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martes, 8 de febrero de 2011

Yo también hablo del Mastretta

Guillermo Sheridan


08 de febrero de 2011

No es ningún misterio que los fervores nacionalistas sirvan para medir la
susceptibilidad de las naciones. El celo del embajador mexicano en
Inglaterra, Sr. Medina Mora, ante los comentarios tontos y racistas del
programa ese de la BBC, parecería demostrarlo.

Me pareció una reacción excesiva y fuera de lugar. ¿Realmente es tarea de
un embajador otorgarle carácter de asunto de Estado a las tonterías
eructadas por unos mecánicos? Yo no me habría enojado. Son mecánicos.
Gente que vive rodeada de mofles. Que mide al mundo con vielas y balatas.
Gente rústica que, como en cualquier parte del mundo, posee un sentido del
humor elemental proclive a violencias sexistas y étnicas que en Inglaterra
agravan la insularidad y la borrachera del pub.

Mi hipótesis es que esa violencia no fue contra los mexicanos, sino en
favor de un impulso xenófobo que no se atreve a decir su verdadero nombre:
el miedo y el odio a los árabes, asiáticos y africanos, “invasores” que sí
le representan un conflicto a la mentalidad europea que aún cree en una
raza “superior”. Top Fear.

Estos mecánicos jamás habrían osado decir algo (en público, se entiende)
contra árabes, negros o chinos. Si un señor saliera en la BBC diciendo
“Debe ser horrible despertar y decir ‘Soy árabe’” al día siguiente
Inglaterra está en llamas y el señor está sumariamente privado de su
pistón y sus platinos. Lo que hicieron este trío de “bullies” fue sacarle
la vuelta a la corrección política y purgar su xenofobia por la
interpósita nacionalidad de una etnia sin explosividad social en su país:
un racismo impune.

El embajador Medina Mora, que obviamente tiene un sentido del humor
mexicano (es decir, inexistente), se les puso en bandeja. ¿Para qué? Su
ira es la de los mexicanos cuando se nos recuerda que somos
tercermundistas; esconde el miedo de que el insulto no sea una caricatura,
sino un retrato. Es un miedo al que somos propensos los pueblos
acomplejados. Y vaya que lo somos, como lo han explicado Jorge Cuesta,
Alfonso Reyes, Samuel Ramos, Octavio Paz, Rodolfo Usigli, Jorge Portilla,
Jorge Ibargüengoitia o Carlos Monsiváis. Y, claro, Abel Quezada, que
alguna vez hizo unas caricaturas bastante similares a las de los ingleses
sobre la fantasía mexicana de fabricar automóviles (proponía, creo, un
carrazo que se llamaría “El González”). El Mastretta era como un examen de
pericia tecnológica ante los sinodales del mundo, y este trío de zonzos lo
destrozó no por ser el Mastretta, sino por ser mexicano.

Y el embajador rubricó el complejo. Podría haberles dicho que la idea
inglesa de la comida incluye el “spotted dick” (una especie de budín de
sebo, sazonado de cartílago, entre cuyos ingredientes está el ano de
borrego) y cosas así. Si decidió pelearse con unos mecánicos, debería
haberles contestado como mecánico. O parodiarlos: decirles que habían
omitido decir que el Mastretta incluye como equipo standard una señora
echando quesadillas en la guantera, un franelero en lugar de limpiadores
y, en lugar de “posicionamiento satelital global” a uno de esos cuates
que, cuando se les piden direcciones, explican minuciosamente “agarra por
ahí derechito derechito y al pasar el tercer tope agarra su izquierda y
donde vea un perro…”

Pero no. Mejor enfurecer y echar brava. El embajador, feliz de mostrar el
pecho tricolor, hizo felices a esos tontos que hasta pronosticaron su
previsible reacción y, sobre todo, hizo felices a los mexicanos bobos que
procedieron a declararle guerra florida a los Mini Coopers y propusieron
salir a cazarlos para llevarlos al Templo Mayor y extirparles el radiador
con un desarmador de obsidiana. Y habría sido en vano, pues esa marca, lo
mismo que Rolls-Royce y Jaguar, es alemana desde hace tiempo...

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