos cuestionemos lo evidente? Si bien es cierto que hoy sigue habiendo opulencia y miseria, también lo es que hace un siglo las hoy amplísimas clases medias simplemente no existían. Por eso el vacío de festejo no cuadra. Pero quizá la explicación sea otra. Ese México de hoy no se explica sin Juárez, que nunca ha sido popular entre el panismo. Tampoco se explica sin Carranza, sin Obregón, sin Calles que no están de moda. El asunto se complica.
La modernidad mexicana no puede saltar a Lázaro Cárdenas, ni a Ávila Camacho, ni a Miguel Alemán, ni a Ruiz Cortines, ni a López Mateos, ni al innombrable Díaz Ordaz, ni a los que le siguieron con todas terribles historias que conocemos. El problema con los festejos es que nos confrontan con el largo período de gobiernos desde el PNR hasta Ernesto Zedillo pasando por Salinas, nos confrontan con el PRI. Cómo explicar la evidente modernización de México sin aludir a los múltiples logros de la etapa autoritaria. Peor aún en un año donde en el cual la mitad de las entidades tienen elecciones y, aún más grave, a dos años de una elección presidencial en la cual el priísmo podría volver. Ese podría ser el nudo de fondo, que el PAN y PRD, hoy aliados y opositores históricos, han erigido al PRI en el ogro que explica todos nuestros males y hoy no pueden digerir la realidad.
El problema es que esa es nuestra compleja historia. El problema es que no se puede, ni se debe, ocultar o mentir a los jóvenes. El problema es que el autoritarismo puede ser eficiente. El problema es que no todo fue oscuridad, como se ha dicho desde el 2000. El problema es estar dispuesto a sacrificar la historia por hacer campaña.

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